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Alfonso Peña y José Cunha (1977-1978)

En juveniles me volvió a entrenar Alfonso. Casi todos los del equipo eran mayores que yo. Jugaba con Juan Santos, Mike, Luis Gil Mazón y José Luis (ambos de Santovenia), Paco Navarro y Luis Javier. La mayor parte del equipo de cadetes lo dejaron.

Por aquel entonces se introdujo la regla del 3×2. Hasta entonces cuando a un equipo le hacían 10 faltas personales en un tiempo, tenía derecho a tirar dos tiros libres (como ocurre hoy al llegar a las 5). La nueva regla permitía tirar un tercer tiro en el caso de que uno de los dos primeros tiros libres se fallase. Normas de entonces. Si metías el primero te relajabas. Si fallabas dos, el tercero te acojonaba. Y si fallabas el tercero, deseabas que la tierra te engullera. Lo sé por alguna experiencia.

Esperando el lanzamiento de un tiro libre en categoría Juvenil. A la izquierda José Luis.
Esperando el lanzamiento de un tiro libre en categoría Juvenil. A la izquierda José Luis.

Esa temporada jugamos contra mi cole, que intentaba componer un buen equipo a costa del Olímpico. El padre Alex quiso hacernos ficha a los que éramos del Frayluis. No lo hicimos. Supongo que era más cómodo jugar en el barrio, que quedarnos a entrenar allí. Momento insuperable. El patio hasta las trancas y todos los compañeros a favor nuestro. Éramos mejores y ganamos. El calentamiento lo hicimos en el gimnasio dónde habitualmente saltábamos potro, caballo, plinton y demás. Durante el partido, Mike encestó, desde más allá de un 6,25 inexistente en aquella época, y la propia red sacó el balón del aro. Una canasta fantasma que nunca supimos si era legal o no, pero que protestamos porque el árbitro la invalidó.

El cole hizo cosas buenas ese año. En Vallermoso, los que elegíamos baloncesto en educación física, tuvimos a Del Corral como entrenador, unos años antes de que jugara en el Real Madrid y bastantes más de convertirse en doctor.

Además nos cursó una invitación para asistír a una Escuela de baloncesto que dirigían Buscató en Barcelona y Emiliano en Madrid. Ciento cincuenta chavales en las ocho canastas del polideportivo del Consejo Superior de Deportes. Allí coincidí con compañeros del cole y gente del barrio que no prosperaría en esto del baloncesto, recuerdo especialmente a Quirino y su camiseta de plástico que le hacía sudar como a un pollo.

Al finalizar el año, Emiliano y un tal Ricardo (parecido físicamente al Ricardo corazón de león que todos tenemos en mente, al que recuerdo muy emotivamente y con el que años después nos enfrentamos cuando entrenaba a un equipo de Guadalajara), me propusieron ir durante el verano a una concentración de “jóvenes promesas” que se celebraba en Málaga. Mis padres en aquella época se estaban separando, la economía doméstica no andaba muy bollante, yo estaba muy unido a la que era mi novia Dalia, de la que me costaba separarme, e Iñaquí en una conversación en su simca u 850 blanco tampoco me alentó demasiado. Lo cierto es que no tuve las narices suficientes como para optar por mí. Muchas veces me acordé de ello y muchas veces lloré haberme traicionado a mí mismo, al censurarme lo único que adoraba y aquello que me hacía ser. Desde ese momento, el baloncesto paso de ser una oportunidad, a convertirse en un refugio más de un adolescente marcadamente afectado.

A mitad de temporada, comencé a jugar en el junior resultante de la fusión de los Olímpicos del parque, con los CM de la piscina. Nos entrenaba José Cunha. Allí coincidí con jugadores que procedían del Cuartel de la Montaña (Caco “el Panameño”, Pirolo, Alberto, Frank, Pedro “el junior”), con Alberto Blanco del Olímpico, al que conocía de la música que ponía en los guateques de la parro. Era muy intimidante. Todos desconocidos. Gente bastante grande y mucho más fuerte que yo. Jugué varios partidos con ellos y no me fue demasiado mal, a tenor de los piques que se cogía el tal Pirolo en los entrenamientos, cuando nos ponían a robarnos mutuamente el balón mientras botábamos en el círculo central. Celebramos el fin de la campaña con una cena nocturna, tras la cuál fuimos al bingo del Canoe, donde me pasé más de una hora sentado en unas escaleras porque no me dejaron entrar. ¡Puto juvenil!

Al acabar la temporada, en el parque, después de uno de los partidos con mi equipo juvenil, se acercó Antonio de la Serna. No le conocía más que de haberle visto jugar y entrenar en el parque. Me entró con una cachondada sobre el partido que habíamos terminado y me propuso ir al siguiente domingo con el Tercera división. En honor a la verdad, no me extrañó, lo recuerdo con la mayor naturalidad del mundo. Lejos de celebrarlo con una gran alegría, lo asumí como una gran responsabilidad. No lo festejé especialmente, ni se lo transmití a nadie. Lo cierto es que días después, me vi con Pedro y Bubi en un 600 amarillo rumbo a un pueblo a las afueras de Madrid. Gracias Toñin.

Publicado en Soy Olímpico

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