Hasta el Quiosco de Concha

Al otro lado del portal estaba la panadería y la huevería de Santiago dónde comprábamos el pan, los huevos blancos y según la edad los suizos, croisants, donuts, bonys, bucaneros, donuts con chocolate, tigretones, panteras rosa, palmeras de chocolate o cualquier delicia para el paladar de cualquiera que no superara los ciento treinta centímetros. Más allá se encontraba la tienda de ultramarinos de Ángel (que me llamaba Iribar), y entre ambos establecimientos el portal del 34 dónde vivían mis amigos Javi y Jorge. Con Javi tenía cierta complicidad, siempre he dicho que es mi amigo más antiguo. Desde la ventana del cuarto de los juguetes de mi casa se veía su patio privado inserto en el patio común al que me he referido. Nos llamábamos para salir, nos tirábamos cosas, subía a mi casa, bajaba a la suya, cosas de chavales que dejamos de disfrutar cuando sus padres se mudaron a un piso en el mismo portal. También allí vívía Jorge que tenía un hermano mayor y una hermana más pequeña. Subíamos a su casa y su madre nos daba galletas con chocolate. Su padre un día les abandonó y la vida de mi amigo cambió por completo. No sé como fue pero poco a poco nos fuimos viendo cada vez menos aunque siento un gran cariño por él, más intenso que el que siento por León quizás porque a este último le deje de ver hace ya mucho tiempo. El 36 era una casa en cuyos locales estaba xxx y un poco más allá la carnicería de Enrique que cuando iba con mi madre me regalaba caramelos de violeta imperial. En el portal vivía la señora Julia quién tenía un carrito de bebés adaptado dónde desplegaba un espléndido surtido de chuches en espacios perfectamente distribuidos y pequeñas baratijas que colgaban por los lados. Allí comprábamos nuestras primeras chuches. Los chicles bazoka, los regalices rojos y negros, los sacis, los caramelitos de nata, los balines de regaliz, el paloluz, las palominas, las pipas y los kikos, También vendía los sobres de soldaditos de diferentes ejércitos, de indios y vaqueros, de aviones y de carros de combate, las peonzas con sus lazos a los que colocábamos en su estremo las monedas de dos reales, los escubidus.., Un pequeño bazar en el que solía gastarme parte de la moneda de 2,5 que me daba mi abuelo Marcos cada vez que íbamos a verle a Toledo. Un poco más allá estaba el kiosko de Concha, ayudados por sus hijos Mauro y xxxx, dónde comprábamos el periódico, las revistas y los cromos de esas colecciones tan difíciles de completar. Allí estaba la parada del autobús que me llevaba al colegio junto a otros chicos de otras zonas del barrio que al principio no conocía y que con el tiempo contribuyeron a que incluyera otros circulo concéntrico relacional. De mi parada estaban Lorenzo, Campillo, los Fragoso, Francisco Pastor y su hermano Willy, Guillermo Sanz, etc. todos con nuestros uniformes reglamentarios. En el autobús ya ocupaban sus asientos otros convecinos compañeros del cole que habían subido en paradas anteriores Luis Nadal, Justo y su hermano Valentín, etc. y aún quedaban por subir otros de los hotelitos y de la zona de Santa Fe. No resulte extraña esta trayectoria porque en aquél tiempo Comandante Fortea era de dos direcciones.

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