El parque

No ubico con precisión el momento en que, por primera vez, lancé una pelota a canasta. Mi madre asegura que fue en el parque, en cuanto las hubo. Allí acudía la chiquillería del vecindario con sus balones. Según las horas y la edad de quienes tiraban, las madres de los más pequeños nos trasladaban al otro parque, donde nos conformábamos con la canasta del estrecho cuadrado de hormigón y con aquellas papeleras que simulaban cestas con redes verdiblancas, en las que jugábamos, marcando con un palo en la tierra, bien las posiciones desde las que tirábamos, bien un círculo concéntrico al aro, que delimitaba la zona que no podía pisar la defensa, en lo que llamábamos partidos. Sólo en una ocasión posterior volví a machacar el aro. El parque era un sitio espectacular para un niño. Allí pasaba casi todo mi tiempo libre. A diario bajaba después de comer, antes de coger la ruta del cole, y volvía después de merendar y hacer los deberes. Los fines de semana sesión continua. Desde que los guardas abrían sus puertas, hasta que las cerraban, sólo con un breve paréntesis para comer. Siempre para jugar con los amigos. Los columpios, los toboganes, las anillas, un extraño aparato en el que se montaban dos y al mover una palanca se aceleraba dando vueltas hasta marearnos, los partidos de fútbol, las canicas, los partidos de chapas, los “tours”, el “guachi”, las estatuas, el churro… Nuestro particular parque de atracciones. Al parque llegaban los que compraban pan y periódico, los que salían de misa, las chicas, los que miraban, los y las que jugaban baloncesto, los que venían del rugby, los del fútbol, los que, por la tarde, le daban al balonmano. No había curlin porque no se estilaba. ¡Hasta Rodrigo enseñaba a jugar al hockey, detrás de la torre, poniéndonos revistas como espinilleras!. Supongo que, como palos, utilizábamos los suyos. Y a todo esto había que sumar todo lo que ocurría en la “parro” que, a esa edad, yo desconocía. A fin de cuentas, siempre fui un chico del parque.

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