Vivir en el Barrio de la Bombilla

Artículo de Victor Manuel Fernandez Martin en Madrid en Blanco y Negro En Junio de 1988 sentí la necesidad de regresar al barrio donde había nacido , mi madre nos acababa de dejar en Abril de ese año y su recuerdo tan reciente me decían que aquella visita podría ser un bálsamo para la pena. Acompañado de mi padre y mi hijo Víctor, autor de las fotos, volvimos a pisar el mismo patio al que el sol de Junio le quitaba oscuridad y el piso bajo donde me pasé berreando los primeros meses de vida , sumidos en la falta de luz natural y en la falta de luz eléctrica por las restricciones y los pocos watios de las bombillas, una paradoja en aquel barrio castizo de La Bombilla. En la foto que publico en MADRID EN BLANCO Y NEGRO se puede apreciar lo que queda de aquellos tres portales 23, 25 y 27 de la antigua Carretera del Pardo (ahora Avda. de Valladolid). Demolida la fachada del nº 25 por ruina de sus vigas de madera, se mantienen en pie las del número 27 donde nací y la del 23, donde unos meses después se trasladaron mis padres buscando más luz. Regresar al lugar que abandonamos en 1960 y volver a recorrer patios, pasillos y escaleras, hasta fotografiarme en la entrada de aquel piso minúsculo que mantenía en su puerta una imagen ennegrecida del Corazón de Jesús (del que mi abuela era devota), era iniciar el regreso al pasado en el tren de la nostalgia. Porque vivir en La Bombilla había sido para mí gozar una infancia feliz en la que los chicos del barrio, Paquito el de la Geno, Luisito el de la señora Flora, Julito el de la Eufemia, con el que me peleaba como enemigo de infancia y abrazaba como amigo, vivíamos una libertad absolutamente impensable para los niños de ahora. Teníamos enfrente de nuestra casa las ruinas de un bombardeo, donde escarbando un poco podías encontrar cartuchos vacíos y balas de fusil sin disparar con cuya pólvora podías abrasar, dentro de un hoyo, la barriga de pobres lagartijas y algún lagarto , tan abundantes entonces. Teníamos delante un ancho espacio donde en el tórrido verano, bien regado el piso de tierra ponía los veladores de su terraza “Casa Carrero”, la taberna de D. Nicasio Carrero, dueño y casero único de las tres casas del vecindario. Al lado , más reducida la de la Asturiana , regentada por el “Bola”, un buen hombre al que en nuestras pillerías incordiábamos abriéndole la puerta en invierno y pies para qué os quiero… A esa franja de tierra le sumábamos un poco más allá, junto a un portón metálico los adoquines de granito de la propia carretera hasta convertirla en inaudito campo de fútbol donde disputar mezclados con otros chicos algo más mayores interminables partidos que se interrumpían cuando alguien gritaba ¡coche!. A finales de los 40 por allí solo circulaban los camiones de los talleres Eugenio Grasset trayendo vagones de Renfe para repararlos, algún destartalado autobús de la línea de Madrid, Aravaca, Pozuelo, el motorista del Pardo con su Zundapp, trayendo y llevando ceses y nombramientos y Francisco Franco con sus coches de escolta y la Policía Armada a caballo desplegada cubriendo la carrera, mosquetón en mano, atentos por si algo se movía en los viajes del dictador entre el Palacio del Pardo y el Palacio de Oriente. Vivir en La Bombilla era ver pasar las caravanas de todo tipo de carromatos cargados de gente que cada 18 de Julio aniversario del Alzamiento Nacional y 25, dia de Santiago, tenían autorización para bañarse y hacer alguna paella de chirlas y cangrejos aguas abajo del Puente de los Franceses, en el rio Manzanares. Era también el placer de ver pasar los domingos cientos de “sorchis” de todas las armas e innumerables “chachas”, a las que alguno de los chavales más atrevidos intentaban tocar el culo a riesgo de recibir un pescozón. Todos ellos caminando desde la “estación de los tranvías” donde estaban las cocheras y terminaba la línea 9, hasta “Los Cipreses”, Bar Restaurante y Jardines del señor Federico, aquel baile en el que una tarde pude ver el primer cadáver de mi vida, un hombre en una silla, muy pálido y con el corte de una navaja que había llegado a su corazón, esperando sentado la llegada de la policía. Y era por último, para no alargarme a infinito un privilegio que “el Boni”, compañero de mi padre en partidas de mús , dominó y “rana” me subiera gratis en su tranvía y me pusiera al mando de su regulador con sus manos guiando las mías, para ir aumentando puntos y velocidad hasta la parada de San Antonio de la Florida, donde tenía mi colegio, yo soñaba con viajes y él aplicaba los frenos, buen hombre con tu bigote y eterna sonrisa allá donde estés. Todo aquello empezó a cambiar radicalmente para mí en 1952 cuando a los 11 años comencé con mis padres la “pequeña historia de una pequeña frutería” en la Avda. del General Carmona. Pero esa es otra historia ya contada , aquel par de horas visitando rincones de infancia y de charla con los escasos vecinos que pudimos reconocer había sido para nosotros una terapia sanadora y un pequeño homenaje a la esposa, madre y abuela que me trajo a la vida en aquel lejano 5 de Abril de 1941.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *