Antonio de la Serna. 1978-1979 (16 años-Juvenil- Tercera)

Equipo Senior del Olímpico 64. Arriba: Toñin (entrenador), Pedro, Vicente, Javier, Paco, Pedro "el Junior". Abajo: Paco de la Torre, Nicolás, Alfredo, Luis, Javier Amo y mi hermana Eva.

No recuerdo bien con qué equipo jugué la temporada siguiente. Gracias a el tuve ficha para poder jugar con el Tercera que entrenaba Toñin.

Equipo juvenil del Olímpico con el que tenía ficha mientras jugaba con el Tercera división de Toñin. Arriba: Jose "el Ruso", ¿Alejandro?, Jose Manuel, Carlos y Goya. Abajo: Retamosa, Alfonso, Dorín y Javier Campillo.
Equipo juvenil del Olímpico con el que tenía ficha mientras jugaba con el Tercera división de Toñin. Arriba: Jose «el Ruso», ¿Alejandro?, Jose Manuel, Carlos y Goya. Abajo: Retamosa, Alfonso, Dorín y Javier Campillo.

Mi memoria de aquellos tiempo es algo confusa. Gracias a que conservo dos carteles de aquel año (contra C.P. Cacereño el domingo 4 de febrero y contra el Donantes de Sangre de Talavera de la Reina el domingo 25 de febrero, ambos del 79) soy consciente del momento. Jugaba con Pedro, Bubi, Pedro el Junior, Alfredo Lobato, Alberto Blanco, Javier Bergia, Paco Fotma (¿?), Mingus.

Toñín era un tipo fabuloso. Particularmente me trató muy bien. Y era un cachondo con todas las letras. Me enseño el baloncesto de las jugadas. Hasta entonces había hecho cosas muy simples pero a estas alturas la cosa se complicaba.

Lanzando a canasta en uno de los primeros partidos con el Tercera división contra el Colegio Calasancio. 1979.
Lanzando a canasta en uno de los primeros partidos con el Tercera división contra el Colegio Calasancio. 1979.

Me sentí muy bien acogido por el equipo, especialmente por los que siempre consideré mis padres Olímpicos: Pedro y Bubi (Una especie de Camp y Michel versión heterosexual, morenos y estirados).

A mis 16 añitos Bubi me llevó por primera vez a los bajos de Aurrerá. Con la apariencia de despistado que le gusta ejercer de vez en cuando, no creáis que me llevó a tomar una copa a horas intempestivas, sino que fuimos a desayunar, prontito, a eso de las diez u once de la mañana, y claro, Aurrerá vacío como un solar.

Supongo que por la novedad y por mi bisoñez, los nombres de los equipos me sonaban a … mayores. Ya no jugaba contra Estudio, San Viator, Estudiantes y demás, sino contra equipos desconocidos sobre los que los mayores me transmitían sus andanzas. No se porqué pero jugar contra Hermandades del Trabajo para mi era la leche en bote.

Molaban los viajes con los seniors. Gracias a ellos pisé las discotecas por primera vez, Cuando salíamos a provincias pasábamos la noche dónde jugábamos, y siempre salíamos por la noche. Cobijado entre tanto larguirucho entraba como uno más con el beneplácito de unos porteros que preferían captar nuevos clientes a ser remilgados por la entrada de un menor.

Cartel del partido C.P. Cacereño contra el Olímpico 64 celebrado el 4 de febrero de 1979 en Cáceres.
Cartel del partido C.P. Cacereño contra el Olímpico 64 celebrado el 4 de febrero de 1979 en Cáceres.

Quizás a los que no habéis estado en una pista de baile con un equipo de baloncesto os sea difícil imaginarlo. Los más altos de la pista, Marchosos como ninguno. Todos los lugareños preguntándose de dónde habían salido y mosqueados porque las lugareñas no dejaban de mirar caras ajenas a su territorio. En este contexto no se muy bien si aprendí o desaprendí, las artes de entrar a las del sexo contrario. Pedro el Junior y Vicente Zaragoza, maestros con artes dispares en la suerte del ligoteo, me enviaban como emisario a hablar con maduritas que, desde luego no eran de mi agrado, y posiblemente del de ningún mortal.

También aprendí a bailar un flan. A la hora del postre solían pedirlo para finalizar la comida. Pedro dirigían la ceremonia y uno a uno realizábamos el ritual. Movíamos el plato, asegurándonos que el flan no estaba pegado y lo sorbíamos de un trago, llenando nuestras bocas. En mas de una ocasión salía esparcido salpicando a todos los que contemplábamos la escena muertos de risa. Entre ellos yo, que en casa pelaba manzanas, naranjas y plátanos con cuchillo y tenedor.

