Trincheras en la «Huerta de la Sra. María»

Trincheras cerca de la "Huerta de la Señora María"

Artículo de Víctor Manuel Fernández Martín en Yo crecí en la Colonia del Manzanares.

Preciosa y dramática imagen (de origen desconocido datada en 1937 por Trankilo ) del Puente de los Franceses , aguas abajo del rio Manzanares, un lugar donde el propio rio y esas alambradas eran barrera defensiva del ataque nacionalista.

Ataque , que había prosperado aguas arriba, por una zona de viveros donde las fuerzas atacantes habían conseguido cruzar el cauce y construir lo que llamaron «pasarela del generalísimo» por el que llegaron hasta el Hospital Clínico creando una cuña que a punto estuvo de clavarse en el corazón de la ciudad.

Una amenaza constante hasta que el 28 de Marzo, la guerra perdida para la República, se desplomó el frente y en Madrid entraron las fuerzas nacionales. 

En la magnífica foto , con el fondo del Puente de los Franceses se aprecia una linea de trincheras situada en la margen izquierda situada aproximadamente a la altura y en la espalda de lo que fué un famoso restaurante anterior al conflicto cuyas ruinas conocí en mi infancia como la «Huerta de la Señora María» un lugar donde aún se mantenían en pie, cosidas por la metralla, las cuatro paredes maestras de la fachada y tras ellas un estanque donde me bañaba yo bajo la vigilancia de mi abuela , amiga de la señora María y el señor José, un matrimonio de origen baturro, fieles guardianes de aquellas ruinas donde mantenían el jardín y se criaban en su huerta unos increíbles tomares «morunos» de sabor inigualable. .

Volviendo a la fotografía, se aprecian varios combatientes uno de ellos con algún grado de oficial revisando las defensas. Creo con bastante precisión que esa posición estaba cubriendo un puente que resultó totalmente devastado con la batalla por tratarse de una estructura por la que podría haberse producido algún intento por sorpresa lanzado por las fuerza que ocupaban la Casa de Campo y el cerro Garabitas como posición artillera.

Yo tuve ocasión en mi niñez, mediados los años 40 de recorrer aquel paisaje donde aún se alzaban los alambres de espinos y donde, por detrás de donde estaban las Piscinas El Lago y la Florida, existía un terreno completamente lleno de cráteres de artillería, llamado «el campo el Ramoné» donde los jóvenes de la época buscaban refugio amoroso, aveces pagado y olvido de sus penurias…,

 

Vivir en el Barrio de la Bombilla

Avenida de Valladolid

Artículo de Victor Manuel Fernandez Martin en Madrid en Blanco y Negro

En Junio de 1988 sentí la necesidad de regresar al barrio donde había nacido , mi madre nos acababa de dejar en Abril de ese año y su recuerdo tan reciente me decían que aquella visita podría ser un bálsamo para la pena.

Acompañado de mi padre y mi hijo Víctor, autor de las fotos, volvimos a pisar el mismo patio al que el sol de Junio le quitaba oscuridad y el piso bajo donde me pasé berreando los primeros meses de vida , sumidos en la falta de luz natural y en la falta de luz eléctrica por las restricciones y los pocos watios de las bombillas, una paradoja en aquel barrio castizo de La Bombilla.

En la foto que publico en MADRID EN BLANCO Y NEGRO se puede apreciar lo que queda de aquellos tres portales 23, 25 y 27 de la antigua Carretera del Pardo (ahora Avda. de Valladolid).

Demolida la fachada del nº 25 por ruina de sus vigas de madera, se mantienen en pie las del número 27 donde nací y la del 23, donde unos meses después se trasladaron mis padres buscando más luz.
Regresar al lugar que abandonamos en 1960 y volver a recorrer patios, pasillos y escaleras, hasta fotografiarme en la entrada de aquel piso minúsculo que mantenía en su puerta una imagen ennegrecida del Corazón de Jesús (del que mi abuela era devota), era iniciar el regreso al pasado en el tren de la nostalgia.

Porque vivir en La Bombilla había sido para mí gozar una infancia feliz en la que los chicos del barrio, Paquito el de la Geno, Luisito el de la señora Flora, Julito el de la Eufemia, con el que me peleaba como enemigo de infancia y abrazaba como amigo, vivíamos una libertad absolutamente impensable para los niños de ahora.

Teníamos enfrente de nuestra casa las ruinas de un bombardeo, donde escarbando un poco podías encontrar cartuchos vacíos y balas de fusil sin disparar con cuya pólvora podías abrasar, dentro de un hoyo, la barriga de pobres lagartijas y algún lagarto , tan abundantes entonces.

