Alfonso Peña (1974-1976)

Equipo infantil. Arriba Luis Gil, Luis Javier, Alfonso Peña (entrenador) y Nicolás. Abajo: Miguel de Paúl, Jorge Roig, Constante y Juan Carlos.

Alfonso Peña (1974-1976)

Equipo infantil. Arriba Luis Gil, Luis Javier, Alfonso Peña (entrenador) y Nicolás. Abajo: Miguel de Paúl, Jorge?, Constante y Juan Carlos.
Equipo infantil. Arriba Luis Gil, Luis Javier, Alfonso Peña (entrenador) y Nicolás. Abajo: Miguel de Paúl, Jorge?, Constante y Juan Carlos.

Alfonso Peña nos entrenó en infantiles. En el equipo estábamos Miguel de Paúl, Luis Javier (compañeros de colegio que fallecieron hace años y a los que recuerdo con cariño), Constante, Luis Gil Mazón, Roig, Juan Carlos, Un buen equipo. Un año ganamos la liga de nuestro grupo. Miguel tenía un tiro fantástico, y el de Luis tampoco estaba mal. Constante y Luisja, no tenían mucha técnica, pero eran pivots fuertes e intimidadores. Roig y yo compartíamos el puesto de base.

Alfonso llegaba parsimonioso y sacaba los balones de la caseta. Dos, tres como mucho. Era lo que había. Con él aprendí a colocarme, a subir el balón, pasar y cortar, los primeros bocetos de jugada, las posiciones en defensa. Tenía mucha paciencia.

Si los entrenamientos eran como la “Play”, ver cómo entrenaban los mayores era la “tele” en 3D, pero sin gafas. Me encantaba quedarme un rato después de entrenar, a costa de pequeñas regañinas que recibía al llegar a casa. Sobretodo veía a mis mayores inmediatos, al equipo de Antonio “el rubio” que, implacable en su actitud, les ponía las pilas a Carlos Alburquerque, Alberto Blanco, Chema Rico, Pan, Mike, Dudu…

A los partidos, íbamos ya en el 75 y en metro, no recuerdo que nos levasen las familias. Eran nuestras primeras andanzas fuera del barrio.

Entonces el baloncesto se jugaba en dos tiempos de 20 minutos con diez de descanso. Los mayores paraban el tiempo durante todo el partido y a nosotros nos lo paraban sólo en los tiempos muertos y los tres minutos del final. En la mesa siempre había tanganas. El anotador llevaba el tiempo y su actuación podía ser determinante en los partidos mas reñidos. Por eso, solían esconder sus cronos bajo la mesa intentando disimular posibles errores, reales o fingidos.

A los trece años, participando en lo que ahora es un multijuego, me rompí las paletas. Mientras jugaba al fútbol, a la vez que tiraba al aro. Unos amigos me preguntaron algo. Estaba respondiéndoles y oí. ¡Nico! Vehementemente giré la cabeza para buscar la pelota y mis piños se estrellaron contra uno de los postes de las inútiles canastas blancas que flanqueaban la cancha y que nunca tuvieron red, aro, ni tablero. Me puse a buscar mis dientes como un desesperado y al coger aire por la boca, el frío, me hizo sentir un tremendo latigazo. Esa noche, mis padres habían invitado a cenar ¡a un dentista!

Los fines de semana me encantaba ver los partidos de los mayores. El carácter de Armando subiendo la pelota, dirigiendo al equipo, sus fogosas entradas, forman parte mi épica infantil (creo que por él y, por mi estatura, me hice base). La posición de Laurín, escorado en la banda dispuesto a recibir para tirar. La contrastada pareja Federico y Miguel, el gigantesco Felipe, Fragoso (que no jugaba mucho pero iba a mi cole), Fernando el pelirojo, Antonio “el rubio”, que me gustaba más como entrenador que como jugador, Manolo (que no Nacho), Romero, Humanes, Peñalba, que en los calentamientos nos ponía el pulgar en su nariz haciendo un abanico burlón con los dedos mientras entraba a canasta. Es curioso pero en mi cabeza se suceden imágenes individualizadas de todos ellos, que tan solo se organizan cronológicamente delante de las fotografías de los equipos en los que participaban. Era un baloncesto muy organizado. Los pivots sacaban de fondo. Los bases subían la pelota, los aleros se la chupaban y los pivots intentaban coger al rebote para jugársela o volver a empezar, rara vez, porque llevan el ADN de los aleros, versión frustrada.