Cartel del partido Donantes de Sangre contra el Olímpico 64 celebrado el 25 de febrero de 1979 en Talavera de la Reina.
Cartel del partido Donantes de Sangre contra el Olímpico 64 celebrado el 25 de febrero de 1979 en Talavera de la Reina.

Recuerdo el cachondeo que se corrieron a costa de Alberto y mía cuando en una pensión de Salamanca, tuvimos que compartir habitación y cama de matrimonio. Alberto no lo llebaba muy bien. Para colmo, en la habitación, al intentar abrir la ventana, esta se desencajó del marco y casi se le cae encima. Pasamos la noche cada uno a un lado de la cama, robándonos la manta para paliar el frío de narices que se colaba por las rendijas.

A partir de este momento, mi padre vino a verme a los partidos. No lo recuerdo antes, tampoco a mi madre. Le acompañaba mi hermana Eva, la peque que sale en la foto quién aprovechaba los previos y los descansos para hacer sus primeros pinitos en esto del baloncesto. No sé si será casualidad pero aparece junto al que años después fue su entrenador: Javier Amo.

Una curiosidad más. Durante un tiempo, la Federación Madrileña de Baloncesto confundió la foto tomada en el Colegio Calasancio con la canasta de la parroquia San Pío X. Os dejo el documento gráfico que muestra el error. Error que podéis apreciar visitando la web de la FMB.

 

Alfonso Peña y José Cunha (1977-1978)

Entrando a canasta en la categoría Juvenil. De espaldas Luis Javier.

En juveniles me volvió a entrenar Alfonso. Casi todos los del equipo eran mayores que yo. Jugaba con Juan Santos, Mike, Luis Gil Mazón y José Luis (ambos de Santovenia), Paco Navarro y Luis Javier. La mayor parte del equipo de cadetes lo dejaron.

Por aquel entonces se introdujo la regla del 3×2. Hasta entonces cuando a un equipo le hacían 10 faltas personales en un tiempo, tenía derecho a tirar dos tiros libres (como ocurre hoy al llegar a las 5). La nueva regla permitía tirar un tercer tiro en el caso de que uno de los dos primeros tiros libres se fallase. Normas de entonces. Si metías el primero te relajabas. Si fallabas dos, el tercero te acojonaba. Y si fallabas el tercero, deseabas que la tierra te engullera. Lo sé por alguna experiencia.

Esperando el lanzamiento de un tiro libre en categoría Juvenil. A la izquierda José Luis.
Esperando el lanzamiento de un tiro libre en categoría Juvenil. A la izquierda José Luis.

Esa temporada jugamos contra mi cole, que intentaba componer un buen equipo a costa del Olímpico. El padre Alex quiso hacernos ficha a los que éramos del Frayluis. No lo hicimos. Supongo que era más cómodo jugar en el barrio, que quedarnos a entrenar allí. Momento insuperable. El patio hasta las trancas y todos los compañeros a favor nuestro. Éramos mejores y ganamos. El calentamiento lo hicimos en el gimnasio dónde habitualmente saltábamos potro, caballo, plinton y demás. Durante el partido, Mike encestó, desde más allá de un 6,25 inexistente en aquella época, y la propia red sacó el balón del aro. Una canasta fantasma que nunca supimos si era legal o no, pero que protestamos porque el árbitro la invalidó.

El cole hizo cosas buenas ese año. En Vallermoso, los que elegíamos baloncesto en educación física, tuvimos a Del Corral como entrenador, unos años antes de que jugara en el Real Madrid y bastantes más de convertirse en doctor.

Además nos cursó una invitación para asistír a una Escuela de baloncesto que dirigían Buscató en Barcelona y Emiliano en Madrid. Ciento cincuenta chavales en las ocho canastas del polideportivo del Consejo Superior de Deportes. Allí coincidí con compañeros del cole y gente del barrio que no prosperaría en esto del baloncesto, recuerdo especialmente a Quirino y su camiseta de plástico que le hacía sudar como a un pollo.

