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Antonio Fernández. 1979-1982 (17 a 19 años – Junior)

1979-1980

Al finalizar la temporada, el equipo junior de José Cunha se deshizo y al año siguiente, mi primer año junior, empecé a jugar con Antonio Fernández “el rubio” en Tercera División. Un equipo espectacular. Antonio incorporó a parte de sus chicos de siempre. Al menos yo lo recuerdo así. En las torres Pedro, Felipe, Javier Bergia, Alonso y Vicente Zaragoza. Como aleros Bubi, Alfredo Lobato, Chema Rico, Eduardo “Dudu” y Alberto Blanco. Como bases Paco de la Torre, Carlos Alburquerque y yo mismo. El mejor equipo en el que he jugado jamás.

Las pretemporadas eran impresionantes. Pura Casa de Campo. Salíamos del CM y quedábamos con Antonio, en muchas ocasiones acompañado de Pepe Mora, en el Teléferico. Allí nos daba una paliza de ejercicios físicos y vuelta al CM. La carrera era trepidante. Felipe, Chencho, Alfredo, Dudu y yo. Parecíamos una máquinaria perfectamente sincronizada que, conforme llegaba a su destino, imprimía su mayor rítmo. Cogíamos aire, lo exhalábamos, avanzábamos impulsados por el ímpetu del otro. Llegábamos agotados. Aunque si la distancia hubiese sido superior, no nos hubiera importado. En la cancha, ¡rueda de cuatro calles!

En ese primer año, mientras corríamos hacia el lago por el lado izquierdo de la carretera de la Casa de Campo, ya echada la noche, un coche adelantó a otro que circulaba a la altura del campo de las porterías. No sentí nada. Podía haberme ido para siempre, pero la suerte estuvo de mi lado. El coche que adelantaba me embistió por detrás y mi cabeza chocó con las piernas de Alfredo dejándome inconsciente. El susto que se llevaron mis compañeros debió de ser de aúpa. Abrí los ojos. No había nadie a mi alrededor. La enfermera me preguntó si ya me había despertado. Me dijo que me había atropellado un coche. Al rato dejaron pasar al conductor que fue adelantado y que, por fortuna para mi, paró y me llevó al hospital. Sin saber muy bien porqué, le dije que no sabía que había pasado y le pedí perdón por si hubiera tenido la culpa. Al cabo de un tiempo me dieron el alta. Se había pasado el susto. Antonio, Bubi y Pedro estaban esperándome.

Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Antonio "el rubio (entrenador), Felipe, Javier, Pedro, Alberto, Vicente, Eduardo, Luis, Javier y Paco de la Torre,
Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Antonio “el rubio (entrenador), Felipe, Javier, Pedro, Alberto, Vicente, Eduardo, Luis, Javier y Paco de la Torre,

Desde el primer día, Antonio me dejó clara mi misión. Al inicio del ataque, cuando alguien coja el rebote en defensa, te acercas a él, le quitas el balón de las manos, buscas a Dudu y, dando un bote como mucho, lanzas el contrataque (es decir, rueda de cuatro calles, versión partido). Dicho y hecho. Más me valía, porque si me salía del guión, al banquillo, como le ocurría a Felipe después de lanzar su segundo tiro a mas de tres metros del aro.

En defensa, tenía que apretar al que llevaba la pelota, obligándole a botar con la mano torpe, y molestarle el pase al finalizar el bote. Y ahí, aunque ellos no lo supieran, tuve dos grandes maestros: Dudu y, en mayor medida, Paco de la Torre. Ambos grandes atacantes y medianos defensores. Un ambiente óptimo para mejorar en lo que era su debilidad. Defendiéndoles en los entrenamientos aprendía una barbaridad, al tiempo que me ganaba los minutos de juego. Mantenerme, ante los driblings y reversos de Paco y el brazo estirado de Dudu mientras protegía la pelota, era un verdadero reto. En su puesto no había otros mejores en la categoría y eso me benefició. Al menos eso creo, porque seguí jugando las temporadas posteriores.

