Saint Quentin

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Palmeral de Elche

Nicolás Jiménez Hernández en el Palmeral de Elche. 2018.

Verano del 2017, visita relámpago por el Palmeral de Elche declarado Patrimonio Mundial.

Almería

La tierra de nuestro amigo Manolo, el padre de Jose Manuel, con quién tanto disfrutamos tomando cervezas y sus preciados salmonetes.

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Tenerife, 100×1

Inicio esta sección con el viaje que hicimos para conmemorar la licenciatura de Belén. Tenerife.

Tantas cosas por conocer y tanto por descansar que para esta visita relámpago nos centramos en el Patrimonio Mundial de la Isla y una playa de lujo.

Visita al Teide. Manuel nos llevó en su furgo y nos dejó en la salida del teleférico (2356 m) a eso de las 15:30 h. En ocho minutos estabamos en los 3.555 m a los pies de un Teide que amenazaba con sus fumarolas.

Como en nuestros últimos viajes nos planteamos una dosis de reto. Reservamos noche en el alojamiento más alto de lo que hoy se conoce por España, el Refugio Altavista (3260 m). En los folletos y en la web parece bastante accesible pero lo cierto es que está en casa dios. Cuando estábamos a apenas 200 m. de la cima iniciamos un descenso de 300 m hasta nuestro destino. Un camino perfectamente definido, sin posible pérdida.

A unos quince minutos, paradita en el mirador de la Fortaleza, ruta 11 y desde allí, en una escalinata sin fin, la ruta 7 nos lleva a Altavista. Parece que no se llega nunca. Las rodillas cada vez más atormentadas, la edad. La vista cada vez más agradecida, los basaltos que recortan el cielo, las vistas del Puerto de la Cruz y finalmente las Cañadas del Teide.

El Refugio lo justo. Esperamos hasta las cinco y media a que un agente lo abriera. Dos horas después nos asignó litera y compañeros de habitación (francesa de la Gomera, bilbaino y eslovena). Cena en el comedor y precios desorbitados (10 minutos wifi 1 €, un café de máquina 2 €). No dan cenas pero puedes utilizar la cocina, el microondas, y el menaje de la instalación. Peculiar mezcla de nacionalidades. Ninguno inferior a los treintaytantos.

A las 5:30 sonata de despertadores, desayuno, equipación y salida. Mucho frío noche cerrada. Ningún atisbo de nubes. Cielo muy estrellado. Nítidamente estrellado pero sin apenas tiempo para disfrutarlo. Los frontales nos indicaban el camino a seguir. La próxima la haremos en luna llena. Subida hasta el Teide con poco oxigeno y bastante esfuerzo. Al final la recompensa. La foto con la sombra del Teide proyectada sobre el mar de nubes. Sólo para quienes se chupan los 500 m. de subida desde el refugio.

Dinópolis (Teruel)

Basta un pequeño comentario para que «el pequeño Nicolás» arda en deseos. Dinopoliiisssss!!!

No somos amigos de los parques temáticos.Nunca hemos ido a un parque temático. La sola idea de lo visto en la caja tonta me hace temblar. Dado que es en Teruel, la visita una especie de ayuda al desarrollo. De otra forma el precio de las entradas, la imposibilidad de hacer fotos y la prohibición de introducir alimentos y bebidas al recinto me hubiera hecho desistir. En fin todo sea por las criaturillas.

Diez de la mañana. Al llegar al recinto la primera en la frente. Para visitantes futuros: hay que sacar las entradas por internet. Evitaréis el madrugón o una cola en torno a los treinta minutos.Menos mal que la imaginación vino a socorrernos. Beltrisaurio, Niki Rex, Mamaciraptor y Papatauro esperaban ansiosos ver a sus antepasados. Casi cien euros del ala por dos personas adultas y dos niños nos evidencian que Teruel existe.

En la antesala se respira el ambiente. ¿Cual es el Dino con la cola más larga? Dinópolis. Entramos a las 11:20 y no paramos de hacer colas hasta las 19:00 cuando entramos en el último espectáculo. De aproximadamente media hora en cada estación y con intentos recurrentes en algunas de ellas. No obstante todo ello la visita está francamente bien. Muy original en cuanto a la concepción del parque. Diverso en cuanto al tratamiento de las edades e intereses. Escaso en cuanto a estrategias para optimizar la visita.