Al finalizar el año, Emiliano y un tal Ricardo (parecido físicamente al Ricardo corazón de león que todos tenemos en mente, al que recuerdo muy emotivamente y con el que años después nos enfrentamos cuando entrenaba a un equipo de Guadalajara), me propusieron ir durante el verano a una concentración de “jóvenes promesas” que se celebraba en Málaga. Mis padres en aquella época se estaban separando, la economía doméstica no andaba muy bollante, yo estaba muy unido a la que era mi novia Dalia, de la que me costaba separarme, e Iñaquí en una conversación en su simca u 850 blanco tampoco me alentó demasiado. Lo cierto es que no tuve las narices suficientes como para optar por mí. Muchas veces me acordé de ello y muchas veces lloré haberme traicionado a mí mismo, al censurarme lo único que adoraba y aquello que me hacía ser. Desde ese momento, el baloncesto paso de ser una oportunidad, a convertirse en un refugio más de un adolescente marcadamente afectado.

A mitad de temporada, comencé a jugar en el junior resultante de la fusión de los Olímpicos del parque, con los CM de la piscina. Nos entrenaba José Cunha. Allí coincidí con jugadores que procedían del Cuartel de la Montaña (Caco “el Panameño”, Pirolo, Alberto, Frank, Pedro “el junior”), con Alberto Blanco del Olímpico, al que conocía de la música que ponía en los guateques de la parro. Era muy intimidante. Todos desconocidos. Gente bastante grande y mucho más fuerte que yo. Jugué varios partidos con ellos y no me fue demasiado mal, a tenor de los piques que se cogía el tal Pirolo en los entrenamientos, cuando nos ponían a robarnos mutuamente el balón mientras botábamos en el círculo central. Celebramos el fin de la campaña con una cena nocturna, tras la cuál fuimos al bingo del Canoe, donde me pasé más de una hora sentado en unas escaleras porque no me dejaron entrar. ¡Puto juvenil!

Al acabar la temporada, en el parque, después de uno de los partidos con mi equipo juvenil, se acercó Antonio de la Serna. No le conocía más que de haberle visto jugar y entrenar en el parque. Me entró con una cachondada sobre el partido que habíamos terminado y me propuso ir al siguiente domingo con el Tercera división. En honor a la verdad, no me extrañó, lo recuerdo con la mayor naturalidad del mundo. Lejos de celebrarlo con una gran alegría, lo asumí como una gran responsabilidad. No lo festejé especialmente, ni se lo transmití a nadie. Lo cierto es que días después, me vi con Pedro y Bubi en un 600 amarillo rumbo a un pueblo a las afueras de Madrid. Gracias Toñin.

Iñaqui Serrano (1976-1977)

Equipo Cadete. Arriba: Ángel, Miguel de Paúl, Luis Gil Mazón, Iñaqui (entrenador), Constante, Juan, Fernando, Abajo: Fernando Couto, Nicolás, José, Jaime Bech y Alonso.

Mi siguiente entrenador fue Iñaqui Serrano. Más duro que Alfonso, tanto como Antonio “el rubio”, pero menos creible. Era más dado al cachondeo. Se preocupaba mucho del fondo físico y recuerdo como me corregía pequeños vicios en el tiro. Decía que sacaba el balón por encima de la cabeza. Tuvimos un buen equipo. Salimos en el Espolón compartiendo página con una entrevista que les hicieron a los junior, Itu y Romay, cuando jugaron en el parque, y con la noticia de un rècord del Olímpico en categoría infantil, 272-21 a favor del Virgen de Atocha, todo un show.

El equipo lo formábamos Jaime Bech, Fernando Couto (Curro), Manuel Constante, Miguel de Paúl, Alonso, Luis Gil Mazón, Juan Santos, Fernando Pino, Ángel Rodriguez (el hoy esposo de la hermana de mi gran amigo y desaparecido Lorenzo), José Hernández (“el perro”) y Alfonso Gracia. Quedamos invictos. No perdimos ningún partido en liga, pero nos eliminaron en los cruces.

Entrando a canasta en el Parque contra el equipo de la base de Torrejón de Ardoz Runimede. Ganamos 115-6. En su casa 105-0 (jugado en Vallehermoso).
Entrando a canasta en el Parque contra el equipo de la base de Torrejón de Ardoz Runimede. Ganamos 115-6. En su casa 105-0 (jugado en Vallehermoso).

Esa temporada ganamos 105 a 0 al Ruidmede, un equipo de la base americana de Torrejón de Ardoz que jugaba en Vallermoso. Iñaqui, consciente de la situación, nos pidió que defendiéramos en zona con los brazos en alto y que saliéramos al contrataque. Tiraban desde fuera y los balones rebotaban, una y otra vez, sin conseguir entrar. En casa les fue más fácil. Ganamos 115-6 gracias a los tableros del parque, de cuyas virtudes corresponde hablar a Javier Amo, al “rubio” y otros tiradores de la época. Bueno, también a Mike, sobre todo en las pachangas.

