Dinópolis (Teruel)

Basta un pequeño comentario para que «el pequeño Nicolás» arda en deseos. Dinopoliiisssss!!!

No somos amigos de los parques temáticos.Nunca hemos ido a un parque temático. La sola idea de lo visto en la caja tonta me hace temblar. Dado que es en Teruel, la visita una especie de ayuda al desarrollo. De otra forma el precio de las entradas, la imposibilidad de hacer fotos y la prohibición de introducir alimentos y bebidas al recinto me hubiera hecho desistir. En fin todo sea por las criaturillas.

Diez de la mañana. Al llegar al recinto la primera en la frente. Para visitantes futuros: hay que sacar las entradas por internet. Evitaréis el madrugón o una cola en torno a los treinta minutos.Menos mal que la imaginación vino a socorrernos. Beltrisaurio, Niki Rex, Mamaciraptor y Papatauro esperaban ansiosos ver a sus antepasados. Casi cien euros del ala por dos personas adultas y dos niños nos evidencian que Teruel existe.

En la antesala se respira el ambiente. ¿Cual es el Dino con la cola más larga? Dinópolis. Entramos a las 11:20 y no paramos de hacer colas hasta las 19:00 cuando entramos en el último espectáculo. De aproximadamente media hora en cada estación y con intentos recurrentes en algunas de ellas. No obstante todo ello la visita está francamente bien. Muy original en cuanto a la concepción del parque. Diverso en cuanto al tratamiento de las edades e intereses. Escaso en cuanto a estrategias para optimizar la visita.

Iniciamos la visita en la cola más corta. El Cine 3 D, una sesión sobre un bebé de T-Rex albino que es adpotado por Dinos herbivoros. Si habéis visto la saga «En busca del valle encantado…» (la de piecitos y compañía) y algo de 3D la peli no os aportará nada nuevo. A Nicolás le ha encantado. Es su primer tropiezo con esa tecnología y le ha impactado. El sourround y los afilados dientes de los dinosaurios que amenazaban con devorarle le hacían estremecer. No podía creer lo que veía. En ocasiones se quitaba las gafas para comprobar lo borroso que se veía la pantalla plana a la que está acostumbrado. En otras lanzaba la mano intentando tocar flores e insectos que parecían a su alcance. Otras se acurrucaba intentando evitar la proximidad de los dinosaurios.

A la salida del 3D otra cola (no insisto más a cola por sala). Tras la espera te adentran en una sala en la que te muestran una presentación del «Territorio Dinópolis». Puro marketing comercial en el que te informan de la ubicación y características de las siete sedes dispersas por la provincia de Teruel,y de algunos aspectos relacionados con la infraestructura. Particularmente creo que es una pérdida de tiempo, aburre hasta a las mascotas y es incómoda ya que se visualiza de pié.

A continuación el ansiado «Tunel del tiempo». A pesar de que bromeábamos con Nik recordando la experiencia de los túneles de la ruta verde del verano de 2012, este no estaba muy convencido de su entrada en el recinto (traumatizado por el cine 3D). Tras algunos pucheros, después de levantarle el ánimo y gracias al apoyo de la persona que daba entrada a las vagonetas entramos en un vagón sobre railes que en zig zag se iba desplazando en el tiempo desde el big bag hasta la desaparición de los dinosaurios. La secuencia está bien desarrollada aunque tarde en afinar mi oido para escuchar la locución. La atracción es mejorable, sobre todo cuando has visto lo demás. Nik iba con la cara tapada, aunque su curiosidad le hacía ir entreabriendo los deditos para maravillarse de las figuras animadas que iban apareciendo.

El recorrido finaliza en una sala diversa en la que se entremezclan juegos de ordenador, un mostador para pintar tu dinosaurio preferido, unos monitores que pintan la cara a la chiquillería más atrevida, un panel de los que sacas la cara por un agujero para que te hagn la foto de recuerdo y un espléndido croma por el que pagas para hacerte una fotografía a punto de ser devorado por un dinosaurio descomunal. Me encanta ver las poses y caras de la gente intentando expresar su sorpresa ante un potencial glotón de proporciones desmesuradas.

Después de unos minutos de espera visitamos el Museo Paleontológico. Una maravilla. La visita se hace entre originales y reproducciones. Personalmente me hizo reflexionar sobre el dilema museográfico en un mundo tecnológico. ¿Es necesario el original? ¿vale con la copia? Lo cierto es que la visita permite apreciar la magnitud de los ejemplares, sus características morfológicas, etc.

Aprovechamos para salir al aire libre para disfrutar de la Paleosenda, un complejo lúdico para mayores de 9 años (pura teoría) en el que un laberinto parcialmente cubierto y con forma de amonites (lo que me costó descubrirlo) da acceso a una estructura de madera con cuerdas que les permite enfentarse a los retos que proporciona. También cuenta con una zona de excavación en el que se puede contribuir a desenterrar los huesos de un dinosaurio semienterrado, unos huevos de dinosaurio en los que hicimos las correspondientes fotos y una zona de lavado de materiales eque inexplicablemente atraía al público infantil ya fuera por el cubo con el que cogían agua para ser vertida para recorrer un pequeño itinerario con trampillas y tapones, ya por una zona de espejos en el que las personas más presumidos eran remojadas por quienes accionando un botón acababan mofandose de su demostrada vanidad.  En un peqeño chiringuito comimos un esquisito bocata de jamón de Teruel que nos dió fuerzas para continuar.

La aventura del 4D es muy original y está muy conseguida. Nos gustó mucho porque te hace vivir la película que estás viendo. Realmente es una nueva dimensión.

El último minuto

Obra de teatro.

Tiranosaurio Rex.

Castillo de Peracense (Teruel)

Llevamos yendo a Teruel más de diez años y nadie nos había informado de su existencia. Desde Villarquemado apenas tardamos tres cuartos de hora en llegar. Como siempre sin tráfico. Que maravilllosa es la provincia para quienes salimos de la urbe.

Llegamos a Peracense. Enseguida una señal nos indica el camino hacia el castillo. Se encuentra en una situación maravillosa con unas vistas espléndidas del Valle del Jiloca. En la serpenteante subida rápidamente identificamos el rodeno, un tipo de roca formada por limos y arcillas ricas en hierro y magnesio, sobre la que se asienta y convive el castillo.

El castillo magestuoso. Fantásticamente rehabilitado nos traslada de lleno a la edad media. Cuán terrorífica época. Este sitio debió de jugar un papel estratégico por su situación entre las tierras de Aragón y de Castilla. En la entrada un taquillero nos vende las entradas a tres euros, los merecen. Al comenzar la visita vimos cómo una familia con sus hijos jugaban a tirarse bolas de nieve. La que una semana antes bendicieron los habitantes del lugar porque, según decían, les salvaba la cosecha.

Tres recintos en torno al punto más elevado del terreno. En el tercero y más amplio nos llama la atención un bonito azud, la contemplación de las caprichosas figuras talladas en el rodeno y los vericuetos del perímetro conformado por la roca natural y el artesanado humano. Nuestra imaginación, que intentaba imaginar la vida de los medievales en este lugar, se quedaba muy corta en calibrar la dureza cotidiana de quienes lo habitaran en aquellos tiempos.