Iniciamos la visita en la cola más corta. El Cine 3 D, una sesión sobre un bebé de T-Rex albino que es adpotado por Dinos herbivoros. Si habéis visto la saga «En busca del valle encantado…» (la de piecitos y compañía) y algo de 3D la peli no os aportará nada nuevo. A Nicolás le ha encantado. Es su primer tropiezo con esa tecnología y le ha impactado. El sourround y los afilados dientes de los dinosaurios que amenazaban con devorarle le hacían estremecer. No podía creer lo que veía. En ocasiones se quitaba las gafas para comprobar lo borroso que se veía la pantalla plana a la que está acostumbrado. En otras lanzaba la mano intentando tocar flores e insectos que parecían a su alcance. Otras se acurrucaba intentando evitar la proximidad de los dinosaurios.

A la salida del 3D otra cola (no insisto más a cola por sala). Tras la espera te adentran en una sala en la que te muestran una presentación del «Territorio Dinópolis». Puro marketing comercial en el que te informan de la ubicación y características de las siete sedes dispersas por la provincia de Teruel,y de algunos aspectos relacionados con la infraestructura. Particularmente creo que es una pérdida de tiempo, aburre hasta a las mascotas y es incómoda ya que se visualiza de pié.

A continuación el ansiado «Tunel del tiempo». A pesar de que bromeábamos con Nik recordando la experiencia de los túneles de la ruta verde del verano de 2012, este no estaba muy convencido de su entrada en el recinto (traumatizado por el cine 3D). Tras algunos pucheros, después de levantarle el ánimo y gracias al apoyo de la persona que daba entrada a las vagonetas entramos en un vagón sobre railes que en zig zag se iba desplazando en el tiempo desde el big bag hasta la desaparición de los dinosaurios. La secuencia está bien desarrollada aunque tarde en afinar mi oido para escuchar la locución. La atracción es mejorable, sobre todo cuando has visto lo demás. Nik iba con la cara tapada, aunque su curiosidad le hacía ir entreabriendo los deditos para maravillarse de las figuras animadas que iban apareciendo.

El recorrido finaliza en una sala diversa en la que se entremezclan juegos de ordenador, un mostador para pintar tu dinosaurio preferido, unos monitores que pintan la cara a la chiquillería más atrevida, un panel de los que sacas la cara por un agujero para que te hagn la foto de recuerdo y un espléndido croma por el que pagas para hacerte una fotografía a punto de ser devorado por un dinosaurio descomunal. Me encanta ver las poses y caras de la gente intentando expresar su sorpresa ante un potencial glotón de proporciones desmesuradas.

Después de unos minutos de espera visitamos el Museo Paleontológico. Una maravilla. La visita se hace entre originales y reproducciones. Personalmente me hizo reflexionar sobre el dilema museográfico en un mundo tecnológico. ¿Es necesario el original? ¿vale con la copia? Lo cierto es que la visita permite apreciar la magnitud de los ejemplares, sus características morfológicas, etc.

Aprovechamos para salir al aire libre para disfrutar de la Paleosenda, un complejo lúdico para mayores de 9 años (pura teoría) en el que un laberinto parcialmente cubierto y con forma de amonites (lo que me costó descubrirlo) da acceso a una estructura de madera con cuerdas que les permite enfentarse a los retos que proporciona. También cuenta con una zona de excavación en el que se puede contribuir a desenterrar los huesos de un dinosaurio semienterrado, unos huevos de dinosaurio en los que hicimos las correspondientes fotos y una zona de lavado de materiales eque inexplicablemente atraía al público infantil ya fuera por el cubo con el que cogían agua para ser vertida para recorrer un pequeño itinerario con trampillas y tapones, ya por una zona de espejos en el que las personas más presumidos eran remojadas por quienes accionando un botón acababan mofandose de su demostrada vanidad.  En un peqeño chiringuito comimos un esquisito bocata de jamón de Teruel que nos dió fuerzas para continuar.

La aventura del 4D es muy original y está muy conseguida. Nos gustó mucho porque te hace vivir la película que estás viendo. Realmente es una nueva dimensión.

El último minuto

Obra de teatro.

Tiranosaurio Rex.

Castillo de Peracense (Teruel)

Llevamos yendo a Teruel más de diez años y nadie nos había informado de su existencia. Desde Villarquemado apenas tardamos tres cuartos de hora en llegar. Como siempre sin tráfico. Que maravilllosa es la provincia para quienes salimos de la urbe.

Llegamos a Peracense. Enseguida una señal nos indica el camino hacia el castillo. Se encuentra en una situación maravillosa con unas vistas espléndidas del Valle del Jiloca. En la serpenteante subida rápidamente identificamos el rodeno, un tipo de roca formada por limos y arcillas ricas en hierro y magnesio, sobre la que se asienta y convive el castillo.