A los partidos de fuera de casa, llevábamos la ropa en una bolsa, para cambiarnos en los vestuarios del equipo contrario. Al final de un partido en la cancha del Estudio, Miguel y Constante decidieron ducharse. Un intenso sudor frío, empezó a brotar de cada poro de mi piel. Al verlos desnudos, me sentí ridículo al comprobar que sus genitales estaban rodeados de vello, mientras que los míos estaban mondos y lirondos. Me moría de vergüenza. Hice verdaderas peripecias en las duchas para disimular mi falta de pelos en el pubis. Fui asumiendo mi desgracia hasta que casi al final de temporada superé mi calva pubertad.

Lanzando un tiro libre en la categoría Cadete. A la derecha, en el rebote, Miguel de Paúl.
Lanzando un tiro libre en la categoría Cadete. A la derecha, en el rebote, Miguel de Paúl.

Frecuentemente, venían los de la parro al parque. Con Alfonso Bustos organizábamos partidos de baloncesto los domingos por la tarde, aprovechando que venia de la Universidad Laboral, creo que de Oviedo. Los sábado por la mañana nos buscábamos por el parque para fijar la hora del partido. Era algo así como los Normandos (Javi “up”, Alejandro, Jose “la rubia”, Pedro, etc.) contra los del Parque (Paco Pastor, Paco Navarro, etc.). Partidos memorables que acababan con el deseo del perdedor de vengarse en la siguiente contienda.

En ocasiones el principio de estos partidos estaba condicionado a la finalización del “show de Dudu”. Solía bajar con dos hemanos altos y fuertes, uno rubio y otro moreno. Durante más de una hora, los dos troncos no hacían otra cosa más que coger el rebote y pasarle el balón a Edu para que tirase a canasta. Siempre silenciosos los tres. Sólo se oía el “chof” del impacto del balón en las redes y algún que otro bote aislado previo a su lanzamiento. Era magnífico. Nos quedábamos boquiabiertos viendo las numerosas sucesiones de tiros consecutivos encestados, impulsados por el magnífico salto que le caracterizaba. Siempre al aro.

Durante todos esos años entrenábamos en el parque. Lo hacíamos por las tardes a la luz de los focos que, según la leyenda, alguien había conectado furtivamente a las farolas de la M-30. Los inviernos eran duros. Debajo del chándal un par de camisetas, gorro para cubrir las orejas, guantes e incluso bufandas. Nos íbamos quitando las prendas según íbamos entrando en calor. Le echábamos muchas ganas.

Artículo aparecido en la mítica revista El Espolón.
Artículo aparecido en la mítica revista El Espolón.

Algunos viernes por la noche, incluso algún sábado a primera hora de la mañana, y según a quién le tocara jugar en primer lugar, había que pintar las líneas del campo. Con los cepillos de púas barríamos la arena que se depositaba en la cancha. Lanzábamos una cuerda para marcar la línea y, brocha en mano, nos transformábamos en “Otilios” durante unos minutos. Menos mal que no había triples. Pintar el 6,25 hubiera sido un verdadero reto.
En la esquina del parque estaba la caseta. La limpiábamos para que se cambiaran los equipos que venían a jugar. Los cutrecillos, porque a los importantes se les llevaba a la parro, dónde había duchas. Allí nos daban sesiones de moralina y dosis de concentración antes de los partidos. Acojonaba encender las luces en ese cuadro que saltaba según las ocasiones.

Molaba tener la llave de la caseta. La disfruté la siguiente temporada cuando entrené un equipo femenino sin muchas pretensiones. Personalmente las suficientes como para disfrutar del “eterno femenino”. En mi equipo jugaban Carlota, Belén Navalón, Dalia, creo que también Isabel (la hermana de Jaime Bech). No creo que fuera un buen entrenador pero me encantaba ver a las chicas “arreglás pero informales” (diría Martirio), sudando “Chanel number 3” (Ruben Blades).

Aún recuerdo el día en que, una parte de mis amigos, la derrumbaron motivados tras ver “The Warriors” a principios de los ochenta. Delante de mis narices se ensañaron con el pequeño habitáculo dándole patadas en un ataque de euforia, y mas cosas. No fui capaz de luchar contra eso. Mis tímidos “no os paséis”, “dejadlo ya ¿no?”, no fueron suficientes. A fin de cuentas, ya jugábamos en el Cuartel de la Montaña y el parque había sido invadido por el fútbol sala.