Visitamos las habitaciones. Que frío debían de pasar, ¿Cerraban las ventanas? ¿Y los prisioneros? Parece que agua no les faltaba. La cocina pequeña. No debían de ser muchos los que aquí se refugiaran. Lamentablemente las habitaciones del museo no disponían de luz.  No nos enteramos de nada de la vida y misterios de las gentes del castillo.

Estuvimos casi dos horas subiendo y bajando escaleras y contemplando el paisaje. El Jiloca, la Sierra Palomera, el pequeño Peracense. Desde hacía tiempo teníamos la sensación de estar solos. Nos lo confirmó el taquillero a la despedida. Su semblante se había simpatizado, probablemente porque se aproximaba la hora de cerrar. El merchandising se agota. Sólo tienen libretas y abanicos con la imagen del castillo. Optamos por las primeras,;siempre hay notas que apuntar. Lo del abanico en estas altitudes debe de ser una broma del lugar.

Atardecía y queríamos una foto del conjunto. Para conseguir un buen encuadre me interné por una colina de rodeno. Es curioso parece dispuesto en lascas. Al fin lo consigo. Cuando regreso, no están Belén;ni el coche. ¿Se los habrán llevado los que venían en el coche que escuche que pasaba mientras buscaba mi objetivo? Espero dos, tres, cuatro minutos mientras crece mi impaciencia. Al final aparece en el horizonte. Para dar la vuelta al coche tuvo que recorrer unos kilómetros hacia Ródenas.

Desde Peracense miramos la vuelta atrás. El castillo mimetizado en el rodeno. Merece la pena visitarlo.<

Dejo un vínculo con una visita virtual: http://www.peracensemedieval.com

Londres 2013

Por fin. Muchos años deseándolo. Ya se hizo realidad. Hemos estado allí. Desde el avión no hemos podido ver nada. Tampoco en el tren que nos llevó al centro. Niebla y noche temprana se encargaron de decorar mis primeras impresiones. Imágenes de la reina decorando los pasillos del aeropuerto de Gatwick. Aromas de sociodiversidad: blancos, negros, marrones, británicos, hindúes, japoneses. En el Metro, periódico gratuito del «tube» una noticia que lo ilustra. La mayoría de la población de Londres no es británica. Se siente.

Nos alojamos en el Hostel 639, en Kensal Green. al noroeste de la ciudad. Muy barato, limpio y con acceso a cocina. Un poco caótico cubrió nuestro objetivo.

Tres días muy intensos que Belén había estudiado minuciosamente. Muchas cosas y poco tiempo. La próxima nos detendremos en cosas específicas. De momento grandes impactos.

El primer día lo iniciamos en el Palacio de Westminster, Patrimonio Mundial. Me gusta el edificio, su reflejo en el río, la torre que alberga el Big Ben, la idea de que el edificio no sea religioso ni de la reina. Me disgusta compartirlo con tanta gente a la vez. Me sorprende que el puente resista tanto peso y que finalmente tomemos alguna fotografía decente.

Allí tomamos un ferry para navegar por el magnífico Támesis que nos permitió un recorrido rápido por la ciudad, nos facilitó unos bonitos paisajes londinenses (el puente de Londres, la City, etc.) y nos llevó a uno de los sitios que como geógrafo estaba obligado a visitar: Maritime Greenwich. Siete libras por la visita del Real Observatorio dónde hacerte una foto en la linea que marca el meridiano. Doce por el Cutty Sark, no, no te lo bebes, lo visitas por dentro (la entrada mixta te ahorra dos libras), las visitas del Museo Marítimo Nacional y de la Casa de la Reina son gratuitas. También el reposo en el magnífico Greenwich Park, las estupendas vistas desde el Observatorio y la foto en la prolongación del meridiano. Recomendable el Greenwich Market. Coqueto. Antigüedades, segunda mano, artesanía, comida rápida. Me sorprendió ver a un nota en bicicleta con una camiseta del Kas, equipo ciclista en el que corrió mi primo Nemesio (junto a Perurena, Fuentes, López Carril, Lasa, Aja, Galdos, etc.) en los años 70.

El regreso lo hicimos en la primera fila de la planta superior del típico bus, curioso. Nos sorprende una fotografía inmensa del F.C. Barcelona anunciando Qatar Foundation. Nos bajamos en el puente de Waterloo, paseamos hasta Trafalgar Square. Tomamos the Mall y disfrutamos de una pequeña siesta al sol en los bancos de St. James’s Park, envidiados por una pareja de españolitas que susurraron «Me gustaría hacer lo que están haciendo estos dos». Cisnes, patos, pelícanos y otras aves hacían las delicias de cuantos los admirábamos. Llegamos al final del parque, pasamos bajo el Arco de la Victoria, saludamos a los guardias del Buckinham Palace y nos adentramos por Green Park hasta llegar a la entrada de Hyde Park. Grandes parques planos con árboles inmensos. Mucha gente paseando a pie o en bicicleta. Allí cogimos otro bus hasta Picadilly Circus. Vimos la plaza y caminamos hasta Soho square. Desde allí alcanzamos Oxford street (Zara) que recorrimos de este a oeste en el visor de otro autobús rojo. Compramos en una tienda árabe en Edward Road y regresamos al hostel.

Al día siguiente Camden Town. Magnífico. Miles de tiendas y puestos. Toda la comida fast food del mundo en apenas un palmo. Paella y pulpo gallego. Nos gustaron Camden market, Camden Lock Village, Stables market (gracias por sus baños gratuitos). Compramos unas gafas de sol y vimos algunas tiendas bastante originales. Un tipo que te enseñaba a ser DJ por 15 libras/hora, otro que vendía camisetas que se iluminaban al ritmo de la música, una tienda de ropa psicodélica (naranjas, verdes y azules fosforitos con aires venusianos), varias tiendas vintage (segunda mano en 3D, etc.). Nos decidimos por comida hindú. Tras un merecido descanso tomamos el camino que corre paralelo a Regent’s Canal, por el que transitan los waterbus que desplazan a los turistas por el agua y las casas flotantes acicaladas por propietarios que aprovechaban los rayos solares del veranillo del membrillo. Pasamos el Zoo y nos adentramos en Regent’s Park dónde tomamos el sol sin camiseta y disfrutamos del arrullo de una pequeña cascada. Tras el descanso paseamos por Queen Mary`s Garden (la rosaleda londinense). A la salida visitamos el Museo de Sherlock Holmes. Desde allí tomamos el metro en Baker Street. Nos dirigimos a Victoria Station, un poco desmejorada por las obras de una nueva estación autobuses que parece que respetarán al Victoria Palace Theatre, para, desde allí, acercarnos, a Hyde Park. El solecito se ocultó tras las nubes y el paseo fue menos lustroso que lo que esperábamos. A pesar de que algunos edificios estropean con su altura la visión desde su interior el parque es espectacular. Espléndidas explanadas verdes, árboles espectaculares, buena distribución de los espacios para peatones y ciclistas. Bellas láminas de agua, anecdótico el Memorial Fountain Princess Diana y discreto Kensigton Palace. El cansancio hacía mella y retornamos.

