El tocata

La música me acompaña desde que tengo uso de razón. Mi padre hacía suyas las mañanas de los domingos, alzando el volumen de sus discos de música clásica en el Philips stereo, bien situado en un rincón del salón.

Entre sus amistades eran conocidos los guateques que celebraban con motivo de fin de año, en los que, el dinero recaudado a quienes perdían en el juego de la escoba, se lo gastaban al alba en la conocida churrería de San Ginés.

De pequeños nos compraron una maleta tocadiscos que compartíamos mi hermana Leonor y yo en nuestra habitación y que utilizábamos en los guatequillos que organizaba mi madre en casa cuando éramos todavía pequeños. Luego llegó el comediscos con el que disfrutabamos en el parque y en los edificios abandonados de la Feria del campo y, más tarde, el radiocassette que compramos en Melilla, con el que grabé mis primeras canciones de la radio.

A los dieciséis años mi padre me regaló «el tocata«. Ese que aún tengo dispuesto en el salón y que cuando éramos jóvenes inundó de sonido muchos de los guateques de la «parro». Lo complementé con un walkman, con radio que me trajeron los reyes años después, que conectado al tocata me permitía esuchar a todo volumen los fantásticos temas que descubría en la radio, mayoritariamente del Selección 15 de Antonio Fernández.

Luego llegó el compacdisc, el ordenador, el mp3, el móvil y las diferentes formas de escuchar música que disponemos en la actualidad.

Toda una experiencia musical que verteré poco a poco sin orden ni concierto, intentando asociar a cada tema las anécdotas que motivan su selección.