Alfonso Peña (1974-1976)

Equipo infantil. Arriba Luis Gil, Luis Javier, Alfonso Peña (entrenador) y Nicolás. Abajo: Miguel de Paúl, Jorge Roig, Constante y Juan Carlos.

Alfonso Peña (1974-1976)

Equipo infantil. Arriba Luis Gil, Luis Javier, Alfonso Peña (entrenador) y Nicolás. Abajo: Miguel de Paúl, Jorge?, Constante y Juan Carlos.
Equipo infantil. Arriba Luis Gil, Luis Javier, Alfonso Peña (entrenador) y Nicolás. Abajo: Miguel de Paúl, Jorge?, Constante y Juan Carlos.

Alfonso Peña nos entrenó en infantiles. En el equipo estábamos Miguel de Paúl, Luis Javier (compañeros de colegio que fallecieron hace años y a los que recuerdo con cariño), Constante, Luis Gil Mazón, Roig, Juan Carlos, Un buen equipo. Un año ganamos la liga de nuestro grupo. Miguel tenía un tiro fantástico, y el de Luis tampoco estaba mal. Constante y Luisja, no tenían mucha técnica, pero eran pivots fuertes e intimidadores. Roig y yo compartíamos el puesto de base.

Alfonso llegaba parsimonioso y sacaba los balones de la caseta. Dos, tres como mucho. Era lo que había. Con él aprendí a colocarme, a subir el balón, pasar y cortar, los primeros bocetos de jugada, las posiciones en defensa. Tenía mucha paciencia.

Si los entrenamientos eran como la “Play”, ver cómo entrenaban los mayores era la “tele” en 3D, pero sin gafas. Me encantaba quedarme un rato después de entrenar, a costa de pequeñas regañinas que recibía al llegar a casa. Sobretodo veía a mis mayores inmediatos, al equipo de Antonio “el rubio” que, implacable en su actitud, les ponía las pilas a Carlos Alburquerque, Alberto Blanco, Chema Rico, Pan, Mike, Dudu…

A los partidos, íbamos ya en el 75 y en metro, no recuerdo que nos levasen las familias. Eran nuestras primeras andanzas fuera del barrio.

Entonces el baloncesto se jugaba en dos tiempos de 20 minutos con diez de descanso. Los mayores paraban el tiempo durante todo el partido y a nosotros nos lo paraban sólo en los tiempos muertos y los tres minutos del final. En la mesa siempre había tanganas. El anotador llevaba el tiempo y su actuación podía ser determinante en los partidos mas reñidos. Por eso, solían esconder sus cronos bajo la mesa intentando disimular posibles errores, reales o fingidos.

A los trece años, participando en lo que ahora es un multijuego, me rompí las paletas. Mientras jugaba al fútbol, a la vez que tiraba al aro. Unos amigos me preguntaron algo. Estaba respondiéndoles y oí. ¡Nico! Vehementemente giré la cabeza para buscar la pelota y mis piños se estrellaron contra uno de los postes de las inútiles canastas blancas que flanqueaban la cancha y que nunca tuvieron red, aro, ni tablero. Me puse a buscar mis dientes como un desesperado y al coger aire por la boca, el frío, me hizo sentir un tremendo latigazo. Esa noche, mis padres habían invitado a cenar ¡a un dentista!

Los fines de semana me encantaba ver los partidos de los mayores. El carácter de Armando subiendo la pelota, dirigiendo al equipo, sus fogosas entradas, forman parte mi épica infantil (creo que por él y, por mi estatura, me hice base). La posición de Laurín, escorado en la banda dispuesto a recibir para tirar. La contrastada pareja Federico y Miguel, el gigantesco Felipe, Fragoso (que no jugaba mucho pero iba a mi cole), Fernando el pelirojo, Antonio “el rubio”, que me gustaba más como entrenador que como jugador, Manolo (que no Nacho), Romero, Humanes, Peñalba, que en los calentamientos nos ponía el pulgar en su nariz haciendo un abanico burlón con los dedos mientras entraba a canasta. Es curioso pero en mi cabeza se suceden imágenes individualizadas de todos ellos, que tan solo se organizan cronológicamente delante de las fotografías de los equipos en los que participaban. Era un baloncesto muy organizado. Los pivots sacaban de fondo. Los bases subían la pelota, los aleros se la chupaban y los pivots intentaban coger al rebote para jugársela o volver a empezar, rara vez, porque llevan el ADN de los aleros, versión frustrada.