El castillo magestuoso. Fantásticamente rehabilitado nos traslada de lleno a la edad media. Cuán terrorífica época. Este sitio debió de jugar un papel estratégico por su situación entre las tierras de Aragón y de Castilla. En la entrada un taquillero nos vende las entradas a tres euros, los merecen. Al comenzar la visita vimos cómo una familia con sus hijos jugaban a tirarse bolas de nieve. La que una semana antes bendicieron los habitantes del lugar porque, según decían, les salvaba la cosecha.

Tres recintos en torno al punto más elevado del terreno. En el tercero y más amplio nos llama la atención un bonito azud, la contemplación de las caprichosas figuras talladas en el rodeno y los vericuetos del perímetro conformado por la roca natural y el artesanado humano. Nuestra imaginación, que intentaba imaginar la vida de los medievales en este lugar, se quedaba muy corta en calibrar la dureza cotidiana de quienes lo habitaran en aquellos tiempos.

Visitamos las habitaciones. Que frío debían de pasar, ¿Cerraban las ventanas? ¿Y los prisioneros? Parece que agua no les faltaba. La cocina pequeña. No debían de ser muchos los que aquí se refugiaran. Lamentablemente las habitaciones del museo no disponían de luz.  No nos enteramos de nada de la vida y misterios de las gentes del castillo.

Estuvimos casi dos horas subiendo y bajando escaleras y contemplando el paisaje. El Jiloca, la Sierra Palomera, el pequeño Peracense. Desde hacía tiempo teníamos la sensación de estar solos. Nos lo confirmó el taquillero a la despedida. Su semblante se había simpatizado, probablemente porque se aproximaba la hora de cerrar. El merchandising se agota. Sólo tienen libretas y abanicos con la imagen del castillo. Optamos por las primeras,;siempre hay notas que apuntar. Lo del abanico en estas altitudes debe de ser una broma del lugar.

Atardecía y queríamos una foto del conjunto. Para conseguir un buen encuadre me interné por una colina de rodeno. Es curioso parece dispuesto en lascas. Al fin lo consigo. Cuando regreso, no están Belén;ni el coche. ¿Se los habrán llevado los que venían en el coche que escuche que pasaba mientras buscaba mi objetivo? Espero dos, tres, cuatro minutos mientras crece mi impaciencia. Al final aparece en el horizonte. Para dar la vuelta al coche tuvo que recorrer unos kilómetros hacia Ródenas.

Desde Peracense miramos la vuelta atrás. El castillo mimetizado en el rodeno. Merece la pena visitarlo.<

Dejo un vínculo con una visita virtual: http://www.peracensemedieval.com

Londres 2013

Por fin. Muchos años deseándolo. Ya se hizo realidad. Hemos estado allí. Desde el avión no hemos podido ver nada. Tampoco en el tren que nos llevó al centro. Niebla y noche temprana se encargaron de decorar mis primeras impresiones. Imágenes de la reina decorando los pasillos del aeropuerto de Gatwick. Aromas de sociodiversidad: blancos, negros, marrones, británicos, hindúes, japoneses. En el Metro, periódico gratuito del «tube» una noticia que lo ilustra. La mayoría de la población de Londres no es británica. Se siente.

Nos alojamos en el Hostel 639, en Kensal Green. al noroeste de la ciudad. Muy barato, limpio y con acceso a cocina. Un poco caótico cubrió nuestro objetivo.

Tres días muy intensos que Belén había estudiado minuciosamente. Muchas cosas y poco tiempo. La próxima nos detendremos en cosas específicas. De momento grandes impactos.

El primer día lo iniciamos en el Palacio de Westminster, Patrimonio Mundial. Me gusta el edificio, su reflejo en el río, la torre que alberga el Big Ben, la idea de que el edificio no sea religioso ni de la reina. Me disgusta compartirlo con tanta gente a la vez. Me sorprende que el puente resista tanto peso y que finalmente tomemos alguna fotografía decente.

Allí tomamos un ferry para navegar por el magnífico Támesis que nos permitió un recorrido rápido por la ciudad, nos facilitó unos bonitos paisajes londinenses (el puente de Londres, la City, etc.) y nos llevó a uno de los sitios que como geógrafo estaba obligado a visitar: Maritime Greenwich. Siete libras por la visita del Real Observatorio dónde hacerte una foto en la linea que marca el meridiano. Doce por el Cutty Sark, no, no te lo bebes, lo visitas por dentro (la entrada mixta te ahorra dos libras), las visitas del Museo Marítimo Nacional y de la Casa de la Reina son gratuitas. También el reposo en el magnífico Greenwich Park, las estupendas vistas desde el Observatorio y la foto en la prolongación del meridiano. Recomendable el Greenwich Market. Coqueto. Antigüedades, segunda mano, artesanía, comida rápida. Me sorprendió ver a un nota en bicicleta con una camiseta del Kas, equipo ciclista en el que corrió mi primo Nemesio (junto a Perurena, Fuentes, López Carril, Lasa, Aja, Galdos, etc.) en los años 70.