El último día, sábado, quisimos visitar el mítico Covent Garden. Llegamos a Oxford Circus para bajar a Picadilly por una Regent Street invadida por los peatones gracias al despliegue publicitario protagonizado por la NFL (liga de fútbol americano). Miles de personas esperando cola en las diversas atracciones para todos los públicos. Nos cobijamos en Carnaby Street para desde allí llegar a Picadilly Circus, Lencester square y desde allí a nuestro destino. Poco a poco íbamos sintiendo sentimos lo grande que es la ciudad. Creo que esa mañana se concentraron allí los ocho millones de londinenses. Un gran centro comercial con numerosas actuaciones callejeras rodeado de pequeños mercaditos (Ancient market). Mucha, mucha gente. Imposible disfrutarlo. Decidimos salir de allí y volver a Covent garden. Tomamos un lunch, compramos algunos recuerdos para la familia y decidimos volver al hostel para echarnos la siesta. Al caer la noche (seis y media de la tarde) bajamos nuevamente al Parlamento para disfrutar de las vistas nocturnas del Palacio de Westminster, la Abadía, el Big Ben y los iluminados London eye y el County Hall. De regreso no pudimos evitar un fish and chips y una pinta en el The Mason Arms donde un puñado de británicos disfrutaban de la victoria del Atlético de Madrid frente al Real Madrid.

De madrugada cogimos un bus que nos llevó a otro que finalmente nos condujo al aeropuerto de Luton desde dónde regresamos a Madrid.

Antonio Fernandez. You are my lucky star

Antonio Fernández. Jugador y entrenador del Olímpico 64.

No puedo decir que fuéramos amigos. El era mayor que yo y no compartíamos generación.

Nos tropezamos en el Olímpico 64. En mis épocas de infantil y cadete entrenaba una o dos categorías por encima de la mía. En su equipo estaban Alberto, Chema Rico, Carlos Alburquerque, Dudu, Pan, Mike, Luis Ja y otros más. En el parque los contemplaba desde la banda cuando, después de acabar mis entrenamientos, comenzaban los suyos ya echada la noche. Más de una regañina me llevé por llegar tarde a casa por quedarme a verlos.

Después de unos años, rondaría yo los dieciocho, conformó el mejor equipo de baloncesto del que he formado parte. En aquella época no me enteraba de muchas cosas, pero mis intuiciones me dicen que no debió de hacer muchos amigos cuando eligió sus jugadores pues creo que «caducó» a muchos clásicos del club.

Tuve la suerte de ser el «puto junior» que no quita ficha a uno de la categoría. Muchas ganas de aprender, derroche de esfuerzo y ganas de reconocimiento por mi parte. Gran exigencia, disciplina y un poco de mano izquierda por la suya. En lo individual me ayudó mucho a superarme, no tanto técnica sino físicamente, y a disciplinarme en un momento convulso de mi vida.

Nunca he sentido más remordimiento por faltar a un entrenamiento que con él como entrenador. En más de una ocasión después de un fuerte dilema entre juerga o «entreno» (¿recuerdas Almudena?), decidía salir corriendo a entrenar para evitar posibles sanciones que, en forma de chupar banquillo, traducía. Me conocía bien. Sabía perfectamente el lugar que ocupaba el baloncesto en mi escala de valores, muy alta en aquel entonces. Sabía perfectamente que podía condicionarme si faltaba a la disciplina que marcaba y yo lo aceptaba con la ilusión de jugar mis minutos cada domingo.

Durante esos años creó un grupo ambicioso y formidable. El decía que la suerte no viene por si sola, la suerte hay que buscarla. Recuerdo las camisetas negras de la película Alien («You’re my lucky star) que nos uniformaban junto al chandal Le coq sportif de nuestros patrocinadores «Calzados Belenin», sus pre temporadas corriendo como caballos por la Casa de Campo, sus interminables ruedas de cuatro calles, los infinitos contrataques, sus tácticas simples pero eficaces (Nico cuando haya un rebote vas corriendo a los pivots les quitas el balón, das un bote mientras buscas a Edu con la mirada y le pasas rápido la pelota), sus permisos especiales (Felipe ¡ya has hecho tu tiro! no tires mas desde fuera de la zona). Agotador pero eficiente. ¡Cómo me gustaba ganar! ¡Cómo cuesta ganar!

Jugábamos en Tercera División y por lo que recuerdo en las dos ocasiones quedamos primeros. En una de ellas ganamos todos los partidos menos uno que empatamos (en aquel entonces tampoco había triples). No sabría decir cuál fue el secreto del éxito pero disfrutamos, al menos yo, como enanos y logramos ascender el equipo a Segunda división.

En el barrio éramos conocidos. No sólo por el basket sino por las fiestas que organizábamos. Fuera de aquí también. En algunos pubs (Rebote, Fox) ponían nuestros partidos grabados en vídeo. Vídeos que disfrutábamos con una cerveza en la mano y, como no podía ser de otra forma, escuchando buena música.

Mi padre me descubrió la clásica. Alberto Blanco, en la parro, a Stevie Wonder. Él en su casa, después de los entrenamientos, a Earth, Wind and Fire y a muchos artistas y canciones que después se convertían en éxitos (recuerdo especialmente cuando me auguró el de Tainted love de Soft Cell que no me gustaba especialmente). Escuchaba sus programas de radio, en los que aprendí a seguir la pista de determinados productores, instrumentistas o cantantes. Impulsó mi afición a los vinilos que inicié en la Tony Martin. Me regaló una entrada para ir a ver a Bob Marley en uno de los conciertos de Old Chap que se anuló por los destrozos que se produjeron en uno anterior a causa de la embriaguez de Lou Reed. Me llamaba the Knack cuando triunfó el My Sharona. También recuerdo especialmente el «trío» que nos marcamos junto a Buby en un hotel de Benidorm (mal pensadores) después de ver una actuación de Eddy Grant ante cerca de quinientos ancianos en su famoso festival.

Hace más de veinte años que no le veía aunque le seguía escuchando en www.radiowapa.com. El último saludo nos lo enviamos a través de su sobrino Napoleón a quién conocí en una pachanga en las canastas del río próximas a los Austrias. Mi amigo Javier me dió la noticia de la muerte de «el rubio» y ayer no dejé de pensar en él mientras los veteranos del Olímpico jugábamos el partido de los martes.

Un fuerte abrazo Antonio y gracias, muchas gracias.

El regreso

Equipo veteranos en el 45 aniversario del Olímpico 64

Desde hace más de 15 años sostengo que mi gran crisis existencial no han sido los 50, ni los 40, sino los 30. A mi regreso de Córdoba, en 1993, intenté volver a jugar en el senior del Olímpico que seguía dirigiendo el sempiterno Toñin. Supongo que por cariño me admitió en la pretemporada.

Mis 95 kilos ponían en evidencia una lentitud que no era capaz de compensar con experiencia (No, no nos equivoquemos, hay un punto en el, por desgracia, no son compensables). El sobrepeso se hacía sentir como dolorosas tendinitis en unas rodillas a las que intentaba engañar confiando en que el ejercicio físico me pondría en forma. (No no nos engañemos, la clave está en reducir la ingesta de calorías). El despeque de otros chavales jóvenes, con gran desparpajo y habilidad, que eran mucho mejores que yo, entre ellos Dani-Danilovich, me ponían en evidencia.

