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Alfonso Peña (1974-1976; 12-13 años; Infantil)

Alfonso Peña nos entrenó en infantiles. En el equipo estábamos Miguel de Paúl, Luis Javier (compañeros de colegio que fallecieron hace años y a los que recuerdo con cariño), Constante, Luis Gil Mazón, Roig, Juan Carlos, Un buen equipo. Un año ganamos la liga de nuestro grupo. Miguel tenía un tiro fantástico, y el de Luis tampoco estaba mal. Constante y Luisja, no tenían mucha técnica, pero eran pivots fuertes e intimidadores. Roig y yo compartíamos el puesto de base.

Alfonso llegaba parsimonioso y sacaba los balones de la caseta. Dos, tres como mucho. Era lo que había. Con él aprendí a colocarme, a subir el balón, pasar y cortar, los primeros bocetos de jugada, las posiciones en defensa. Tenía mucha paciencia.

Si los entrenamientos eran como la “Play”, ver cómo entrenaban los mayores era la “tele” en 3D, pero sin gafas. Me encantaba quedarme un rato después de entrenar, a costa de pequeñas regañinas que recibía al llegar a casa. Sobretodo veía a mis mayores inmediatos, al equipo de Antonio “el rubio” que, implacable en su actitud, les ponía las pilas a Carlos Alburquerque, Alberto Blanco, Chema Rico, Pan, Mike, Dudu…

A los partidos, íbamos ya en el 75 y en metro, no recuerdo que nos levasen las familias. Eran nuestras primeras andanzas fuera del barrio.

Entonces el baloncesto se jugaba en dos tiempos de 20 minutos con diez de descanso. Los mayores paraban el tiempo durante todo el partido y a nosotros nos lo paraban sólo en los tiempos muertos y los tres minutos del final. En la mesa siempre había tanganas. El anotador llevaba el tiempo y su actuación podía ser determinante en los partidos mas reñidos. Por eso, solían esconder sus cronos bajo la mesa intentando disimular posibles errores, reales o fingidos.

A los trece años, participando en lo que ahora es un multijuego, me rompí las paletas. Mientras jugaba al fútbol, a la vez que tiraba al aro. Unos amigos me preguntaron algo. Estaba respondiéndoles y oí. ¡Nico! Vehementemente giré la cabeza para buscar la pelota y mis piños se estrellaron contra uno de los postes de las inútiles canastas blancas que flanqueaban la cancha y que nunca tuvieron red, aro, ni tablero. Me puse a buscar mis dientes como un desesperado y al coger aire por la boca, el frío, me hizo sentir un tremendo latigazo. Esa noche, mis padres habían invitado a cenar ¡a un dentista!

Los fines de semana me encantaba ver los partidos de los mayores. El carácter de Armando subiendo la pelota, dirigiendo al equipo, sus fogosas entradas, forman parte mi épica infantil (creo que por él y, por mi estatura, me hice base). La posición de Laurín, escorado en la banda dispuesto a recibir para tirar. La contrastada pareja Federico y Miguel, el gigantesco Felipe, Fragoso (que no jugaba mucho pero iba a mi cole), Fernando el pelirojo, Antonio “el rubio”, que me gustaba más como entrenador que como jugador, Manolo (que no Nacho), Romero, Humanes, Peñalba, que en los calentamientos nos ponía el pulgar en su nariz haciendo un abanico burlón con los dedos mientras entraba a canasta. Es curioso pero en mi cabeza se suceden imágenes individualizadas de todos ellos, que tan solo se organizan cronológicamente delante de las fotografías de los equipos en los que participaban. Era un baloncesto muy organizado. Los pivots sacaban de fondo. Los bases subían la pelota, los aleros se la chupaban y los pivots intentaban coger al rebote para jugársela o volver a empezar, rara vez, porque llevan el ADN de los aleros, versión frustrada.

En la banda, olímpicos de distintas tribus animábamos con cánticos, el “Ole, ole, ole, oh, ole Olimpico, ole Olímpico, ole, ole ole, oh, ole Olimpico es el mejor” (es campeón en la segunda estrofa), o la entonación en crescendo, tanto en tono como en rítmo, del “Ooo-liiím-piii-co, oolíímpiico, Olímpico”, acompasado por el sonido de las palmas, hasta que ya no podíamos ir más rápido y rompíamos en aplausos.

Publicado en Soy Olímpico

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