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Leonor y Claudio

Por parte de madre, los ancestros más lejanos de los que me han llegado algunas noticias son: mi bisabuela Dolores y mi bisabuelo Bernabé, por parte de laabuela  Leonor, y mi bisabuela María y mi bisabuelo Narciso por parte del abuelo Claudio.

Dolores Cardó nació en Santiago de Cuba. Bernabé Navarro López en Ontur (Albacete). De la primera no tengo muchas referencias. Del segundo que fue Comandante de infantería en el ejército de tierra. Se conocieron en la isla dónde a él lo destinaron para intentar frenar la pérdida de la colonia (él solo no, se supone que las tropas españolas que intentaban evitar la independencia). Tras la derrota regresaron a España y acabaron en Barcelona, dónde vivieron hasta su muerte.

Tuvieron muchos hijos e hijas, tantos que cuando pregunté a mi abuela, antes de su muerte, no fue capaz de recordar la totalidad de los nombres de las hermanas y los hermanos que llegó a tener. Según ella morían por diversas razones a temprana edad. Así que únicamente tengo los de Dolores (1ª), Blas (2º), Carolina (3ª), Aurora (4ª), Leonor (5ª), Alfredo (6º) y las gemelas Arminda y Eloisa (7ª y 8ª).

Tan sólo conocí a mi abuela Leonor Navarro Cardó, a sus hermanas Carola y Aurora, en mis veraneos melillenses y a su hermano,al que familiarmente llamábamos el tío Blas del que guardo varios recuerdos que comentaré más adelante.

Mi abuela Leonor nació en Albacete el 22 de diciembre de 1910. De pequeña la internaron en un cole en Ontur, dónde, según mi madre, se hartó de comer pollo hasta tal punto que, cuando su hermano Blas la sacó de allí para llevarsela a Melilla, no volvió a probarlo en toda su vida.

Mamaleo, así es como la rebauticé, era una mujer típicamente mediterránea. Morena, bajita, delgada. Tenía una piel extraordinaria. Tan blanca que creo que sobre ella nunca cayó ni el más mínimo rayo de sol, tan fina que temías rasgarla, tan suave que aún recuerdo su tacto en mi cara. Propiedades transferidas por su hábito de comer melón y, sobre todo, pescado. Previamente a conocer a mi abuelo tuvo dos criaturas: Aurora, y Jaimito. La primera se fue a vivir a Málaga con su padre y el segundo falleció muy jóven.

Mi abuelo Claudio Hernandez Narros nació de San Miguel de la Ribera (Zamora) el 15 de octubre de 1895. Hijo de Narciso Hernández Madejo, labrador y de María Narros Avedillo. Vivían en la calle Mirador. Mis tatarabuelos por parte de Narciso se llamaban Tomás y Teresa y por parte de María, Miguel y Fernanda, nunca supe nada de ellos. Claudio tuvo varios hermanos: Miguel, Teresa, Virginia o Brígida (que marchó a la Argentina) y Fernanda, esta última ciega. A los 18 años le destinaron a hacer la mili a Melilla y allí se quedó. Se hizo practicante y cirujano menor apoyado por un militar castrense, el general Queipo, que le animó y ayudó a realizar sus estudios. Le tocó en gracia batallar en la Guerra de África y contemplar los desastres de la Guerra de Annual (1921). Se casó en primeras nupcias con Josefa Rodriguez Córdoba, de Jerez de la Frontera (Cádiz), de la que se divorció gracias a la primera ley del divorcio que hubo en el mundo el 14 de agosto de 1934 (muy modernos ellos). No tuvieron hijos pero su separación le costó a mi abuelo alguna que otra materialidad.

En Melilla Claudio conoció a Leonor. No pudieron casarse porque a Franco le dio por no reconocer los divorcios realizados durante la república. Tuvieron dos hijas de las que llamaban naturales por no estar concebidas dentro del matrimonio. María Leonor, mi madre, y María Teresa, mi tía.

