El portal

Asociados a cada edad tengo recuerdos casi concéntricos al lugar dónde vivía, en la calle del Comandante Fortea 32, 1º Primero el portal dónde estaba la casa de mis padres y nuestros vecnios. En la segunda planta vivía la Señora María, Viuda de Tellería, el compositor de la música del «Cara al Sol», con sus dos hijas xxx y Conchita . En la tercera planta vivían Maximino y Felisa con sus dos hijas que finalmente fueron tres: Pilar, Mari Mar y no recuerdo el de la pequeña. En la cuarta planta Marisa, madre de Juan Carlos, Marisa y Mari Cruz. Recuerdo cuando jugábamos en el portal. Por aquel entonces no tenía portero automático. El pavimento era del aglomerado típico de las viviendas de protección oficial de la época. Nuestra vecina Lola las refregaba hincando sus rodillas en el suelo y dándole con el cepillo. Me encantaba saltar las escaleras agarrando el último barrote de cada tramo y convirtiendo en reto el deseo de lanzarme cada vez desde un escalón más alto. Saltába, cogía los barrotes y la inercia me hacía girar hasta caer en el suelo. A veces me trastabillába dándome algún que otro golpe, otras veía frustrado mi vuelo porque algún clic, clac anunciaba la presencia de alguien del vecindario que pudiera reñír mi pequeña fechoría. En el portal jugábamos a «pies quietos» mientras subíamos los cuatro peldaños que albergaba. Nos encantaba colarnos en el patio que compartíamos los habitantes de los cinco portales que lo rodeaban y cuya entrada estaba en nuestro portal, cuando a alguien se le caía algo de algún tendedero. Generalmente la llave para entrar al patio la tenían en la bodega. Entrar en aquella pequeña selva dónde cantaban gorriones y palomas era inusual y nos encantaba ayudar a encontrar el objeto caído y devolvérselo a la persona interesada esperando un gracias chaval que nos hiciera sentir un poco de orgullo personal al sentirnos importantes. Allí encontrábamos pinzas de la ropa junto a pequeños objetos inservibles que daban pié a nuestra inventiva particular. Nuestro gozo era fugaz pues cumplido el objetivo teníamos que salir con quién habíamos entrado antes de cerrar la puerta con llave y devolvérsela al bodeguero. Mi hermana Leonor, Javi Orellana, Jorge, Pepe y Choni,formaban parte del grupo de los primeros amigos que correteábamos por allí. Según se bajaba el escalón situado a la entrada del portal a mano izquierda, allí dónde había una cruz realizada sobre el cemento, contaba la leyenda que Doña María enterró a un perrito que se le murió. En ese sentido estaba la bodega de Gimeno. Un señor bajito con el pelo cano que tenía como ayudante a quién siempre conocimos como «el bodegof». La bodega era de las que ya no existen. Tenía diferentes cubas dónde almacenaba vino y otras con aceite que vendían a granel. Me encantaba bajar con mi padre a comprar el vino no sólo porque a veces me invitaban a un traquito de Quina Santa Catalina sino porque me encantaba ver funcionar la bomba que emvasaba el aceite, limpiar el interior de las botellas presionando sobre el dispositivo del que salía un chorro de agua a presión y sobre todo porque me daban chapas de Cinzano y Martini para jugar a las chapas. Cuando la bodega cerraba al mediodía aprovechábamos para jugar a las chapas en el largo escalón que le daba entrada. La salida la teníamos en el escalón de mi portal. Desde allí un ligero pero certero golpe con los dedos debía hacer saltar la chapa hasta el escalón de la bodega sin que cayera a la acera. El siguiente golpe debía de aproximarnos al dintel que separaba las dos puertas del establecimiento dónde el escalón se estrechaba en el sentido de la carrera dejando un carril de tan sólo tres dedos por dónde la chapa debía desplazarse unos cuarenta centímetros en el tercer impulso. Atravesada la estrechez un certero cuarto golpe con el lateral del dedo índice podía darte la victoria si desbordabas el escalón al final de su tramo largo. En situaciones desesperadas y ya perdida la carrera por haber hecho fuera en los primeros intentos, nos la jugabamos a intentar pasar el estrecho de un solo golpe. A veces sonaba la flauta. Cuantas tardes pensando en cómo sería el limbo al que había ido ell pobre perro de Doña María, dándole a las chapas, jugando al «Gallo o gallina» agrupando las hojas de una ramita de acacias con un sutil desliz de los dedos hasta crear un pequeño penacho, desgranando las vainas de sus frutos no comestibles, disfrutando de los charcos con nuestras botas catiuscas e intentando ser el «rey de la montaña» de un montón de tierra de alguna obra cercana. Más alá de la bodega estaba la lechería de Pepe y Choni en la que su padre, Eco, también tenía a disposición de los clientes las bombonas de butano que alimentaban las cocinas y calentadores de nuestras casas. Su casa estaba en la trastienda del establecimiento y en ocasiones jugueteábamos por su habitación no sin molestar a su madre que estaba pendiente de la tienda en la que se oía el tintinear de las botellas de leche y de los yogures entonces retornabes más que reciclables.Reconozco que me sorprendía la habilidad de despachar que tenían Pepe y Choni cuando su madre estaba ocupada. Al otro lado del portal estaba la panadería y la huevería de Santiago dónde comprábamos el pan, los huevos blancos y según la edad los suizos, croisants, donuts, bonys, bucaneros, donuts con chocolate, tigretones, panteras rosa, palmeras de chocolate o cualquier delicia para el paladar de cualquiera que no superara los ciento treinta centímetros. Más allá se encontraba la tienda de ultramarinos de Ángel (que me llamaba Iribar), y entre ambos establecimientos