En la banda, olímpicos de distintas tribus animábamos con cánticos, el “Ole, ole, ole, oh, ole Olimpico, ole Olímpico, ole, ole ole, oh, ole Olimpico es el mejor” (es campeón en la segunda estrofa), o la entonación en crescendo, tanto en tono como en rítmo, del “Ooo-liiím-piii-co, oolíímpiico, Olímpico”, acompasado por el sonido de las palmas, hasta que ya no podíamos ir más rápido y rompíamos en aplausos.

Rafa Morán

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Rafa Morán (1973-1974)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.
El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Ya con once años, Luis Nadal, amigo y compañero de cole, juegos y ruta, me contó que él estaba en un equipo de baloncesto del barrio y me invitó a probar. No lo dudé ni un momento, le dije que sí. Quedamos con su entrenador un sábado por la mañana. Llovía como no os podéis imaginar. Con la nariz pegada a los cristales del salón de mi casa, pidiéndo al cielo que escampase, mi madre me advertía ¡Cómo vas a bajar con el día que hace! Mi ilusión era implacable.

Con el chandal azul claro del «frayluis» y el chubasquero de rigor me fui dubitativo al parque. Luis y yo quedamos en los “tunelllos” de enfrente de mi casa. A su cita llegó un gigantón desgarbado con ropa deportiva y una pelota de baloncesto. Rafa Morán. Luis nos presentó y se piró porque sus padres le esperaban.

Estaba nervioso con la prueba. Escuché un ligero, ¿vamos? y tuve que apresurarme para seguir el ritmo de sus largas piernas. Llegamos a la cancha del parque para interpretar nuestra peculiar danza bajo la lluvia.

¿Has jugado alguna vez? En el cole. Veamos que sabes hacer. Bota la pelota. Ahora con la otra mano. Tira a canasta. ¿Sabes entrar? ¿Qué es entrar? Corre hacia la canasta y cuando estés cerca coges el balón, das dos pasos y tiras. ¡Ah! creo que si. Bueno, mas o menos. ¿Sabes hacerlo por la izquierda?. No. ¿Quieres aprender? Claro. Volvimos empapados. Mamá, papá, ¡voy a jugar a baloncesto! ¡voy a jugar en el Olímpico 64!

De ese primer equipo solo recuerdo a Luis Nadal , Luis Alburquerque y Oscar el “rata” que eran los otros bases con los que me jugaba el puesto. Luis era mi compañero y mi competidor directo. Aunque botaba francamente bien, no lo hacía, ni de lejos, como su hermano Carlos (de quién recuerdo un memorable partido que hizo ante el Real Madrid unos años más tarde).

No se me daba mal. Botaba la pelota con la derecha, casi llegaba a la línea de fondo y lanzaba la pelota a modo de gancho. A veces un tiro, a veces un pase. ¡Tomaaaaa!. Algún gracioso dirá que seguí haciéndolo de mayor, seguramente algún pivot cuadriculado incapaz de seguir la armonía de la intuición.

Era disciplinado, bastante tímido y deseoso de aprender. Gustaba soplarme el flequillo que me caía por los ojos a todas horas, sobre todo mientras jugaba. Pablete se reía de mi, hasta que resolvimos la cuestión en un forcejeo, detrás de la canasta próxima a la caseta.

Rafa Martín (1972)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Rafa Martín (1972)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.
El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

No se como llegué. De pronto, estaba en un equipo. No recuerdo el nombre. Rafa Martín nos entrenaba.

Participábamos en el torneo de minibasket que se jugaba en mi segunda casa. Entre mis compañeros, Octavio y Ontiveros, mayores que yo.

Antes del torneo cogí la rubeola. No iba al cole, no me dejaban bajar y, lo peor, no podía entrenar. Me pasaba el tiempo pegado a mis hermanas para ver si les contagiaba y evitaban así, el ser vacunadas. No hubo suerte. Protestaba todo el día y, de alguna manera, invocaba a quien pudiera interceder en mi sanación. Ansiaba jugar mi primer partido con árbitros. Mi primer partido de verdad. ¡La primera vez que me pondría una camiseta de baloncesto!

¡Más te vale!, amenazó mi mente al cuerpo, y me recuperé justo a tiempo. Quedamos novenos. En el cine San Pol nos dieron los premios. Un boli. Mi primer trofeo. Antes del verano, Tote, uno de mi cole, lo hizo añicos. Desde entonces le apodé “rompeparker”, lo que nos trajo más de una pelea infantil.