El regreso lo hicimos en la primera fila de la planta superior del típico bus, curioso. Nos sorprende una fotografía inmensa del F.C. Barcelona anunciando Qatar Foundation. Nos bajamos en el puente de Waterloo, paseamos hasta Trafalgar Square. Tomamos the Mall y disfrutamos de una pequeña siesta al sol en los bancos de St. James’s Park, envidiados por una pareja de españolitas que susurraron «Me gustaría hacer lo que están haciendo estos dos». Cisnes, patos, pelícanos y otras aves hacían las delicias de cuantos los admirábamos. Llegamos al final del parque, pasamos bajo el Arco de la Victoria, saludamos a los guardias del Buckinham Palace y nos adentramos por Green Park hasta llegar a la entrada de Hyde Park. Grandes parques planos con árboles inmensos. Mucha gente paseando a pie o en bicicleta. Allí cogimos otro bus hasta Picadilly Circus. Vimos la plaza y caminamos hasta Soho square. Desde allí alcanzamos Oxford street (Zara) que recorrimos de este a oeste en el visor de otro autobús rojo. Compramos en una tienda árabe en Edward Road y regresamos al hostel.

Al día siguiente Camden Town. Magnífico. Miles de tiendas y puestos. Toda la comida fast food del mundo en apenas un palmo. Paella y pulpo gallego. Nos gustaron Camden market, Camden Lock Village, Stables market (gracias por sus baños gratuitos). Compramos unas gafas de sol y vimos algunas tiendas bastante originales. Un tipo que te enseñaba a ser DJ por 15 libras/hora, otro que vendía camisetas que se iluminaban al ritmo de la música, una tienda de ropa psicodélica (naranjas, verdes y azules fosforitos con aires venusianos), varias tiendas vintage (segunda mano en 3D, etc.). Nos decidimos por comida hindú. Tras un merecido descanso tomamos el camino que corre paralelo a Regent’s Canal, por el que transitan los waterbus que desplazan a los turistas por el agua y las casas flotantes acicaladas por propietarios que aprovechaban los rayos solares del veranillo del membrillo. Pasamos el Zoo y nos adentramos en Regent’s Park dónde tomamos el sol sin camiseta y disfrutamos del arrullo de una pequeña cascada. Tras el descanso paseamos por Queen Mary`s Garden (la rosaleda londinense). A la salida visitamos el Museo de Sherlock Holmes. Desde allí tomamos el metro en Baker Street. Nos dirigimos a Victoria Station, un poco desmejorada por las obras de una nueva estación autobuses que parece que respetarán al Victoria Palace Theatre, para, desde allí, acercarnos, a Hyde Park. El solecito se ocultó tras las nubes y el paseo fue menos lustroso que lo que esperábamos. A pesar de que algunos edificios estropean con su altura la visión desde su interior el parque es espectacular. Espléndidas explanadas verdes, árboles espectaculares, buena distribución de los espacios para peatones y ciclistas. Bellas láminas de agua, anecdótico el Memorial Fountain Princess Diana y discreto Kensigton Palace. El cansancio hacía mella y retornamos.

El último día, sábado, quisimos visitar el mítico Covent Garden. Llegamos a Oxford Circus para bajar a Picadilly por una Regent Street invadida por los peatones gracias al despliegue publicitario protagonizado por la NFL (liga de fútbol americano). Miles de personas esperando cola en las diversas atracciones para todos los públicos. Nos cobijamos en Carnaby Street para desde allí llegar a Picadilly Circus, Lencester square y desde allí a nuestro destino. Poco a poco íbamos sintiendo sentimos lo grande que es la ciudad. Creo que esa mañana se concentraron allí los ocho millones de londinenses. Un gran centro comercial con numerosas actuaciones callejeras rodeado de pequeños mercaditos (Ancient market). Mucha, mucha gente. Imposible disfrutarlo. Decidimos salir de allí y volver a Covent garden. Tomamos un lunch, compramos algunos recuerdos para la familia y decidimos volver al hostel para echarnos la siesta. Al caer la noche (seis y media de la tarde) bajamos nuevamente al Parlamento para disfrutar de las vistas nocturnas del Palacio de Westminster, la Abadía, el Big Ben y los iluminados London eye y el County Hall. De regreso no pudimos evitar un fish and chips y una pinta en el The Mason Arms donde un puñado de británicos disfrutaban de la victoria del Atlético de Madrid frente al Real Madrid.

De madrugada cogimos un bus que nos llevó a otro que finalmente nos condujo al aeropuerto de Luton desde dónde regresamos a Madrid.