Contratos octubre 2018

Finalizado el invierno es un buen momento para pensar en los tipos de trabajo que se ofrecerán durante este mes de octubre.

En octubre de 2018 se realizaron 576 contratos en San Lorenzo de El Escorial, de los que 251 fueron a hombres y 375 a mujeres. La sección de actividad que más contratos realizó fue la hostelería con 309 contratos (107 hombres y 202 mujeres), seguido de las activides sanitarias – servicios sociales y la educación con 57 empleos (13 h y 44 m y 30 h y 27 m respectivamente) y el comercio – reparación de vehículos con 39 contratos (23 h y 16 m).

Como vemos actividades ligadas a los sectores de actividad predominantes en San Lorenzo de El Escorial como son el Turismo, la Sanidad y los servicios sociales y el Comercio.

Si estás buscando trabajo en estos secciones puedes estar de enhorabuena, no así si te dedicas a otro tipo de actividades, ya que para estas tendrás que intentar ampliar el ámbito de búsqueda de empleo a otras zonas especializadas en otras actividades económicas afines a tus intereses.

 

 

Presupuestos participativos.

Restauración de las zonas verdes afectadas por obras (Colonia del Manzanares)

Adecentamiento del Puente de la Reina (BIC)

Regenerarión area verde posterior a la ermita de San Antonio de la Florida.

Adecentamiento del kiosko del Parque de la Bombilla.

BiciMad en Barrio Casa de Campo

Adecuación de espacios interbloques. Barrio Casa de Campo.

Barreras arquitectónicas. Rellenar alcorques de calle Santa Fé.

 

 

 

 

Personajes famosos

Víctor Monigote, ilustrador, actor.

Clara Sanchez, escritora

Miguel Ordoñez de los Zombies. San Pol. En los 80′. 

Enrique Bastante. Gabinete Garibaldi. Tarta.

Julio perez,pintor y escultor.

Pasión Vega.

Ketama.

Paco Marsó, actor marido de Concha Velasco.

Blanca Fernandez Ochoa

Carmen de la Maza, actriz
 

Mari Páu Dominguez, vivió una temporada en los hotelitos.

 
Esperanza Roy en Paseo de la Florida 19
 
Edith Checa, fallecida muy joven recientemente, escritora.
 
Gervasio Deffer, deportista.
 
Sebastian Junyent dramaturgo:» Hay que deshacer la casa» paseo de la Florida 31
 
Antonio Serrano, futbolista del Granada.
 
Yago lamela
 
Paco Umbral, escritor. Plaza de Almuñécar 4.
 
Luis Uroz. Futbolista y entrenado. Continente 5.
 
Cecilia, cantante, en la Av de la Valladolid.
 
Marifé de Triana, en San Pol.
 
Antonio Mercero, en los Austrias.
Juan José Artero, actor. Ribera del Manzanares 1.
Niño Josele, guitarrista flamenco y jazz, con ha vivido en la avenida e Valladolid y en la Ribera del Manzanares 99
 
Marta Sánchez en Felipe Moratilla
Amibilia y Kiti kaufman
 
Alejandro Sanz???? y Carlos Sainz????
 
Quique Ramos, futbolista del Atlético de Madrid.
 
comisario Conesa, gente de TV de Escala en HI-FI, años 60, etc.
 
Carlos Pina cantante vocalista del grupo Panzer y  locutor de Radio 3.
 
Afolfo Suárez tuvo un piso en la torre 5 que luego ocupó su hermano
 
Alfonso Aparicio ex jugador del atlético de Madrid y muchos años su delegado de campo en san Pol de mar
 
Rey Lui, cantante. Felipe Moratilla.
 
SONIA BARRIO medalla de ORO en los JJOO DE BARCELONA 92, Hockey Hierba
 
Reina, portero del Atletico de Madrid en el numero 35 de la Ribera del Manzanares
 
Don Francisco de Goya. Puente de Segovia en La Quinta del Sordo. Hoy descansa en la Ermita de San Antonio de la Florida.
 