Teníamos delante un ancho espacio donde en el tórrido verano, bien regado el piso de tierra ponía los veladores de su terraza “Casa Carrero”, la taberna de D. Nicasio Carrero, dueño y casero único de las tres casas del vecindario.

Al lado , más reducida la de la Asturiana , regentada por el “Bola”, un buen hombre al que en nuestras pillerías incordiábamos abriéndole la puerta en invierno y pies para qué os quiero…

A esa franja de tierra le sumábamos un poco más allá, junto a un portón metálico los adoquines de granito de la propia carretera hasta convertirla en inaudito campo de fútbol donde disputar mezclados con otros chicos algo más mayores interminables partidos que se interrumpían cuando alguien gritaba ¡coche!.

A finales de los 40 por allí solo circulaban los camiones de los talleres Eugenio Grasset trayendo vagones de Renfe para repararlos, algún destartalado autobús de la línea de Madrid, Aravaca, Pozuelo, el motorista del Pardo con su Zundapp, trayendo y llevando ceses y nombramientos y Francisco Franco con sus coches de escolta y la Policía Armada a caballo desplegada cubriendo la carrera, mosquetón en mano, atentos por si algo se movía en los viajes del dictador entre el Palacio del Pardo y el Palacio de Oriente.

Vivir en La Bombilla era ver pasar las caravanas de todo tipo de carromatos cargados de gente que cada 18 de Julio aniversario del Alzamiento Nacional y 25, dia de Santiago, tenían autorización para bañarse y hacer alguna paella de chirlas y cangrejos aguas abajo del Puente de los Franceses, en el rio Manzanares.

Era también el placer de ver pasar los domingos cientos de “sorchis” de todas las armas e innumerables “chachas”, a las que alguno de los chavales más atrevidos intentaban tocar el culo a riesgo de recibir un pescozón.

Todos ellos caminando desde la “estación de los tranvías” donde estaban las cocheras y terminaba la línea 9, hasta “Los Cipreses”, Bar Restaurante y Jardines del señor Federico, aquel baile en el que una tarde pude ver el primer cadáver de mi vida, un hombre en una silla, muy pálido y con el corte de una navaja que había llegado a su corazón, esperando sentado la llegada de la policía.

Y era por último, para no alargarme a infinito un privilegio que “el Boni”, compañero de mi padre en partidas de mús , dominó y “rana” me subiera gratis en su tranvía y me pusiera al mando de su regulador con sus manos guiando las mías, para ir aumentando puntos y velocidad hasta la parada de San Antonio de la Florida, donde tenía mi colegio, yo soñaba con viajes y él aplicaba los frenos, buen hombre con tu bigote y eterna sonrisa allá donde estés.

Todo aquello empezó a cambiar radicalmente para mí en 1952 cuando a los 11 años comencé con mis padres la “pequeña historia de una pequeña frutería” en la Avda. del General Carmona.

Pero esa es otra historia ya contada , aquel par de horas visitando rincones de infancia y de charla con los escasos vecinos que pudimos reconocer había sido para nosotros una terapia sanadora y un pequeño homenaje a la esposa, madre y abuela que me trajo a la vida en aquel lejano 5 de Abril de 1941.

El minucioso proceso de desbriznar el azafrán

Desbriznando azafrán en Villarquemado (Teruel)

Mis amigos turolenses nos han preparado la experiencia, por nosotros desconocida, de desbriznar el azafrán. María y José Luis dispusieron sobre su mesa un surtido de flores recién cogidas para proceder a la separación de los tres estigmas que contiene cada flor y que tanto nos deleitan. Me advierten que hay que cortarlos por donde comienzan a blanquear y que antiguamente también se separaban las lengüetas amarillas que los acompañan, que básicamente servían como colorante alimentario.

La labor exige concentración sobre todo porque hay que aprovechar cada flor y deben cortarse por el sitio adecuado para no desperdiciar este producto tan valioso.

Me cuentan que en los 15 o 20 días en los que se produce su floración hay que levantarse muy temprano para coger las flores mientras están cerradas, si no se pierde mucho tiempo y se perjudica el producto. Flor que no se coge, flor que se pierde. Como veis en la muestra, las flores se extienden para proceder a su desbriznado que, generalmente se realiza en grupo conversando en buena compañía. La muestra fue suficiente como para hacernos una idea de la laboriosidad del proceso y del porqué se trata de un producto económicamente costoso.

Ahora me queda lo mas difícil. Secar las hebras obtenidas, para poderlas cocinar en el próximo guisote. Según me dicen lo ideal es mantener el producto protegido durante un par de años, tiempo en el que obtendrá su mejor calidad. No se si mi impaciencia me lo permitirá. Dependerá del rape, chilindrón o arroz que lo demanden.