Saltar al contenido →

Castillo de Peracense (Teruel)

Llevamos yendo a Teruel más de diez años y nadie nos había informado de su existencia. Desde Villarquemado apenas tardamos tres cuartos de hora en llegar. Como siempre sin tráfico. Que maravilllosa es la provincia para quienes salimos de la urbe.

Llegamos a Peracense. Enseguida una señal nos indica el camino hacia el castillo. Se encuentra en una situación maravillosa con unas vistas espléndidas del Valle del Jiloca. En la serpenteante subida rápidamente identificamos el rodeno, un tipo de roca formada por limos y arcillas ricas en hierro y magnesio, sobre la que se asienta y convive el castillo.

El castillo magestuoso. Fantásticamente rehabilitado nos traslada de lleno a la edad media. Cuán terrorífica época. Este sitio debió de jugar un papel estratégico por su situación entre las tierras de Aragón y de Castilla. En la entrada un taquillero nos vende las entradas a tres euros, los merecen. Al comenzar la visita vimos cómo una familia con sus hijos jugaban a tirarse bolas de nieve. La que una semana antes bendicieron los habitantes del lugar porque, según decían, les salvaba la cosecha.

Tres recintos en torno al punto más elevado del terreno. En el tercero y más amplio nos llama la atención un bonito azud, la contemplación de las caprichosas figuras talladas en el rodeno y los vericuetos del perímetro conformado por la roca natural y el artesanado humano. Nuestra imaginación, que intentaba imaginar la vida de los medievales en este lugar, se quedaba muy corta en calibrar la dureza cotidiana de quienes lo habitaran en aquellos tiempos.

Visitamos las habitaciones. Que frío debían de pasar, ¿Cerraban las ventanas? ¿Y los prisioneros? Parece que agua no les faltaba. La cocina pequeña. No debían de ser muchos los que aquí se refugiaran. Lamentablemente las habitaciones del museo no disponían de luz.  No nos enteramos de nada de la vida y misterios de las gentes del castillo.

Estuvimos casi dos horas subiendo y bajando escaleras y contemplando el paisaje. El Jiloca, la Sierra Palomera, el pequeño Peracense. Desde hacía tiempo teníamos la sensación de estar solos. Nos lo confirmó el taquillero a la despedida. Su semblante se había simpatizado, probablemente porque se aproximaba la hora de cerrar. El merchandising se agota. Sólo tienen libretas y abanicos con la imagen del castillo. Optamos por las primeras,;siempre hay notas que apuntar. Lo del abanico en estas altitudes debe de ser una broma del lugar.

Atardecía y queríamos una foto del conjunto. Para conseguir un buen encuadre me interné por una colina de rodeno. Es curioso parece dispuesto en lascas. Al fin lo consigo. Cuando regreso, no están Belén;ni el coche. ¿Se los habrán llevado los que venían en el coche que escuche que pasaba mientras buscaba mi objetivo? Espero dos, tres, cuatro minutos mientras crece mi impaciencia. Al final aparece en el horizonte. Para dar la vuelta al coche tuvo que recorrer unos kilómetros hacia Ródenas.

Desde Peracense miramos la vuelta atrás. El castillo mimetizado en el rodeno. Merece la pena visitarlo.<

Dejo un vínculo con una visita virtual: http://www.peracensemedieval.com

Publicado en Estuve allí

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Redimensionar imagen