Para finalizar con las flores, hubo otra cosa que aprendí de Paco y que me encantaba hacer. Cuando un contrario robaba un balón y entraba a canasta, Paco corría tras él siguiéndole los pasos como si fuera una pantera. Al dejar de botar, el susodicho daba los dos pasos de rigor y estiraba el brazo para dejar la bandeja. Paco le seguía al acecho y ajustaba sus pasos a los del contrario mientras se le acercaba por la espalda. Batía el segundo paso, muy cerca del de la víctima y casi al mismo tiempo, pero lanzando el brazo muy encima de dónde él dejaba la pelota. El gorro era espectacular porque generalmente el balón rebotaba contra el tablero y salía despedido, acompañado del armonioso uuuuuuhhhhh!, que suscitaba entre los presentes. Grande Paco. No sabes como disfruté ejecutando ese tapón y viendo la cara que se les quedaba a los que lo recibían.

La temporada fue impresionante. Ganamos todos los partidos menos uno que empatamos. Sí, en aquella época había empates. Quedamos imbatidos. Empezábamos a crear la leyenda.

Yo era un chaval que apenas había salido de mi barrio. Las tardes de los domingos que jugábamos en casa íbamos por Alonso Martinez. A Fox o a Rebote. Antonio, Alberto, Vicente, Bubi, Pedro, yo y el que se apuntara. En el mundillo del baloncesto nos conocían, y a Antonio y Alberto también en el de la radio. Nuestros partidos los grababan en vídeo y se ponían en las teles de los pubs que visitábamos. Me sentía flotar. Si hubiera ligado, hubiera sido la leche.

Alternaba los partidos con un junior que dirigía Toñin. Jugábamos Petite, Alfonso Bustos, Juan Santos. Un equipo de rastrillo que no tuvo la menor gloria. En un partido crispado, contra un equipo cualquiera, estaba haciendo el típico en el que todo te sale bien. En un tiro a canasta, el “capullo” que me defendía, en vez de puntearme el tiro, me dio un toque en los que mi hijo llama los gremlins. Al duro impacto grité espontáneamente “hijo de puta”, mientras caía al suelo retorciéndome. El resultado fue mi expulsión. Se llevaron mi ficha y me cayeron tres partidos. El pavo se fue de rositas. Pequeñas injusticias que tiene el deporte.

 

1980-1981 (18 años)

Durante la temporada siguiente me hicieron ficha con el equipo de Carlos el “patas”. Según cuenta, como no había equipo junior, subieron de categoría a todo su equipo juvenil para que yo tuviese tener ficha para poder jugar en el Tercera. El pseudojunior lo llebaba Manolo Bustos. Carlos dice que en el parque, jugando contra el Madrid me pitaron cinco faltas en ataque, cualquiera que siga sus crónicas sabe de sus exageraciones.

Cartel del partido C.B. Renfe contra el Olímpico64, celebrado el 8 de noviembre de 1981, en Madrid.
Cartel del partido C.B. Renfe contra el Olímpico64, celebrado el 8 de noviembre de 1981, en Madrid.

En la vuelta, en el Palacio de los Deportes hice un partido “que te pasas”, aunque Goya se empeñó en estropear cada una de las fantásticas asistencias que le dejé. Durante los tiempos muertos, en vez de escuchar a Manolo me dedicaba a flirtear con unas mozuelas que iban a ver al senior del Madrid. Guiños, risitas, miraditas, etc. Al finalizar el partido pudimos quedarnos y, esta vez si, ligué gracias al basket. Elvira se llamaba.

Mientras tanto, con el equipo de Antonio seguíamos haciendo estragos. Teníamos un equipo invencible y sobre todo bastante divertido. Se organizaron algunas fiestas en discotecas, a las que acudía medio barrio que estaba volcado con nosotros, o en casa de Vicente. Vendíamos lotería, maldita/bendita lotería, colocando mesas en la parro. Íbamos a escuchar música a casa de Antonio después de los entrenamientos.