El equipo Old Star, de azul. Arriba: Toñin, ¿?, ¿?, Luis, Jorge, Nacho, Pedro, Nacho, Dani, Diego, Juan, Nicolás, ¿?, Carlos y Dani. Abajo: Paco que se cree más jóven.
El equipo Old Star, de azul. Arriba: Toñin, ¿?, ¿?, Luis, Jorge, Nacho, Pedro, Nacho, Dani, Diego, Juan, Nicolás, ¿?, Carlos y Dani. Abajo: Paco que se cree más jóven.

Toñin no tuvo ni que decírmelo. Al cuarto o quinto entrenamiento ya no podía más y abandoné. Quedé relegado al cementerio de los elefantes, jugando en la Dehesa de la Villa y en el Triángulo de Oro, con quienes compartí equipo en otros tiempos Alberto Blanco, Javier Amo, Paco de la Torre. Incluso jugábamos en la líga municipal que arbitré tiempo atrás. Tenía tanto peso, mi cuerpo estaba tan orondo y éramos tan bajitos que jugaba de pivot.

Pasó mucho tiempo. Tardé diez años en quitarme el sobrepeso. Me quedé en 72 kilos y recuperé parte de mi forma física. Me reencontré con el baloncesto en una liga de las Rozas. Coincidiendo con el 40 aniversario volví a contactar con los Olímpicos.

Aunque nunca volvió a ser lo que fue, me sentí mejor de lo que era.

Desde entonces con algún altibajo, sigo participando del rito que supone enfundarme una camiseta todas las semanas. Cada martes me descuelgo del mundo paralelo en el que me ha tocado vivir para saltar a la cancha.

Algo deteriorados por el tiempo, cada cual mantiene sus peculiaridades y su estilo.

Arriba: Carlos, Dani, Pachi, Pedro, Dani, Joseli, Nicolás, Luis y Francis. Abajo: Paco, Rafa, Ángel, Alejandro y ¿?
Arriba: Carlos, Dani, Pachi, Pedro, Dani, Joseli, Nicolás, Luis y Francis. Abajo: Paco, Rafa, Ángel, Alejandro y ¿?

Pedro, tan largo como siempre, sigue subiendo al tiro libre para postear, recibir y tirar a canasta. Continua girando su cuerpo alternativamente cuando coge un rebote en defensa para que no se lo quiten. Bubi, el que juega a eterno despistado, sigue colocando sus codos de manera perfecta para proteger el balón mientras pivota o entra a canasta, y lanza sus tiritos a media distancia que si, finalmente, entran. Javier Amo, renqueante en lo defensivo y certero en el lanzamiento desde larga distancia. Le llegó tarde el 6,25. Paco de la Torre, driblador donde los haya, puro ímpetu al encarar la canasta, aprovecha sus oportunidades para chufar en las proximidades de la zona. Alberto Blanco, el cerebro, el gran pasador y descubridor de espacios vacíos, aquel al que todo defensor ha de mirar a los ojos para no llegar tarde o sufrir una puerta atrás. Te echo de menos “monstruo”.

Carlos Montero, el pequeño de los mayores y el mayor de los pequeños. Ser intergeneracional. Pivot moderno. Botador, buen tirador y hábil en la colocación. Poco fajador.

Torneo de San Antonio. Nicolás, Pedro, Ángel, Luis, Jorge, Jaime, Rafa, Paco de la Torre, Alejandro, Dani, Carlos y Joseli.
Torneo de San Antonio.
Nicolás, Pedro, Ángel, Luis, Jorge, Jaime, Rafa, Paco de la Torre, Alejandro, Dani, Carlos y Joseli.

Dani, la elegancia del baloncesto, inteligente. Armonía y estilo, nacido para tri-tri-tri-triplear. Ángel, correcaminos de gran zancada, entrada desgarbada y gran eficacia. Juan, hoy ausente, asesino en el tiro e incordio defensivo. José, dubitativo en sus entradas y renqueante en su defensa, tira sus triples con el descaro del que no teme fallar. Moises algo blandón pero con buena intención. Ahora desaparecido. Rafa, mi primer entrenador, duro como el granito, peleón donde los haya, se permite lanzar algún tiro de vez en cuando para intimidar al rival. Nacho “Manolo”, grande como el solo, siempre presto a meter un triple de más de 6,25 y a entrar en la zona lanzando la bola al tablero con efecto con la certeza de que sabrá llegar a su destino. Dulsé, el tanque de la cancha, aparentemente lento pero con una gran habilidad para salir en contrataque y encarar la canasta, buen lanzador. Diego, polivalencia en la cancha. Le falta el “pantumeque” para ser como Mingus, aunque con su estilo peculiar. Fajador, y corredor, puro terreno urbano como su coche. Alex, raza, fuerza y competitividad. Habilidoso en el rebote, estilo peculiar en el triple pero efectivo. Chema, disciplinado, hábil de movimientos y buen tirador. Joseli, la sincronía. Colocación, oportunidad y técnica para jugar en la pintura. Jorge y Jaime. Torres no gemelas. Cada uno en su estilo. Grácil y cuadriculado el primero, más atrevido el segundo. Salva, el trotamundos. Empecinado, fuerte y vigoroso. Charli, tosco, fuerte, valiente y osado como para pelearse con todos. Francis, hoy lesionado, llegó tarde al baloncesto pero con ganas y constancia. Chelu y Esropa, fuertes y empecinados los dos. Seguro que faltan muchos, algunos porque se fueron.

Mis amigos del Basket.

Olímpico 64 – Old star. Blancos o negros. Ganamos seguro.

Antonio de la Serna 1988-1990 (26 y 27 años)

Equipo Senior del Olímpico 64. Desde la izquierda: ¿? (delegado), Nicolás, Roberto, José, ¿?, Luis, Carlos, ¿?, ¿?, Guillermo, Juan Figueroa y Toñin
Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Dani, Juan, Nicolás, Guillermo, Miguel, ¿?, Agustín y Dulsé. Abajo: José, ¿Morti?, Carlos y Toñin.
Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Dani, Juan, Nicolás, Guillermo, Miguel, ¿?, Agustín y Dulsé. Abajo: José, ¿Morti?, Carlos y Toñin.

La siguiente temporada, la base del equipo continuó siendo la misma, con la excepción de Carlos Blitz y Héctor Perotas que lo dejaron. Se incorporaron el “Morti” y algún otro que no recuerdo muy bien.

Al principio de la temporada empecé a entrenar a los cadetes de oro pero, antes de Navidad lo tuve que dejar porque conseguí mi primer curro. Ante esa oportunidad y dada mi situación familiar tuve que dejarlo, muy a mi pesar.

Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba Dani, ¿?, ¿?, Vicente, Dulse, ¿?, Carlos, Toñin, ¿?, Nicolás, Nacho, ¿?, José y Roberto.
Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba Dani, ¿?, ¿?, Vicente, Dulse, ¿?, Carlos, Toñin, ¿?, Nicolás, Nacho, ¿?, José y Roberto.