 
 
 
 

Vivir en el Barrio de la Bombilla

Avenida de Valladolid

Artículo de Victor Manuel Fernandez Martin en Madrid en Blanco y Negro

En Junio de 1988 sentí la necesidad de regresar al barrio donde había nacido , mi madre nos acababa de dejar en Abril de ese año y su recuerdo tan reciente me decían que aquella visita podría ser un bálsamo para la pena.

Acompañado de mi padre y mi hijo Víctor, autor de las fotos, volvimos a pisar el mismo patio al que el sol de Junio le quitaba oscuridad y el piso bajo donde me pasé berreando los primeros meses de vida , sumidos en la falta de luz natural y en la falta de luz eléctrica por las restricciones y los pocos watios de las bombillas, una paradoja en aquel barrio castizo de La Bombilla.

En la foto que publico en MADRID EN BLANCO Y NEGRO se puede apreciar lo que queda de aquellos tres portales 23, 25 y 27 de la antigua Carretera del Pardo (ahora Avda. de Valladolid).

Demolida la fachada del nº 25 por ruina de sus vigas de madera, se mantienen en pie las del número 27 donde nací y la del 23, donde unos meses después se trasladaron mis padres buscando más luz.
Regresar al lugar que abandonamos en 1960 y volver a recorrer patios, pasillos y escaleras, hasta fotografiarme en la entrada de aquel piso minúsculo que mantenía en su puerta una imagen ennegrecida del Corazón de Jesús (del que mi abuela era devota), era iniciar el regreso al pasado en el tren de la nostalgia.

Porque vivir en La Bombilla había sido para mí gozar una infancia feliz en la que los chicos del barrio, Paquito el de la Geno, Luisito el de la señora Flora, Julito el de la Eufemia, con el que me peleaba como enemigo de infancia y abrazaba como amigo, vivíamos una libertad absolutamente impensable para los niños de ahora.

Teníamos enfrente de nuestra casa las ruinas de un bombardeo, donde escarbando un poco podías encontrar cartuchos vacíos y balas de fusil sin disparar con cuya pólvora podías abrasar, dentro de un hoyo, la barriga de pobres lagartijas y algún lagarto , tan abundantes entonces.

Teníamos delante un ancho espacio donde en el tórrido verano, bien regado el piso de tierra ponía los veladores de su terraza “Casa Carrero”, la taberna de D. Nicasio Carrero, dueño y casero único de las tres casas del vecindario.

Al lado , más reducida la de la Asturiana , regentada por el “Bola”, un buen hombre al que en nuestras pillerías incordiábamos abriéndole la puerta en invierno y pies para qué os quiero…

A esa franja de tierra le sumábamos un poco más allá, junto a un portón metálico los adoquines de granito de la propia carretera hasta convertirla en inaudito campo de fútbol donde disputar mezclados con otros chicos algo más mayores interminables partidos que se interrumpían cuando alguien gritaba ¡coche!.

A finales de los 40 por allí solo circulaban los camiones de los talleres Eugenio Grasset trayendo vagones de Renfe para repararlos, algún destartalado autobús de la línea de Madrid, Aravaca, Pozuelo, el motorista del Pardo con su Zundapp, trayendo y llevando ceses y nombramientos y Francisco Franco con sus coches de escolta y la Policía Armada a caballo desplegada cubriendo la carrera, mosquetón en mano, atentos por si algo se movía en los viajes del dictador entre el Palacio del Pardo y el Palacio de Oriente.

Vivir en La Bombilla era ver pasar las caravanas de todo tipo de carromatos cargados de gente que cada 18 de Julio aniversario del Alzamiento Nacional y 25, dia de Santiago, tenían autorización para bañarse y hacer alguna paella de chirlas y cangrejos aguas abajo del Puente de los Franceses, en el rio Manzanares.

Era también el placer de ver pasar los domingos cientos de “sorchis” de todas las armas e innumerables “chachas”, a las que alguno de los chavales más atrevidos intentaban tocar el culo a riesgo de recibir un pescozón.

Todos ellos caminando desde la “estación de los tranvías” donde estaban las cocheras y terminaba la línea 9, hasta “Los Cipreses”, Bar Restaurante y Jardines del señor Federico, aquel baile en el que una tarde pude ver el primer cadáver de mi vida, un hombre en una silla, muy pálido y con el corte de una navaja que había llegado a su corazón, esperando sentado la llegada de la policía.