Una de las temporadas, la jugamos en el Consejo Superior de Deportes, porque se intentó arreglar el parqué de la cancha del CM. En efecto, se intentó y nunca se consiguió, como podemos evidenciar todavía en los ataques derechos de ambas canastas. Ese año alguien consiguió un patrocinador excepcional que nos pagó un Le Coq Sportif. Una pasada de chándal que lucíamos orgullosamente en los calentamientos previos a los partidos. Allí teníamos menos seguidores porque la cancha estaba dividida en tres campos y no había gradas, sino una barandilla en uno de los fondos, un poco incómoda para ver los partidos.

Cartel del partido C.B. Cuenca-Mutral contra el Olímpico 64, celebrado el 22 de noviembre de 1981, en Cuenca.
Cartel del partido C.B. Cuenca-Mutral contra el Olímpico 64, celebrado el 22 de noviembre de 1981, en Cuenca.

Nuestro incondicional Sebastián, con su inseparable pipa, venía a vernos a todos los partidos, allá dónde fueran. Cuenca, Albacete, etc. Era uno más del equipo y de vez en cuando te hacía observaciones acertadas. También nos acompañaban las parejas de algunos del equipo. Paloma, la mujer de Alonso; Angelines, la de Alfredo, la novia de Vicente, la de Pedro, la de Bubi, etc.

No sé si en la Roda, jugábamos un partido muy tenso e igualado. Desde que empezamos a calentar el público no dejó de pitarnos. Ya en el partido, cada vez que cogíamos el balón o lanzábamos las pitadas eran monumentales. A Felipe le insultaban llamandole “Lola Flores” por el gesto que mantenía después de sus lanzamientos desde el tiro libre. Conforme avanzaba el partido las protestas a los árbitros se hacían más intensas. Llegó un momento en el que pararon el partido. La pareja arbitral llamó a la de Guardias Civiles y les dijeron que fueran a la grada para que sacaran a un tipo. Obedientes subieron las escaleras pero el público se les echaba encima. Bajaron rápidamente y le dijeron al árbitro que no podían hacer nada. Se decidió seguir jugando, con un público envalentonado que no paraba de meterse con nosotros. Al oírse el pitido final todos salimos corriendo a coger las cosas del banquillo, mientras un montón de gente invadía el campo. De pronto, advertí que no parábamos de recibir felicitaciones de todo el mundo. Dos años, dos años hacía que nadie ganaba aquí! De regreso todos felices comiendo “Miguelitos” en el bus.

Esa temporada, esta vez si, ascendimos a Segunda división.

1981-1982 (19 años)

La Tercera de las temporadas fue de nota. Jugamos en Cuenca (Mutral), Ciudad Real (RENFE), Valencia, Liria.

Valencia lo recuerdo especialmente porque volví a ver a mis amigos Pepe, Luis y Edu, con quienes el último contacto que habíamos tenido se produjo telefónicamente la noche del 23 F, cuando tenían los tanques en la calle. Lliria porque unos tipos, situados encima de nosotros, no pararon de tirarnos cáscaras de pipas durante todo el partido.

En uno de esos partidos, Antonio el “rubio” nos invitó a Bubi y mi al festival de Benidorm. Muy fuerte. Una sala repleta de personas de la tercera edad bailando, alrededor de sus mesas, los ritmos reggae de Eddy Grant. Algo muy fuerte para un marleyano como yo. Antonio tenía reserva en un hotel, donde acabamos durmiendo los tres en la única cama de matrimonio que había.

Al parecer, quedamos quintos. Al final de la temporada Antonio lo dejó. En plena cresta de la ola. Junto a él otros miembros del equipo a quienes eché mucho de menos, Alonso, Chema y más especialmente a Dudu y a Felipe.

Publicado en Soy Olímpico

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