En noviembre de 1989, me concedieron una beca y me fui a vivir a Córdoba, dónde entrené unos cuantos meses con el Caja Sur, invitado por Rafa, un amigo geógrafo, que jugaba allí. Cómo volvía los fines de semana a Madrid por mis compromisos familiares no tenía posibilidades de jugar. La falta de la zanahoria de los partidos, hizo que mi interés fuera declinando hasta que dejé de entrenar.

Equipo Senior del Olímpico 64. Desde la izquierda: ¿? (delegado), ¿?, ¿?, Luis, ¿?, Carlos, ¿? y Toñin. Abajo: Roberto, guillermo, Nicolás, Juan Figueroa y Jose.
Equipo Senior del Olímpico 64. Desde la izquierda: ¿? (delegado), ¿?, ¿?, Luis, ¿?, Carlos, ¿? y Toñin. Abajo: Roberto, guillermo, Nicolás, Juan Figueroa y Jose.

Mi traslado supuso dejar el Olímpico, no sin antes protagonizar una derrota que Roberto tiene grabada entre ceja y ceja, porque le “desasistí” jugándome la bola decisiva cuando faltaban cuatro segundos. Razones tendría.

Alfredo Calleja-Antonio de la Serna 1987-88 (Senior 25 años).

Atlético de Madrid de baloncesto. Temporada 1987-1988.

Con Toñín al frente volvimos a segunda división y el Olímpico se fusionó, transfirió, cedió, o lo que sea, los derechos de la categoría al Atlético de Madrid, en su intento por subir a Primera B desde abajo.

Del Olímpico 64 solamente quedamos tres: Vicente Zaragoza, Carlos Montero y yo. El resto, oriundos venidos de diferentes equipos: Héctor Perotas, que había jugado en el Estudiantes, y Agustín venían del Bancobao, Carlos Blitz, junior del Madrid, del Estudio, José del Caja de Álava, Guillermo del Kónica Las Rozas y Miguel, no se de dónde.

Nos dirigía Calleja quién, al parecer, había sido entrenador del junior del Madrid. Un hombre chiquito y escurrido que fumaba tanto o más que Toñin. Algo más macarrilla y menos gracioso.

Atlético de Madrid de baloncesto

Durante los primeros meses se barruntaba que harían un contrato. A mi me daba igual porque lo que me interesaba era jugar. A quién no le dio lo mismo fue a Juan María Prada, ex del Madrid, con el que Gil y Gil flirteaba para que jugase con nosotros. Todos los viernes acudía a la cancha de los Sagrados Corazones, donde entrenábamos cuatro días a la semana. Preguntaba a Alfredo Calleja si habían llevado su contrato. Este le decía que no, y aquel se largaba por donde había venido, con esa parsimonia que caracteriza a los longilíneos.

Revista Basket Madrid. Octubre. 1987. Clasificación Interautonómica. Temporada 1987-1988.
Clasificación 1ª Interautonómica 1987-1988

A Héctor Perotas también le afectó lo de no hacer contrato, pero como le gustaba jugar, decidió que sólo iría los viernes a moverse un poquito, para coger el partido del domingo con algo de motivación.

Atlético de Madrid de baloncesto. Temporada 1987-88. Foto realizada por Javier Orellana Avilés en el colegio SEK (Madrid).
Atlético de Madrid de baloncesto. Temporada 1987-88. Foto realizada por Javier Orellana Avilés en el colegio SEK (Madrid).

A los demás nos engatusaron con el chandal Puma del Atleti, una camiseta franjirroja, un pantalón azul , un par de medias rojas con tres bandas blancas y un abono para ir a ver al equipo de fútbol los domingos que jugaban en casa y nosotros no jugábamos fuera, es decir, casi nunca.

Cartel del partido C.B. Torrejón contra el Olímpico 64 celebrado el 20 de marzo de 1988 en Torrejón de Ardoz.
Cartel del partido C.B. Torrejón contra el Olímpico 64 celebrado el 20 de marzo de 1988 en Torrejón de Ardoz.

Nos llevaron un par de veces al Calderón para conocer a Gil y Gil pero como perdimos los cinco o seis primeros partidos pasó de nosotros “olímpicamente”. En una de esas ocasiones recibimos el aplauso del público tras advertirse por los altavoces de nuestra presencia.

La temporada pasó sin pena ni gloria. No sé cómo quedamos, supongo que de pena. A nuestros partidos en casa no venía nadie, sin embargo cuando viajábamos a provincias era espectacular.

Los futboleros atléticos de las ciudades dónde jugábamos llenaban los pabellones, hasta el punto de que teníamos más afición que el equipo del lugar. En alguna ocasión, incluso nos vimos firmando autógrafos a los chavales que se acercaban al autobús. Ni aún así levantamos cabeza.

La desilusión de muchos jugadores, los empecinamientos de Alfredo Calleja y la actitud general no contribuía a crear un buen ambiente. Lo cierto es que a mitad de temporada el equipo quedó en manos de Toñín y mejoramos considerablemente, salvando la categoría.

Celebración fin del campus de baloncesto celebrado en Astillero (Cantabria) en 1988.
Celebración fin del campus de baloncesto celebrado en Astillero (Cantabria) en 1988.

Al finalizar la temporada se nos ofreció participar como entrenadores en un campus de baloncesto en Astilleros en Cantabria. Los capos del campus eran Harold y Buddy. Dos típicos gringos de mejillas sonrosadas.

 

Con Buddy, entrenador general campus de baloncesto celebrado en Astillero (Cantabria) en 1988.
Con Buddy, entrenador general campus de baloncesto celebrado en Astillero (Cantabria) en 1988.

El primer día del campus ,Buddy, el principal, una vez que la chiquillería estaba colocada y los entrenadores frente a ellos, se gira a Harold y le dice algo, concretamente ¿Dónde está el médico?. Este va a los organizadores y le responden que en su consulta que si se le necesita que le llaman, a lo que Buddy responde que hasta que no esté el médico no se empieza. Tuvieron que ir a por el y no empezamos hasta que apareció.

El afroamericano del campus se llamaba Gerald. Se comía los platos de judías con los dedos (Probablemente Dulsé y Diego se acuerden de ello). Jugaba en la liga universitaria. Me enseño varios ejercicios de dominio de balón y esa finta que intento emular de vez en cuando (con poco éxito por cierto) cuando botando con la derecha, haces que irás para la izquierda pero avanzas la pierna derecha, pasas el balón por debajo de ella y vuelves a votarla con la derecha a la vez que cambias de dirección y rítmo. Un lio. Prefiero el directo.

Grupo de entrenadores del campus de baloncesto celebrado en Astillero (Cantabria) en 1988.
Campus de baloncesto. Astillero (Cantabria) 1988.

También había una marrón, (así les llama mi hijo), Linette, que compró un disco de Bob Marley que finalmente me quedé. Tiraba y jugaba muy bien. Nunca la encontraremos en los powerpoint de Alberto. El resto todos conocidos de la temporada, Guillermo, Agustín, Miguel, Gorka, Toñín y el gran Pepe «Moura».

Con Bobby Louis en Madrid, al regresar del Campus de Astilleros (Cantabria) en 1988.
Con Bobby Louis en Madrid, al regresar del Campus de Astilleros (Cantabria) en 1988.