Y era por último, para no alargarme a infinito un privilegio que “el Boni”, compañero de mi padre en partidas de mús , dominó y “rana” me subiera gratis en su tranvía y me pusiera al mando de su regulador con sus manos guiando las mías, para ir aumentando puntos y velocidad hasta la parada de San Antonio de la Florida, donde tenía mi colegio, yo soñaba con viajes y él aplicaba los frenos, buen hombre con tu bigote y eterna sonrisa allá donde estés.

Todo aquello empezó a cambiar radicalmente para mí en 1952 cuando a los 11 años comencé con mis padres la “pequeña historia de una pequeña frutería” en la Avda. del General Carmona.

Pero esa es otra historia ya contada , aquel par de horas visitando rincones de infancia y de charla con los escasos vecinos que pudimos reconocer había sido para nosotros una terapia sanadora y un pequeño homenaje a la esposa, madre y abuela que me trajo a la vida en aquel lejano 5 de Abril de 1941.

Los guateques de la parro

Mi amigo Javi, me echa la bronca porque en el face no hago referencia a los guateques de la parro. En parte lo hago porque para mi no fueron los únicos, claro que así éramos los del parque. Mi afición ante los guateques la heredé de mis progenitores Leonor y Nicolás.

Si, recuerdo los que organizaban en casa, creo que los fines de año. A ellos asistían sus amistades del barrio. Luces en penumbra, mucho cubata, mucho tabaco y música hasta el amanecer, momento en el que se cogían los «duros» recaudados a quienes se quedaban con la escoba en el turno de las lentas, y desaparecían en busca del chocolare con churros en el conocido San Ginés.

Tendría yo mis siete u ocho años cuando Jesús Blanquer, el padre de Kiko me sirvió el primer «Martini» dulzón que causó los primeros desequilibrios de, probablemente mi primera melopea. Mientras tanto sonaba el «queeeeee grande es el disco sorpresa de fundador…» que precedía al tema de éxito de los sesenta o cualquiera de los numerosos singles que se daban cita en casa.

Y es que quienes sobrevivimos a esos tiempos llevamos el formol corriendo por nuestras venas. Íbamos creciendo y mi madre organizaba pequeñas fiestecillas en casa con amistades allegadas.T

amibén recuerdo alguna que otra fiesta en otras casas. Presiento que giraban en torno al cumpleaños de mi hermana Leonor porque apenas recuerdo la presencia de chicos. Recuerdo a Isolina, Lola y la pequeña Rebeca, Silvia y cómo, Carlota la primera chica que me gustó y, probablemente, a quién guste.

Aunque en aquel entonces no lo tenía tan claro. La melillense anfitriona nos preparaba chanquetes para ir picando, caseras, cocacolas y mirindas algunas patatas fritas y no recuerdo más. Bailábamos, o eso creíamos, con discos que les cogíamos a los mayores aunque eso de las lentas todavía no era para nosotros.

