La Bombilla. Casa Carrero y Laboratorios ASCA. 1988. Historia de una Escalera.

Avenida de Valladolid 51
De Víctor Manuel Fernández Martín‎ en Yo crecí en La Colonia del Manzanares (El Gran Barrio). Entrando por el portal del número 51 Moderno de la Avenida de Valladolid se sube una escalera por la que la memoria te transporta al pasado y acuden a tu mente voces que reconoces y caras que recuerdas de personas que vivieron allí y que ahora ya son sombras de un tiempo en que aquel vecindario estaba lleno de gentes laboriosas y niños que lo abandonarían cuando crecieran lo suficiente para ganarse el futuro. Esa fachada descuidada de la foto, a la que aún se adhiere a la izquierda de la imagen, haciendo milagros para no derrumbarse el edificio en ruinas de los antiguos “Laboratorios ASCA. Fábrica de gluconato de cal”, es ahora en manos de una inmobiliaria que aún no ha decidido su destino, un triste reflejo de aquel barrio pequeño en el que vivían sus alegrías y tristezas los dueños de esas voces y esos rostros, que el paso del tiempo intenta desvanecer. Donde ahora solo se aprecian las ruinas del Laboratorio aparcaba en los primeros años 50 un SEAT1400B, propiedad de Don Juan, su dueño , del que se desprendía el olor dulzón del gluconato y el zumbido de las centrifugadoras. Nosotros no sabíamos si aquel olor penetrante era bueno o malo para la salud, pero allí trabajaban varios vecinos y a los chavales nos gustaba el sabor de algún terrón amarillo y dulce del producto, que Josema, el encargado de la limpieza y mantenimiento nos regalaba, al tiempo que nos decía sonriendo que no diéramos balonazos muy fuertes sobre las alambreras que protegían las ventanas. Donde aparece ahora esa fachada de mármol viejo y deslucido con el rótulo en letra gótica de CASA CARRERO, hubo en aquellos años una bonita cristalera en tonos negros y plateados y puede que me esté equivocando al recordar que aquella taberna situada en el nº 23 de la Carretera del Pardo, hubo un tiempo en que se llamaba LA PERLA. Su propietario, don Nicasio Carrero, dueño de los tres portales del barrio y nuestro casero, había sabido atraer al Velo Club Portillo para organizar y dar la salida frente a su negocio de algunas de las carreras de ciclismo más importantes de la época. Disponía una terraza con muchos veladores que luego amplió extendiéndola al otro lado de la calzada de adoquines de granito de la citada Carretera del Pardo, que cada noche del verano se convertía en un cenador de gentes bulliciosas consumiendo chuletas y filetes de la propia Carnecería que atendía su hijo Rafael acompañando tortillas y ensaladas camperas cuyo aroma aún percibo, mientras recuerdo y escucho la música que un matrimonio ya viejos los dos tocaban con su laud y bandurria mientras pasaban el platillo recaudando algunas monedas entre las mesas . Vivía el señor Nicasio con su familia, doña Pepa, sus hijas Paquita e Isabel y sus hijos Rafael y Eugenio, “Geñete” controlando su pequeño emporio, incluida la tienda de Ultramarinos situada en el nº 27 también de su propiedad, una vivienda con balcones a la calle del primer piso que ahora, aparecen en la foto con las persianas rotas y desvencijados . Cuatro balcones de un piso luminoso y bien amueblado y en uno de ellos acomodaron una gran radiogramola por la que en el verano de 1950 escuchamos alborozados todos los vecinos la voz inconfundible y el verbo fácil de don Matías Prats cantando como una gesta el triunfo de España sobre Inglaterra y el famoso gol de Zarra, en el estadio Maracaná de Rio de Janeiro en el Mundial de Fútbol de Brasil. Pocos días después, con voz dolorida y apagada don Matías nos relataba la aplastante derrota por 6 a 1 que nos encajaron los brasileños . Pero no todo el año es verano ni felices todos los recuerdos. La Guerra Civil había dejado huellas muy profundas en los edificios y cicatrices muy dolorosas en muchas familias. En la parte superior de la fachada del nº 27 se había tapado con ladrillos sin revoco un gran y redondo agujero, que un proyectil de artillería había atravesado sin explotar y años después, en un revoco caído de la pared de un patio interior del mismo edificio pude leer el texto de una inscripción que con pintura negra recordaba : “Aquí estuvieron los “piras”, cumplid como ellos” y los números de batallón y regimiento de algún grupo de combatientes republicanos que ocuparían el edificio , evacuado de vecinos durante el conflicto. Las cicatrices del alma las relataban las vecinas , sentadas con sus sillas al fresco en las noches de verano, recordando los felices “tiempos normales” de antes de la guerra, las penurias y heridas personales del cruel enfrentamiento entre hermanos y las escaseces de alimentos regulados por las “cartilla de racionamiento”. En tertulias paralelas, los hombres hablaban de cosas de hombres, de la guerra y mientras unos reflectores por prácticas o motivos desconocidos alumbraban con su dedo de luz las fachadas, algunas aún derruidas de los edificios del Paseo de Rosales, contaban historias de “maquis” y en una de aquellas charlas aprendí asombrado que los alemanes habían tenido aviones que volaban a “mil por hora” en la reciente Guerra Mundial. Todo ello en una atmósfera mágica de vecindad y compañerismo, con un Madrid casi apagado pero queriendo sobrevivir bajo el manto protector de la Vía Láctea formando con sus millones de estrellas el “camino de Santiago”. Actualmente quedan en pie, reformados los tres edificios, pero me ha contado mi hermana Mari que con tanto cambio, ya no queda nada de nuestra infancia.

TALGO (no es seguro que sea del barrio)

Por afinidad y cercanía me encanta compartir esta pequeña anécdota de mi infancia en el Barrio de La Bombilla por cuanto representaba para las gentes de aquella zona su proximidad a la Estación del Norte. Espero que sirva de recuerdo y disfrute de días felices. Un abrazo para todos..CUANDO PITABA EL TALGO. Si escuchabas el sonido característico del silbato de la locomotora del TALGO emprendiendo la marcha desde la Estación del Norte aquel 1950 en que entraron en servicio unos trenes ultramodernos que parecían venidos del futuro en un país cuya red ferroviaria estaba intentando recuperarse de las heridas de la guerra civil, tenías la «obligación» si tu barrio era La Bombilla, tu edad estaba entre los 8 y los 13 años y buenas piernas de salir corriendo como alma que lleva el diablo para llegar a encaramarte a la alta trinchera del ferrocarril a su paso por el Puente de los Franceses. Llegabas con la lengua fuera, pero disfrutabas de una visión alucinante. De pronto aparecía majestuosa una de aquellas locomotoras de color aluminio rotuladas y bautizadas con nombres de Vírgenes bien conocidas en nuestro país: Virgen del Pilar, de Covadonga, de Aránzazu, de Montserrat, de Begoña o de la Almudena arrastrando sin esfuerzo aquellos vagones de amplias ventanas herméticamente cerradas que se alejaba mientras contemplábamos extasiados la redonda zaga, rematada con cristaleras curvas dejando a su paso un tak, tak bien distinto al de los pesados convoyes con tracción eléctrica o de vapor.a los que estábamos acostumbrados. De sus ventanas no asomaban pañuelos ni brazos agitándose en adioses alegres o melancólicos, pero aquel Tren Articulado Ligero Goicochea Oriol (TALGO) era sin duda la imagen del futuro.