El tercero de los marrones creo que se llamaba Boby Lewis, no es un juego de palabras con nuestro auténtico «codos de aguja». Creo que había jugado en la NBA. El pavo hacía un show de técnica individual y una de sus especialidades era lanzar el balón desde el campo contrario, muy bombeado,de tal forma que botase entorno al tiro libre y volviese a subir para encestar. Tenía mejores porcentajes que muchos triplistas de la ACB.

Jugones del campus de baloncesto celebrado en Astillero (Cantabria) en 1988.
Jugones. Campus de baloncesto. Astillero (Cantabria) 1988.

Lo mejor de Astilleros fueron los chicos, el embrión del equipo cadete que empecé a dirigir a la vuelta del verano. Dulsé, Íñigo, Juanjo… Unas máquinas en potencia, cada uno en su estilo. Particularmente, Íñigo era mi debilidad, un “minimagic” que improvisaba genialidad.

Antonio de la Serna. 1983-1987 (21-24 años)

Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Javier Portales (delegado), Morti, Miguel, Carlos, Vicente, ¿?, y Toñin (entrenador). Abajo: Alberto, Nicolás, Alfredo y Javier Amo.

Tras la experiencia de Sunday volvió a liderarnos Toñin. Esta vez durante cuatro temporadas en Tercera división. La base del equipo siempre la misma. Carlos y Pedro, Bubi, Alfredo, Alberto, Javier Amo, Vicente, Paco.

Fueron años buenos que sirvieron para forjar la amistad que hoy mantenemos. Nuestro nivel de baloncesto, aunque no tan sólido como durante la época de “el rubio” se mantuvo bastante bien. No subíamos pero tampoco descendíamos. Y sobre todo nos lo pasábamos de lujo.

Para eso Toñin era el anfitrión perfecto y, a su nivel, Alberto Blanco. Entre los dos eran capaces de sostener una velada contando chistes y anécdotas de todo tipo. Especialmente me atraían las batallitas universitarias de Toñin en la época de los grises. También estilábamos jugar a la pocha.

A nivel personal estas temporadas fueron muy intensas. Jugaba a casi todo. Al baloncesto con el Olímpico, y con el equipo de “mataos” de mi facultad. Al fútbol sala con el Bodegas Gimeno y con un equipo de la facultad de Derecho.

Cartel del partido C:P. Ambroz contra el Olímpico 64, celebrado el 11 de marzo de 1984 en Plasencia.
Cartel del partido C:P. Ambroz contra el Olímpico 64, celebrado el 11 de marzo de 1984 en Plasencia.

Los fines de semana comencé a arbitrar partidos de baloncesto con mis amigos de siempre. Era la época de Tierno. Las Juntas de Distrito comenzaron a promover numerosas actividades. Un tal Benjamín, a quién conocí en la parro, andaba buscando quién arbitrase la liga municipal de Baloncesto y dio con nosotros. Por su parte, Toñin también me ofreció arbitrar en la liga de Alcobendas, donde él trabajaba.

Los fines de semana eran tremendos. El viernes, después de entrenar, salia con los amigos por las noches. A la mañana siguiente José Manuel, Alfonso, Dorín y yo arbitrábamos en la Dehesa de a Villa, por la tarde partido de fútbol sala. La noche del sábado de juerga y el domingo por la mañana partido con el Olímpico. En numerosas ocasiones, empalmaba la noche con el partido del día siguiente. Pasaba por casa, cogía la bolsa, me tomaba un café y me iba directamente al CM donde mis amigos, detrás de sus gafas de sol, contemplaban las palizas que me pegaba, campo arriba, campo abajo.

Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Vicente, ¿?, Nicolás, Pedro, Carlos y Toñin. Abajo: Javier Amo, Eduardo, Luis, Humanes y Paco de la Torre.
Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Vicente, ¿?, Nicolás, Pedro, Carlos y Toñin. Abajo: Javier Amo, Eduardo, Luis, Humanes y Paco de la Torre.

Durante esas temporadas llebaba el pelo largo. Ya había adquirido carácter y no me dejaba achantar ante los veteranos de los equipos contrarios. Casualmente en más de un campo me apodaron la “bruja” (Villanueva de la Serena, Cuenca). Me encantaban y me estimulaban los gritos que lanzaba el público desde la grada cada vez que me envalentonaba ante las pequeñas triquiñuelas que intentaban los veteranillos que no podían conmigo. Si uno me agarraba la camiseta, yo le esperaba a la siguiente con mis brazos en alto para impactarlos contra sus muñecas en un golpe difícilmente visible por los colegiados. Adquirí gran habilidad usando mis codos para evitar los agarrones y empujones a los que pretendían someterme. Recursos que sólo utilizaba ante aquellos que intentaban sacar ventaja con métodos sucios. Por eso Alex, me rebelo en las pachangas de los martes, cuando alguien recurre a ellos. Siempre admiré a los que me vencían limpiamente y nunca perdoné a los que no admitían que les venciera.

Cartel del partido San Lorenzo contra el Olímpico 64 celebrado el 13 de octubre de 1985 en San Lorenzo de El Escorial.
Cartel del partido San Lorenzo contra el Olímpico 64 celebrado el 13 de octubre de 1985 en San Lorenzo de El Escorial.

En una de esas temporadas cambió el baloncesto con la introducción de la línea de tres puntos. Como nunca destaque por ser un gran tirador, poco pude aprovecharla. Destacaba defendiendo, robando balones, sacando el contrataque y lanzando tiros libres.

Me encantaba salir rápido con la bola. No tenía la habilidad de Paco, aunque, de vez en cuando, me salía su típico reverso, tras tentar al defensor, dejando alejarse medidamente la pelota, para que cuando intentara robarla yendo hacia adelante, dar un bote rápido hacia atrás entre las piernas y otro sucesivo haciendo un reverso sobre el pivote, para dejar a sus espaldas al defensor mientras encaraba la canasta.

Lo que a mi mas me gustaba era desbordar en plena carrera. Pasar el balón por detrás del cuerpo o por debajo de la pierna a la vez que cambiaba sutilmente de dirección. De atrás a adelante, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. También pasar el balón de derecha a izquierda superando al defensor, para después de un bote y dando pasos de derecha encarar la canasta dejando una bandeja con un leve giro de muñeca tirando hacia atrás. Muy dificil de prever y muy dificil de parar. Tenía muchas variantes dependiendo de la situación del defensor. En algunas ocasiones con tiro pretendido, en otras como simple forma de llevarte a un pivot para que algún compañero cogiera fácilmente el balón, una vez tocado el tablero. Llegó a ser tan característica que los Olímpicos mas cercanos la conocen como la Nico’s one.

Durante un encuentro contra el Arquitectura de Eduardo Ayuso en Vallehermoso utilicé por primera vez en un encuentro otras dos jugadas que me caracterizaron. En su equipo Pili y Mili, de los que tengo la sensación que siempre nos miraban por encima del hombro. El partido muy igualado. Dos arriba, tres abajo. En la segunda parte volvía a salir a la cancha cuando quedaban apenas cinco minutos.

La primera en los morros de Pili y Mili. Salía botando al contrataque y tras pasar el centro del campo intentaron cerrarme el paso creando una barrera con sus piernas, a lo que respondí saltando entre ambos, a la vez que pasaba el balón por debajo de las mias encogidas. Nuevo bote, pase a Vicente y canasta. Ayuso miraba incrédulo la situación descargando su ira contra sus jugadores.