La pandilla a la que pertenecía se iba modificando, a lo que contribuía la alternancia de los veranos en la piscina del Cuartel de la Montaña, los otoños y primaveras del parque y los inviernos domésticos. Llegaron otras chicas y ya recuerdo algún que otro chico. Mi gran amigo Lorenzo, Alodia, Flor, y más tarde Isabel, Esther, mi primera novia con derecho a consumición como decía Josilio.En ese interín apareció el comediscos con el que de vez en cuando, y no muchas veces nos íbamos de excursión a las casitas en las que se celebraba la Feria del Campo. A veces íbamos directamente,a menear el esqueleto, otras después de atravesar los Peligros de Penélope, allá cerca del Lago de la Casas de Campo. En ocasiones topábamos con alguna pandilla de la Avenida de Portugal y acabábamos discutiendo y batallando por nuestro lugar de celebraciones. Como si fuera ayer viene a mi mente el día en que votamos si íbamos a la parro o no. Supongo que no estaba muy convencido porque no guardaba buen recuerdo de la primera vez que estuve por allí en respuesta a una convocatoria que probablemente hizo Donagus (A decir verdad si que guardé unos por unos cuantos años. El que fuera mi amigo Yago).. Lo cierto es que no había quién pudiera con los fríos invernales de mi bucólico parque y pronto desembarcamos en un entorno que, como la «sin par» no tenía igual. Pura esfervescencia juvenil, innumerables chicas y chicos, nuevas amistades,todo en la mejor casa de la juventud que haya existido en el país de nunca jamás. No guardo buen recuerdo de mi primer guateque. Por aquel entonces, Jaime Bech jugaba en mi equipo de baloncesto y, de vez en cuando venían a verlo entrenar la que era su novia y su amiga Maribel Magro?. quién, por lo que me decían se colaba por mis huesitos. Yo todavía no descifraba muy bien mis sentimientos. Lo cierto es la parte trasera de la parro el celestino Joaquín, «el colas», me incitó a que la acompañara a su casa, cosa que hice mas excitado que emocionado. Me moría de vergüenza. Hablamos un poco y al final le dije lo que se suponía que se esperaba en aquella situación. Ella me dijo que sí. A mitad del camino, la verdad es que vivía bien (allá por el Paseo de la Florida) y me volví corriendo a la parro, supongo que a contar mi gran hazaña, no sin antes quedar para el día siguiente en el guateque de la parro. Ahí es dónde aparezco yo, supongo que algo arregladito para la ocasión pero completamente omnubilado por el entorno. Pronto sentí la presencia de Maribel aunque no podía ni mirarla del vértigo que sentía. Cómo no reaccionaba ella anticipó su experiencia invitándome a bailar … una lenta … glub, es queeee, glub, no se, … bueeno. Lo cierto es que, salvo las amigas de mamá nunca había bailado agarrado. Recto como una vela, con las manos en su cintura, bamboleándome de un lado a otro mientras mi rostro se iba enrojeciendo, calentando, abotargándo. Ni una palabra salió de mi boca. Maribel se debió de quedar tan pasmada que no tuvo más remedio que decirme que lo sentía mucho pero que era un muermo y que dejábamos de salir en ese preciso momento. Siempre la he considerado mi novia oficial más fugaz. No duramos ni 24 horas. Posiblemente ese precedente me estimuló como ninguno para cambiar de actitud. A ello contribuyó mi primer campamento en Mioño, las tardes en torno a alguna guitarra, la deconstrucción de mi relación con los normandos a quienes conocía por «el cebollas» y por los partidos que organizaba junto con Alfonso cuando venía de la laboral.Poco a poco me dí cuenta de las ventajas de aprender a bailar. En parte me ayudaron mis cómplices mencionadas amigas del parque y otras como Ana Mari, Estrella. Me encantaban esos guateques improvisados en las habitaciones de arriba. Con un pequeño tocata que tan sólo paraba para cambiar de disco. Era la época de los supersingles, del Rock’collection. y apareció ella. La chica que marco mi adolescencia. Creo que aprendí a bailar por estar con ella. Me refiero a Dalia.Me encantaba verla en los guateques. Su sonrisa picarona. Su candidez, su dulzura al hablar. Creo que me cautivó y me convirtió en otra persona. Aprendí a bailar lento y con mi gran amigo David a bailar disfrutando. La mayor parte de las veces en aquellos guateques que presidía DJ Alberto blanco con sus discos de negratas. Gracias por presentarme a Steve. Por aquel entonces mis padres no atravesaban un buen momento y mi padre en un intento de atraerme hacia su parte me compró el mejor tocata que un niño de dieciséis años pudiera desear. Me llevó al Corte Inglés y me regaló el equipo de música que todavía utilizo. Nada de compactos. Cada cosa por su lado, era lo in. El plato Dual, un Kenwood de ampli y dos cajas Sony que hicieron las delicias de todos nosotros en más de alguna fiesta. Los del Dynamo crecían y se les hacía pequeña la parro por lo que no fue difícil ocupar un espacio que, por otra parte, teníamos muy interiorizado. Allí bajabamos a escuchas a Apódrasis, a David y Chuchi. Y a todos aquellos que hacían sus pinitos en nuestra movida particular. En la sala grande habíamos organizado pequeños eventos para sacar algunas perrillas, incluso Pedro y Javi se ponían en calzones y se calzaban unos buenos bofetones emulando a Legrá, Urtáin o al propio Casius Clay. Al fondo «el bolilla», el pequeño emporio que gobernaban Fernando, el Basilio y Pascual en el que ocurría … de todo. Allí llevábamos nuestros discos y pinchábamos de todo. Desde Kiss al «People stay, just a little bit longuer», de los Gibson Brothers a George Benson, De Miguel Bosé a Ramoncín. Eagles, Kansas, Chicago, Santana, América, Earthe, Wind and Fire. El primer Hip Hop. En Nochevieja tirábamos la casa por la ventana. Nos íbamos a Leganitos a alquilar un «peazo equipo». Dos platos. Ampli de la muerte. Luces para lentas, incluso un año alguien llevó una bola de discoteca. Música hasta el amanecer que incluía el after de año nuevo.porque los equipos no se devolvían hasta el día 2. Pinchábamos, bailábamos, besábamos, envidiábamos, deseábamos, descontrolábamos. Siempre «sin malicia», … como decía Santiago. «la lirio la lirio tiene, tiene una pena la lirio». El día en el que el boca a oído extendió la idea de que nuestro edén se convertía en centro de día para las personas mayores comenzaron a sepultarse nuestros recuerdos. Cierto es que las cosas estaban cambiando. También nosotros teníamos nuevos horizontes.