Los guateques de la parro

Mi amigo Javi, me echa la bronca porque en el face no hago referencia a los guateques de la parro. En parte lo hago porque para mi no fueron los únicos, claro que así éramos los del parque. Mi afición ante los guateques la heredé de mis progenitores Leonor y Nicolás.

Si, recuerdo los que organizaban en casa, creo que los fines de año. A ellos asistían sus amistades del barrio. Luces en penumbra, mucho cubata, mucho tabaco y música hasta el amanecer, momento en el que se cogían los «duros» recaudados a quienes se quedaban con la escoba en el turno de las lentas, y desaparecían en busca del chocolare con churros en el conocido San Ginés.

Tendría yo mis siete u ocho años cuando Jesús Blanquer, el padre de Kiko me sirvió el primer «Martini» dulzón que causó los primeros desequilibrios de, probablemente mi primera melopea. Mientras tanto sonaba el «queeeeee grande es el disco sorpresa de fundador…» que precedía al tema de éxito de los sesenta o cualquiera de los numerosos singles que se daban cita en casa.

Y es que quienes sobrevivimos a esos tiempos llevamos el formol corriendo por nuestras venas. Íbamos creciendo y mi madre organizaba pequeñas fiestecillas en casa con amistades allegadas.T

amibén recuerdo alguna que otra fiesta en otras casas. Presiento que giraban en torno al cumpleaños de mi hermana Leonor porque apenas recuerdo la presencia de chicos. Recuerdo a Isolina, Lola y la pequeña Rebeca, Silvia y cómo, Carlota la primera chica que me gustó y, probablemente, a quién guste.

Aunque en aquel entonces no lo tenía tan claro. La melillense anfitriona nos preparaba chanquetes para ir picando, caseras, cocacolas y mirindas algunas patatas fritas y no recuerdo más. Bailábamos, o eso creíamos, con discos que les cogíamos a los mayores aunque eso de las lentas todavía no era para nosotros.