La segunda a falta de quince o veinte segundos. Presión en todo el campo. Recibo el balón en la parte derecha de la zona a un metro de la línea de fondo de nuestro campo. No tengo dónde pasar y siento el aliento del contrario en mi cogote. Me paro un segundo y paso rápidamente el balón por el lado derecho de mi defensor, mientras giro mi cuerpo por su lado izquierdo, reencontrándome con el balón justo a su espalda. Dos botes pase largo, asistencia y canasta. Recuerdo el careto de Eduardo Ayuso tirándose de los pelos. No se lo podía creer. Ni creo que nadie de los que estaban en el pabellón.

Cualquiera diría que fue casualidad, pero no era así. Esos recursos, como la Nico’s one, me eran muy familiares. No tanto por practicarlas en los entrenamientos sino por repetirlas una y otra vez en momentos solitarios ante una canasta, en las pachangas de la parro y en los partidos de la facultad.

Al finalizar la temporada del año 86, coincidiendo con el último examen de mi carrera, mi padre se quedó hemiplégico y el baloncesto se convirtió en el refugio en el que me cobijaba. Tuve que dedicar mucho tiempo a mi familia, lo que supuso dejar algunas de mis dedicaciones y, posiblemente, que mi carácter cambiara. En estos momentos el baloncesto significó mucho para mi, aunque mi sufrimiento interno no trascendiera a los demás.

 

Sunday Palace 1982-1983 (20 años)

A la “edad de oro” de Antonio, le sucedió el fiasco de Domingo Palacios al que rebauticé como “Sunday Palace”, un tipo a años luz del “rubio” y que se enfrentaba al elevado listón de su predecesor. Por lo que me cuenta Carlos, duró dos telediarios aunque a mi me parecieron décadas.

A Sunday lo recuerdo como un Groucho Marx, al modo tonelete y con la calva rodeada de pelo gris. Se lo tomaba muy en serio. Tanto, que no empatizaba en absoluto con sus jugadores. Bueno con algunos si, y así nos fue. Siempre tuve la sensación que nos esforzábamos por él, no por afán de superación colectiva.

Con Sunday vinieron Pili y Mili, Pablo Postigo y alguno mas. Sólo por situar a sus jugadores se vivieron episodios desagradables en su trato con Olímpicos históricos que no me corresponde contar, especialmente con Javier Amo,. A mitad de temporada lo dejamos, y lo dejó, o lo dejó sin más. Se hizo cargo del equipo Daniel de la Serna, hecho que mi memoria tiene completamente suprimido. Probablemente porque descendimos nuevamente a Tercera División.

 

Antonio Fernández. 1979-1982 (17 a 19 años – Junior)

Ficha junior de la temporada 1980-81. La foto es de la época. La original la utilizaría para otra ficha.

1979-1980

Al finalizar la temporada, el equipo junior de José Cunha se deshizo y al año siguiente, mi primer año junior, empecé a jugar con Antonio Fernández “el rubio” en Tercera División. Un equipo espectacular. Antonio incorporó a parte de sus chicos de siempre. Al menos yo lo recuerdo así. En las torres Pedro, Felipe, Javier Bergia, Alonso y Vicente Zaragoza. Como aleros Bubi, Alfredo Lobato, Chema Rico, Eduardo “Dudu” y Alberto Blanco. Como bases Paco de la Torre, Carlos Alburquerque y yo mismo. El mejor equipo en el que he jugado jamás.

Las pretemporadas eran impresionantes. Pura Casa de Campo. Salíamos del CM y quedábamos con Antonio, en muchas ocasiones acompañado de Pepe Mora, en el Teléferico. Allí nos daba una paliza de ejercicios físicos y vuelta al CM. La carrera era trepidante. Felipe, Chencho, Alfredo, Dudu y yo. Parecíamos una máquinaria perfectamente sincronizada que, conforme llegaba a su destino, imprimía su mayor rítmo. Cogíamos aire, lo exhalábamos, avanzábamos impulsados por el ímpetu del otro. Llegábamos agotados. Aunque si la distancia hubiese sido superior, no nos hubiera importado. En la cancha, ¡rueda de cuatro calles!

En ese primer año, mientras corríamos hacia el lago por el lado izquierdo de la carretera de la Casa de Campo, ya echada la noche, un coche adelantó a otro que circulaba a la altura del campo de las porterías. No sentí nada. Podía haberme ido para siempre, pero la suerte estuvo de mi lado. El coche que adelantaba me embistió por detrás y mi cabeza chocó con las piernas de Alfredo dejándome inconsciente. El susto que se llevaron mis compañeros debió de ser de aúpa. Abrí los ojos. No había nadie a mi alrededor. La enfermera me preguntó si ya me había despertado. Me dijo que me había atropellado un coche. Al rato dejaron pasar al conductor que fue adelantado y que, por fortuna para mi, paró y me llevó al hospital. Sin saber muy bien porqué, le dije que no sabía que había pasado y le pedí perdón por si hubiera tenido la culpa. Al cabo de un tiempo me dieron el alta. Se había pasado el susto. Antonio, Bubi y Pedro estaban esperándome.

Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Antonio "el rubio (entrenador), Felipe, Javier, Pedro, Alberto, Vicente, Eduardo, Luis, Javier y Paco de la Torre,
Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Antonio «el rubio (entrenador), Felipe, Javier, Pedro, Alberto, Vicente, Eduardo, Luis, Javier y Paco de la Torre,

Desde el primer día, Antonio me dejó clara mi misión. Al inicio del ataque, cuando alguien coja el rebote en defensa, te acercas a él, le quitas el balón de las manos, buscas a Dudu y, dando un bote como mucho, lanzas el contrataque (es decir, rueda de cuatro calles, versión partido). Dicho y hecho. Más me valía, porque si me salía del guión, al banquillo, como le ocurría a Felipe después de lanzar su segundo tiro a mas de tres metros del aro.

En defensa, tenía que apretar al que llevaba la pelota, obligándole a botar con la mano torpe, y molestarle el pase al finalizar el bote. Y ahí, aunque ellos no lo supieran, tuve dos grandes maestros: Dudu y, en mayor medida, Paco de la Torre. Ambos grandes atacantes y medianos defensores. Un ambiente óptimo para mejorar en lo que era su debilidad. Defendiéndoles en los entrenamientos aprendía una barbaridad, al tiempo que me ganaba los minutos de juego. Mantenerme, ante los driblings y reversos de Paco y el brazo estirado de Dudu mientras protegía la pelota, era un verdadero reto. En su puesto no había otros mejores en la categoría y eso me benefició. Al menos eso creo, porque seguí jugando las temporadas posteriores.