Vivían en el Pasaje Avenida que comunicaba la calle Ejército Español con la actual Avenida Juan Carlos I Rey. Desde el pasaje se accedía a la entrada del portal en el que ascendía una escalinata preciosa flanqueada a un lado por un fantástico pasamanos, todo el conjunto en mármoles blancos. En la primera planta vivían los Rullant. No recuerdo muy bien a las personas mayores que allí vivían. Si a mi amigo Bienve. Su nombre era un enigma para mí. Nunca me quedó claro si así se llamaba o así le decía cuando nos encontrábamos en los principios del verano. En su casa, en la mía, en el portal o en la azotea pasabamos los días, incoscientes del paso del tiempo. Tenía un perrito que se llamaba Ninot. Un poco insoportable, ladraba cada vez que pasaba por su puerta y se metía entre las piernas de la clientela de mi abuelo provocando pequeños desequilibrios y traspiés.

La casa de Claudio y de Leonor era muy peculiar. Al pasar la puerta había un pequeño recibidor que hacía las veces de sala de espera de la consulta de mi abuelo. Allí pasé muchas horas junto a señoras diestras en el manejo del abanico. Tab, tab, tab, tab, ris,ras, ris,ras, tab, tab, tab, tab, ris,ras, ris ,ras y militares a los que enseñaba como mi tortuga engullía los trozos de tomate que le partía Mamaleo.

A mano izquierda estaba la consulta, impoluta y perfectamente ordenada. Me encantaban las vitrinas de crital en las que guardaba su aparataje siguiendo un escrupuloso ritual. Generalmente no me dejaba entrar mientras atencía a sus pacientes, aunque me dejaba ver como esterilizaba las jeringuillas en su cajita metálica ardiendo por el alcohol. Tenía una butaca de callista, como a de dentista pero con los pies de protagonista y una banqueta en la que mi abuelo, provisto de su bata blanca, se sentaba para quitar los callos y durezas de los pies abotargados en botas de militar.

Del recibidor partía hacia la cocina un pasillo en el que se colocaba un Belén que montaba mi familia con mucho esmero, supongo por el protagonismo que adquiría ese espacio durante las vacaciones de Navidad. A mano derecha una habitación a la que se accedía a través de unas puertas acristaladas en la que me recuerdo tumbado oliendo el aroma a hierbabuena recien cortada y refrescada que Mamaleo colocaba en sendos vasos de agua en cada una de las mesillas.. A la izquierda un pequeño cuarto de aseo y un poco más adelante una amplísima cocina. Lugar de las Fátmas que ayudaban a mi abuela con el trajín de la casa. Las recuerdo bereberes, envieltas en sus telas de gasa, con sus caras pintadas en jena y siempre laboriosas a las órdenas de Leonor. Con sus labios resquebrajados por la sequedad que impone el ramadán mientras sus manos fregaban con el agua abundante que brotaba del grifo de la pila. Amamantando a sus hijos cargados a sus espaldas echando sus pechos hacia atrás mientras faenaban las labores domésticas. ¿Llegué alguna vez a comprender lo que representaban esas imágenes? ¿Lo llegaban a entender Claudio y Leonor? Eran gente agradecida que nos quería e incluso invitaba a sus celebraciones familiares.

A la cocina recurría cuando la sed me incitaba a buscar la limonada con azúcar que Mamaleo preparaba con esmero y dejaba en el frigorífico. En ella me desnudaba para bañarme y ducharme en la única bañera que había en la casa.

De Melilla guardo muchos recuerdos. El Metropol. el Club Marítimo. el Parque Hernández, la Hípica, Luis el amigo de mi abuelo al que mi madre llamaba tío. La Montillana parada obligada de mi abuelo y del tío Luis en su ronda habitual. Tomaban sendos Montilla-Moriles blancos y les ponían de tapa unos mejillones sobre patatas fritas onduladas que me cedían encantados ante mi voracidad.

Avión. Barco Nadar.

Claudio era practicante en la Compañía Española de las Minas del Rif, la que se encargaba de explotar el hierro de las minas marroquíes. Claudio le abrió una tienda en Melilla a su hermano Miguel pero, su dadivosidad con los que no tenían, le llevó a tener que cerrarla y volverse a su tierra.

Mi tía Teresa se casó con Enrique López Mariscal y engendraron a mi primo Enrique.

Publicado en Ancestros

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