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Iñaqui Serrano (1976-1977)

Mi siguiente entrenador fue Iñaqui Serrano. Más duro que Alfonso, tanto como Antonio “el rubio”, pero menos creible. Era más dado al cachondeo. Se preocupaba mucho del fondo físico y recuerdo como me corregía pequeños vicios en el tiro. Decía que sacaba el balón por encima de la cabeza. Tuvimos un buen equipo. Salimos en el Espolón compartiendo página con una entrevista que les hicieron a los junior, Itu y Romay, cuando jugaron en el parque, y con la noticia de un rècord del Olímpico en categoría infantil, 272-21 a favor del Virgen de Atocha, todo un show.

El equipo lo formábamos Jaime Bech, Fernando Couto (Curro), Manuel Constante, Miguel de Paúl, Alonso, Luis Gil Mazón, Juan Santos, Fernando Pino, Ángel Rodriguez (el hoy esposo de la hermana de mi gran amigo y desaparecido Lorenzo), José Hernández (“el perro”) y Alfonso Gracia. Quedamos invictos. No perdimos ningún partido en liga, pero nos eliminaron en los cruces.

Entrando a canasta en el Parque contra el equipo de la base de Torrejón de Ardoz Runimede. Ganamos 115-6. En su casa 105-0 (jugado en Vallehermoso).
Entrando a canasta en el Parque contra el equipo de la base de Torrejón de Ardoz Runimede. Ganamos 115-6. En su casa 105-0 (jugado en Vallehermoso).

Esa temporada ganamos 105 a 0 al Ruidmede, un equipo de la base americana de Torrejón de Ardoz que jugaba en Vallermoso. Iñaqui, consciente de la situación, nos pidió que defendiéramos en zona con los brazos en alto y que saliéramos al contrataque. Tiraban desde fuera y los balones rebotaban, una y otra vez, sin conseguir entrar. En casa les fue más fácil. Ganamos 115-6 gracias a los tableros del parque, de cuyas virtudes corresponde hablar a Javier Amo, al “rubio” y otros tiradores de la época. Bueno, también a Mike, sobre todo en las pachangas.

A los partidos de fuera de casa, llevábamos la ropa en una bolsa, para cambiarnos en los vestuarios del equipo contrario. Al final de un partido en la cancha del Estudio, Miguel y Constante decidieron ducharse. Un intenso sudor frío, empezó a brotar de cada poro de mi piel. Al verlos desnudos, me sentí ridículo al comprobar que sus genitales estaban rodeados de vello, mientras que los míos estaban mondos y lirondos. Me moría de vergüenza. Hice verdaderas peripecias en las duchas para disimular mi falta de pelos en el pubis. Fui asumiendo mi desgracia hasta que casi al final de temporada superé mi calva pubertad.

Lanzando un tiro libre en la categoría Cadete. A la derecha, en el rebote, Miguel de Paúl.
Lanzando un tiro libre en la categoría Cadete. A la derecha, en el rebote, Miguel de Paúl.

Frecuentemente, venían los de la parro al parque. Con Alfonso Bustos organizábamos partidos de baloncesto los domingos por la tarde, aprovechando que venia de la Universidad Laboral, creo que de Oviedo. Los sábado por la mañana nos buscábamos por el parque para fijar la hora del partido. Era algo así como los Normandos (Javi “up”, Alejandro, Jose “la rubia”, Pedro, etc.) contra los del Parque (Paco Pastor, Paco Navarro, etc.). Partidos memorables que acababan con el deseo del perdedor de vengarse en la siguiente contienda.

En ocasiones el principio de estos partidos estaba condicionado a la finalización del “show de Dudu”. Solía bajar con dos hemanos altos y fuertes, uno rubio y otro moreno. Durante más de una hora, los dos troncos no hacían otra cosa más que coger el rebote y pasarle el balón a Edu para que tirase a canasta. Siempre silenciosos los tres. Sólo se oía el “chof” del impacto del balón en las redes y algún que otro bote aislado previo a su lanzamiento. Era magnífico. Nos quedábamos boquiabiertos viendo las numerosas sucesiones de tiros consecutivos encestados, impulsados por el magnífico salto que le caracterizaba. Siempre al aro.

Durante todos esos años entrenábamos en el parque. Lo hacíamos por las tardes a la luz de los focos que, según la leyenda, alguien había conectado furtivamente a las farolas de la M-30. Los inviernos eran duros. Debajo del chándal un par de camisetas, gorro para cubrir las orejas, guantes e incluso bufandas. Nos íbamos quitando las prendas según íbamos entrando en calor. Le echábamos muchas ganas.

Artículo aparecido en la mítica revista El Espolón.
Artículo aparecido en la mítica revista El Espolón.

Algunos viernes por la noche, incluso algún sábado a primera hora de la mañana, y según a quién le tocara jugar en primer lugar, había que pintar las líneas del campo. Con los cepillos de púas barríamos la arena que se depositaba en la cancha. Lanzábamos una cuerda para marcar la línea y, brocha en mano, nos transformábamos en “Otilios” durante unos minutos. Menos mal que no había triples. Pintar el 6,25 hubiera sido un verdadero reto.
En la esquina del parque estaba la caseta. La limpiábamos para que se cambiaran los equipos que venían a jugar. Los cutrecillos, porque a los importantes se les llevaba a la parro, dónde había duchas. Allí nos daban sesiones de moralina y dosis de concentración antes de los partidos. Acojonaba encender las luces en ese cuadro que saltaba según las ocasiones.

Molaba tener la llave de la caseta. La disfruté la siguiente temporada cuando entrené un equipo femenino sin muchas pretensiones. Personalmente las suficientes como para disfrutar del “eterno femenino”. En mi equipo jugaban Carlota, Belén Navalón, Dalia, creo que también Isabel (la hermana de Jaime Bech). No creo que fuera un buen entrenador pero me encantaba ver a las chicas “arreglás pero informales” (diría Martirio), sudando “Chanel number 3” (Ruben Blades).

Aún recuerdo el día en que, una parte de mis amigos, la derrumbaron motivados tras ver “The Warriors” a principios de los ochenta. Delante de mis narices se ensañaron con el pequeño habitáculo dándole patadas en un ataque de euforia, y mas cosas. No fui capaz de luchar contra eso. Mis tímidos “no os paséis”, “dejadlo ya ¿no?”, no fueron suficientes. A fin de cuentas, ya jugábamos en el Cuartel de la Montaña y el parque había sido invadido por el fútbol sala.

Publicado en Soy Olímpico

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