El parque pequeño

En el parque pequeño jugaba con Pepe Bonacasa, los hermanos Villapalos, Chiqui, Carlos Fuentes y sus hermanas Carmen y Gloria, Caballero, Nonín y los hermanos Calvo (Julio César y xxx),

José el Gordo organizaba los toures de chapas más maravillosos que hayan podido existir, junto a Pedro, Eugenio, Pablete, Ontiveros y los hermanos Casado. Me impactaba la cicatriz que tenía que se hundía entre sus carnes del vientre y que él mostraba con orgullo cuando nos quitábamos las camisetas al principio del verano. En época de la gran carrera todos los que participábamos bajábamos al parque y con nuestras manos extendidas íbamos surcando en la arena el itinerario de la carrera. A Pedro Morollón le encantaba hacer largas rectas porque tenía gran control y potencia para desplazar sus chapas y ganar ventaja sobre los demás. Concluido el recorrido elegíamos los lugares dónde ubicábamos las metas volantes y las montañas de tercera, segunda y primera categoría. Con diversos métodos elegíamos el orden de salida de nuestros. El Bic de Ocaña, el de Eddy Mercks, etc. Yo solía elegir el Kas porque entre sus corredores estaba Nemesio Jiménez un primo mío que era profesional en aquellos momentos, hecho de lo que me enorgullecía y de lo que me permitía presumir. No todo el mundo tenía un pariente ciclista. Ya organizados sacábamos las chapas de los bolsillos. Generalmente de pequeño tamaño para que no pesaran tanto, lijadas en los pavimentos de los portales para mejorar su aerodinámica, perfectamente rotuladas con el símbolo del equipo y con el nombre del ciclista al que representaban colocados en un pequeño cartoncito que introducíamos en el interior de la chapa. Nos íbamos copiando las novedades. A ese simple cartoncillo le poníamos colores, luego le colocábamos encima un pequeño papel del mismo tamaño que hacía las veces de chandal que quitábamos antes de tirar y volvíamos a colocar una vez que paraba su tras el disparo para que el polvo no estropeara el diseño del maillot que tanto nos había costado realizar, Acabamos poníéndo un plástico duro transparente que podía ser limpiado con facilidad al final de la jornada con lo que el chandal únicamente se quitaba al principio del juego y se volvía a poner al final.

. y las disponíamos en la meta para salir. Acabada esta parafernalia en la que ocupábamos cerca de una hora, estábamos listos para comenzar la carrera. Pastor con quién me pasé muchas horas jugando al fútbol de chapas y compitiendo por Carlota. Finalmente los diseños incluyeron las caras de los corredores y las denominaciones que cortábamos de los cromos y pegábamos en las «camisetas» de nuestros jugadores con gran habilidad.

También de la «parro» y de la «Keli Campo» y en tercer nivel del entierro de la sardina, de las fiestas de San Antonio, del Cuartel de la Montaña y de la Estación del Norte.