Para finalizar con las flores, hubo otra cosa que aprendí de Paco y que me encantaba hacer. Cuando un contrario robaba un balón y entraba a canasta, Paco corría tras él siguiéndole los pasos como si fuera una pantera. Al dejar de botar, el susodicho daba los dos pasos de rigor y estiraba el brazo para dejar la bandeja. Paco le seguía al acecho y ajustaba sus pasos a los del contrario mientras se le acercaba por la espalda. Batía el segundo paso, muy cerca del de la víctima y casi al mismo tiempo, pero lanzando el brazo muy encima de dónde él dejaba la pelota. El gorro era espectacular porque generalmente el balón rebotaba contra el tablero y salía despedido, acompañado del armonioso uuuuuuhhhhh!, que suscitaba entre los presentes. Grande Paco. No sabes como disfruté ejecutando ese tapón y viendo la cara que se les quedaba a los que lo recibían.

La temporada fue impresionante. Ganamos todos los partidos menos uno que empatamos. Sí, en aquella época había empates. Quedamos imbatidos. Empezábamos a crear la leyenda.

Yo era un chaval que apenas había salido de mi barrio. Las tardes de los domingos que jugábamos en casa íbamos por Alonso Martinez. A Fox o a Rebote. Antonio, Alberto, Vicente, Bubi, Pedro, yo y el que se apuntara. En el mundillo del baloncesto nos conocían, y a Antonio y Alberto también en el de la radio. Nuestros partidos los grababan en vídeo y se ponían en las teles de los pubs que visitábamos. Me sentía flotar. Si hubiera ligado, hubiera sido la leche.

Alternaba los partidos con un junior que dirigía Toñin. Jugábamos Petite, Alfonso Bustos, Juan Santos. Un equipo de rastrillo que no tuvo la menor gloria. En un partido crispado, contra un equipo cualquiera, estaba haciendo el típico en el que todo te sale bien. En un tiro a canasta, el “capullo” que me defendía, en vez de puntearme el tiro, me dio un toque en los que mi hijo llama los gremlins. Al duro impacto grité espontáneamente “hijo de puta”, mientras caía al suelo retorciéndome. El resultado fue mi expulsión. Se llevaron mi ficha y me cayeron tres partidos. El pavo se fue de rositas. Pequeñas injusticias que tiene el deporte.

 

1980-1981 (18 años)

Durante la temporada siguiente me hicieron ficha con el equipo de Carlos el “patas”. Según cuenta, como no había equipo junior, subieron de categoría a todo su equipo juvenil para que yo tuviese tener ficha para poder jugar en el Tercera. El pseudojunior lo llebaba Manolo Bustos. Carlos dice que en el parque, jugando contra el Madrid me pitaron cinco faltas en ataque, cualquiera que siga sus crónicas sabe de sus exageraciones.

Cartel del partido C.B. Renfe contra el Olímpico64, celebrado el 8 de noviembre de 1981, en Madrid.
Cartel del partido C.B. Renfe contra el Olímpico64, celebrado el 8 de noviembre de 1981, en Madrid.

En la vuelta, en el Palacio de los Deportes hice un partido “que te pasas”, aunque Goya se empeñó en estropear cada una de las fantásticas asistencias que le dejé. Durante los tiempos muertos, en vez de escuchar a Manolo me dedicaba a flirtear con unas mozuelas que iban a ver al senior del Madrid. Guiños, risitas, miraditas, etc. Al finalizar el partido pudimos quedarnos y, esta vez si, ligué gracias al basket. Elvira se llamaba.

Mientras tanto, con el equipo de Antonio seguíamos haciendo estragos. Teníamos un equipo invencible y sobre todo bastante divertido. Se organizaron algunas fiestas en discotecas, a las que acudía medio barrio que estaba volcado con nosotros, o en casa de Vicente. Vendíamos lotería, maldita/bendita lotería, colocando mesas en la parro. Íbamos a escuchar música a casa de Antonio después de los entrenamientos.

Una de las temporadas, la jugamos en el Consejo Superior de Deportes, porque se intentó arreglar el parqué de la cancha del CM. En efecto, se intentó y nunca se consiguió, como podemos evidenciar todavía en los ataques derechos de ambas canastas. Ese año alguien consiguió un patrocinador excepcional que nos pagó un Le Coq Sportif. Una pasada de chándal que lucíamos orgullosamente en los calentamientos previos a los partidos. Allí teníamos menos seguidores porque la cancha estaba dividida en tres campos y no había gradas, sino una barandilla en uno de los fondos, un poco incómoda para ver los partidos.

Cartel del partido C.B. Cuenca-Mutral contra el Olímpico 64, celebrado el 22 de noviembre de 1981, en Cuenca.
Cartel del partido C.B. Cuenca-Mutral contra el Olímpico 64, celebrado el 22 de noviembre de 1981, en Cuenca.

Nuestro incondicional Sebastián, con su inseparable pipa, venía a vernos a todos los partidos, allá dónde fueran. Cuenca, Albacete, etc. Era uno más del equipo y de vez en cuando te hacía observaciones acertadas. También nos acompañaban las parejas de algunos del equipo. Paloma, la mujer de Alonso; Angelines, la de Alfredo, la novia de Vicente, la de Pedro, la de Bubi, etc.

No sé si en la Roda, jugábamos un partido muy tenso e igualado. Desde que empezamos a calentar el público no dejó de pitarnos. Ya en el partido, cada vez que cogíamos el balón o lanzábamos las pitadas eran monumentales. A Felipe le insultaban llamandole “Lola Flores” por el gesto que mantenía después de sus lanzamientos desde el tiro libre. Conforme avanzaba el partido las protestas a los árbitros se hacían más intensas. Llegó un momento en el que pararon el partido. La pareja arbitral llamó a la de Guardias Civiles y les dijeron que fueran a la grada para que sacaran a un tipo. Obedientes subieron las escaleras pero el público se les echaba encima. Bajaron rápidamente y le dijeron al árbitro que no podían hacer nada. Se decidió seguir jugando, con un público envalentonado que no paraba de meterse con nosotros. Al oírse el pitido final todos salimos corriendo a coger las cosas del banquillo, mientras un montón de gente invadía el campo. De pronto, advertí que no parábamos de recibir felicitaciones de todo el mundo. Dos años, dos años hacía que nadie ganaba aquí! De regreso todos felices comiendo “Miguelitos” en el bus.

Esa temporada, esta vez si, ascendimos a Segunda división.

1981-1982 (19 años)

La Tercera de las temporadas fue de nota. Jugamos en Cuenca (Mutral), Ciudad Real (RENFE), Valencia, Liria.

Valencia lo recuerdo especialmente porque volví a ver a mis amigos Pepe, Luis y Edu, con quienes el último contacto que habíamos tenido se produjo telefónicamente la noche del 23 F, cuando tenían los tanques en la calle. Lliria porque unos tipos, situados encima de nosotros, no pararon de tirarnos cáscaras de pipas durante todo el partido.

En uno de esos partidos, Antonio el “rubio” nos invitó a Bubi y mi al festival de Benidorm. Muy fuerte. Una sala repleta de personas de la tercera edad bailando, alrededor de sus mesas, los ritmos reggae de Eddy Grant. Algo muy fuerte para un marleyano como yo. Antonio tenía reserva en un hotel, donde acabamos durmiendo los tres en la única cama de matrimonio que había.

Al parecer, quedamos quintos. Al final de la temporada Antonio lo dejó. En plena cresta de la ola. Junto a él otros miembros del equipo a quienes eché mucho de menos, Alonso, Chema y más especialmente a Dudu y a Felipe.