En la banda, olímpicos de distintas tribus animábamos con cánticos, el “Ole, ole, ole, oh, ole Olimpico, ole Olímpico, ole, ole ole, oh, ole Olimpico es el mejor” (es campeón en la segunda estrofa), o la entonación en crescendo, tanto en tono como en rítmo, del “Ooo-liiím-piii-co, oolíímpiico, Olímpico”, acompasado por el sonido de las palmas, hasta que ya no podíamos ir más rápido y rompíamos en aplausos.

Rafa Morán

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Rafa Morán (1973-1974)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.
El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Ya con once años, Luis Nadal, amigo y compañero de cole, juegos y ruta, me contó que él estaba en un equipo de baloncesto del barrio y me invitó a probar. No lo dudé ni un momento, le dije que sí. Quedamos con su entrenador un sábado por la mañana. Llovía como no os podéis imaginar. Con la nariz pegada a los cristales del salón de mi casa, pidiéndo al cielo que escampase, mi madre me advertía ¡Cómo vas a bajar con el día que hace! Mi ilusión era implacable.

Con el chandal azul claro del «frayluis» y el chubasquero de rigor me fui dubitativo al parque. Luis y yo quedamos en los “tunelllos” de enfrente de mi casa. A su cita llegó un gigantón desgarbado con ropa deportiva y una pelota de baloncesto. Rafa Morán. Luis nos presentó y se piró porque sus padres le esperaban.

Estaba nervioso con la prueba. Escuché un ligero, ¿vamos? y tuve que apresurarme para seguir el ritmo de sus largas piernas. Llegamos a la cancha del parque para interpretar nuestra peculiar danza bajo la lluvia.

¿Has jugado alguna vez? En el cole. Veamos que sabes hacer. Bota la pelota. Ahora con la otra mano. Tira a canasta. ¿Sabes entrar? ¿Qué es entrar? Corre hacia la canasta y cuando estés cerca coges el balón, das dos pasos y tiras. ¡Ah! creo que si. Bueno, mas o menos. ¿Sabes hacerlo por la izquierda?. No. ¿Quieres aprender? Claro. Volvimos empapados. Mamá, papá, ¡voy a jugar a baloncesto! ¡voy a jugar en el Olímpico 64!

De ese primer equipo solo recuerdo a Luis Nadal , Luis Alburquerque y Oscar el “rata” que eran los otros bases con los que me jugaba el puesto. Luis era mi compañero y mi competidor directo. Aunque botaba francamente bien, no lo hacía, ni de lejos, como su hermano Carlos (de quién recuerdo un memorable partido que hizo ante el Real Madrid unos años más tarde).

No se me daba mal. Botaba la pelota con la derecha, casi llegaba a la línea de fondo y lanzaba la pelota a modo de gancho. A veces un tiro, a veces un pase. ¡Tomaaaaa!. Algún gracioso dirá que seguí haciéndolo de mayor, seguramente algún pivot cuadriculado incapaz de seguir la armonía de la intuición.

Era disciplinado, bastante tímido y deseoso de aprender. Gustaba soplarme el flequillo que me caía por los ojos a todas horas, sobre todo mientras jugaba. Pablete se reía de mi, hasta que resolvimos la cuestión en un forcejeo, detrás de la canasta próxima a la caseta.

Rafa Martín (1972)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Rafa Martín (1972)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.
El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

No se como llegué. De pronto, estaba en un equipo. No recuerdo el nombre. Rafa Martín nos entrenaba.

Participábamos en el torneo de minibasket que se jugaba en mi segunda casa. Entre mis compañeros, Octavio y Ontiveros, mayores que yo.

Antes del torneo cogí la rubeola. No iba al cole, no me dejaban bajar y, lo peor, no podía entrenar. Me pasaba el tiempo pegado a mis hermanas para ver si les contagiaba y evitaban así, el ser vacunadas. No hubo suerte. Protestaba todo el día y, de alguna manera, invocaba a quien pudiera interceder en mi sanación. Ansiaba jugar mi primer partido con árbitros. Mi primer partido de verdad. ¡La primera vez que me pondría una camiseta de baloncesto!

¡Más te vale!, amenazó mi mente al cuerpo, y me recuperé justo a tiempo. Quedamos novenos. En el cine San Pol nos dieron los premios. Un boli. Mi primer trofeo. Antes del verano, Tote, uno de mi cole, lo hizo añicos. Desde entonces le apodé “rompeparker”, lo que nos trajo más de una pelea infantil.