el portal del 34 dónde vivían mis amigos Javi y Jorge. Con Javi tenía cierta complicidad, siempre he dicho que es mi amigo más antiguo. Desde la ventana del cuarto de los juguetes de mi casa se veía su patio privado inserto en el patio común al que me he referido. Nos llamábamos para salir, nos tirábamos cosas, subía a mi casa, bajaba a la suya, cosas de chavales que dejamos de disfrutar cuando sus padres se mudaron a un piso en el mismo portal. También allí vívía Jorge que tenía un hermano mayor y una hermana más pequeña. Subíamos a su casa y su madre nos daba galletas con chocolate. Su padre un día les abandonó y la vida de mi amigo cambió por completo. No sé como fue pero poco a poco nos fuimos viendo cada vez menos aunque siento un gran cariño por él, más intenso que el que siento por León quizás porque a este último le deje de ver hace ya mucho tiempo. El 36 era una casa en cuyos locales estaba xxx y un poco más allá la carnicería de Enrique que cuando iba con mi madre me regalaba caramelos de violeta imperial. En el portal vivía la señora Julia quién tenía un carrito de bebés adaptado dónde desplegaba un espléndido surtido de chuches en espacios perfectamente distribuidos y pequeñas baratijas que colgaban por los lados. Allí comprábamos nuestras primeras chuches. Los chicles bazoka, los regalices rojos y negros, los sacis, los caramelitos de nata, los balines de regaliz, el paloluz, las palominas, las pipas y los kikos, También vendía los sobres de soldaditos de diferentes ejércitos, de indios y vaqueros, de aviones y de carros de combate, las peonzas con sus lazos a los que colocábamos en su estremo las monedas de dos reales, los escubidus.., Un pequeño bazar en el que solía gastarme parte de la moneda de 2,5 que me daba mi abuelo Marcos cada vez que íbamos a verle a Toledo. Un poco más allá estaba el kiosko de Concha, ayudados por sus hijos Mauro y xxxx, dónde comprábamos el periódico, las revistas y los cromos de esas colecciones tan difíciles de completar. Allí estaba la parada del autobús que me llevaba al colegio junto a otros chicos de otras zonas del barrio que al principio no conocía y que con el tiempo contribuyeron a que incluyera otros circulo concéntrico relacional. De mi parada estaban Lorenzo, Campillo, los Fragoso, Francisco Pastor y su hermano Willy, Guillermo Sanz, etc. todos con nuestros uniformes reglamentarios. En el autobús ya ocupaban sus asientos otros convecinos compañeros del cole que habían subido en paradas anteriores Luis Nadal, Justo y su hermano Valentín, etc. y aún quedaban por subir otros de los hotelitos y de la zona de Santa Fe. No resulte extraña esta trayectoria porque en aquél tiempo Comandante Fortea era de dos direcciones. En el parque pequeño jugaba con Pepe Bonacasa, los hermanos Villapalos, Chiqui, Carlos Fuentes y sus hermanas Carmen y Gloria, Caballero, Nonín y los hermanos Calvo (José Manuel y Julio César), José el Gordo organizaba los toures de chapas más maravillosos que hayan podido existir, junto a Pedro, Eugenio, Pablete, Ontiveros y los hermanos Casado. Me impactaba la cicatriz que tenía que se hundía entre sus carnes del vientre y que él mostraba con orgullo cuando nos quitábamos las camisetas al principio del verano. En época de la gran carrera todos los que participábamos bajábamos al parque y con nuestras manos extendidas íbamos surcando en la arena el itinerario de la carrera. A Pedro Morollón le encantaba hacer largas rectas porque tenía gran control y potencia para desplazar sus chapas y ganar ventaja sobre los demás. Concluido el recorrido elegíamos los lugares dónde ubicábamos las metas volantes y las montañas de tercera, segunda y primera categoría. Con diversos métodos elegíamos el orden de salida de nuestros. El Bic de Ocaña, el de Eddy Mercks, etc. Yo solía elegir el Kas porque entre sus corredores estaba Nemesio Jiménez un primo mío que era profesional en aquellos momentos, hecho de lo que me enorgullecía y de lo que me permitía presumir. No todo el mundo tenía un pariente ciclista. Ya organizados sacábamos las chapas de los bolsillos. Generalmente de pequeño tamaño para que no pesaran tanto, lijadas en los pavimentos de los portales para mejorar su aerodinámica, perfectamente rotuladas con el símbolo del equipo y con el nombre del ciclista al que representaban colocados en un pequeño cartoncito que introducíamos en el interior de la chapa. Nos íbamos copiando las novedades. A ese simple cartoncillo le poníamos colores, luego le colocábamos encima un pequeño papel del mismo tamaño que hacía las veces de chandal que quitábamos antes de tirar y volvíamos a colocar una vez que paraba su tras el disparo para que el polvo no estropeara el diseño del maillot que tanto nos había costado realizar, Acabamos poníéndo un plástico duro transparente que podía ser limpiado con facilidad al final de la jornada con lo que el chandal únicamente se quitaba al principio del juego y se volvía a poner al final. . y las disponíamos en la meta para salir. Acabada esta parafernalia en la que ocupábamos cerca de una hora, estábamos listos para comenzar la carrera. Pastor con quién me pasé muchas horas jugando al fútbol de chapas y compitiendo por Carlota. Finalmente los diseños incluyeron las caras de los corredores y las denominaciones que cortábamos de los cromos y pegábamos en las «camisetas» de nuestros jugadores con gran habilidad. También de la «parro» y de la «Keli Campo» y en tercer nivel del entierro de la sardina, de las fiestas de San Antonio, del Cuartel de la Montaña y de la Estación del Norte.

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