La pandilla a la que pertenecía se iba modificando, a lo que contribuía la alternancia de los veranos en la piscina del Cuartel de la Montaña, los otoños y primaveras del parque y los inviernos domésticos. Llegaron otras chicas y ya recuerdo algún que otro chico. Mi gran amigo Lorenzo, Alodia, Flor, y más tarde Isabel, Esther, mi primera novia con derecho a consumición como decía Josilio.En ese interín apareció el comediscos con el que de vez en cuando, y no muchas veces nos íbamos de excursión a las casitas en las que se celebraba la Feria del Campo. A veces íbamos directamente,a menear el esqueleto, otras después de atravesar los Peligros de Penélope, allá cerca del Lago de la Casas de Campo. En ocasiones topábamos con alguna pandilla de la Avenida de Portugal y acabábamos discutiendo y batallando por nuestro lugar de celebraciones. Como si fuera ayer viene a mi mente el día en que votamos si íbamos a la parro o no. Supongo que no estaba muy convencido porque no guardaba buen recuerdo de la primera vez que estuve por allí en respuesta a una convocatoria que probablemente hizo Donagus (A decir verdad si que guardé unos por unos cuantos años. El que fuera mi amigo Yago).. Lo cierto es que no había quién pudiera con los fríos invernales de mi bucólico parque y pronto desembarcamos en un entorno que, como la «sin par» no tenía igual. Pura esfervescencia juvenil, innumerables chicas y chicos, nuevas amistades,todo en la mejor casa de la juventud que haya existido en el país de nunca jamás. No guardo buen recuerdo de mi primer guateque. Por aquel entonces, Jaime Bech jugaba en mi equipo de baloncesto y, de vez en cuando venían a verlo entrenar la que era su novia y su amiga Maribel Magro?. quién, por lo que me decían se colaba por mis huesitos. Yo todavía no descifraba muy bien mis sentimientos. Lo cierto es la parte trasera de la parro el celestino Joaquín, «el colas», me incitó a que la acompañara a su casa, cosa que hice mas excitado que emocionado. Me moría de vergüenza. Hablamos un poco y al final le dije lo que se suponía que se esperaba en aquella situación. Ella me dijo que sí. A mitad del camino, la verdad es que vivía bien (allá por el Paseo de la Florida) y me volví corriendo a la parro, supongo que a contar mi gran hazaña, no sin antes quedar para el día siguiente en el guateque de la parro. Ahí es dónde aparezco yo, supongo que algo arregladito para la ocasión pero completamente omnubilado por el entorno. Pronto sentí la presencia de Maribel aunque no podía ni mirarla del vértigo que sentía. Cómo no reaccionaba ella anticipó su experiencia invitándome a bailar … una lenta … glub, es queeee, glub, no se, … bueeno. Lo cierto es que, salvo las amigas de mamá nunca había bailado agarrado. Recto como una vela, con las manos en su cintura, bamboleándome de un lado a otro mientras mi rostro se iba enrojeciendo, calentando, abotargándo. Ni una palabra salió de mi boca. Maribel se debió de quedar tan pasmada que no tuvo más remedio que decirme que lo sentía mucho pero que era un muermo y que dejábamos de salir en ese preciso momento. Siempre la he considerado mi novia oficial más fugaz. No duramos ni 24 horas. Posiblemente ese precedente me estimuló como ninguno para cambiar de actitud. A ello contribuyó mi primer campamento en Mioño, las tardes en torno a alguna guitarra, la deconstrucción de mi relación con los normandos a quienes conocía por «el cebollas» y por los partidos que organizaba junto con Alfonso cuando venía de la laboral.Poco a poco me dí cuenta de las ventajas de aprender a bailar. En parte me ayudaron mis cómplices mencionadas amigas del parque y otras como Ana Mari, Estrella. Me encantaban esos guateques improvisados en las habitaciones de arriba. Con un pequeño tocata que tan sólo paraba para cambiar de disco. Era la época de los supersingles, del Rock’collection. y apareció ella. La chica que marco mi adolescencia. Creo que aprendí a bailar por estar con ella. Me refiero a Dalia.Me encantaba verla en los guateques. Su sonrisa picarona. Su candidez, su dulzura al hablar. Creo que me cautivó y me convirtió en otra persona. Aprendí a bailar lento y con mi gran amigo David a bailar disfrutando. La mayor parte de las veces en aquellos guateques que presidía DJ Alberto blanco con sus discos de negratas. Gracias por presentarme a Steve. Por aquel entonces mis padres no atravesaban un buen momento y mi padre en un intento de atraerme hacia su parte me compró el mejor tocata que un niño de dieciséis años pudiera desear. Me llevó al Corte Inglés y me regaló el equipo de música que todavía utilizo. Nada de compactos. Cada cosa por su lado, era lo in. El plato Dual, un Kenwood de ampli y dos cajas Sony que hicieron las delicias de todos nosotros en más de alguna fiesta. Los del Dynamo crecían y se les hacía pequeña la parro por lo que no fue difícil ocupar un espacio que, por otra parte, teníamos muy interiorizado. Allí bajabamos a escuchas a Apódrasis, a David y Chuchi. Y a todos aquellos que hacían sus pinitos en nuestra movida particular. En la sala grande habíamos organizado pequeños eventos para sacar algunas perrillas, incluso Pedro y Javi se ponían en calzones y se calzaban unos buenos bofetones emulando a Legrá, Urtáin o al propio Casius Clay. Al fondo «el bolilla», el pequeño emporio que gobernaban Fernando, el Basilio y Pascual en el que ocurría … de todo. Allí llevábamos nuestros discos y pinchábamos de todo. Desde Kiss al «People stay, just a little bit longuer», de los Gibson Brothers a George Benson, De Miguel Bosé a Ramoncín. Eagles, Kansas, Chicago, Santana, América, Earthe, Wind and Fire. El primer Hip Hop. En Nochevieja tirábamos la casa por la ventana. Nos íbamos a Leganitos a alquilar un «peazo equipo». Dos platos. Ampli de la muerte. Luces para lentas, incluso un año alguien llevó una bola de discoteca. Música hasta el amanecer que incluía el after de año nuevo.porque los equipos no se devolvían hasta el día 2. Pinchábamos, bailábamos, besábamos, envidiábamos, deseábamos, descontrolábamos. Siempre «sin malicia», … como decía Santiago. «la lirio la lirio tiene, tiene una pena la lirio». El día en el que el boca a oído extendió la idea de que nuestro edén se convertía en centro de día para las personas mayores comenzaron a sepultarse nuestros recuerdos. Cierto es que las cosas estaban cambiando. También nosotros teníamos nuevos horizontes.

Hasta el Quiosco de Concha

Al otro lado del portal estaba la panadería y la huevería de Santiago dónde comprábamos el pan, los huevos blancos y según la edad los suizos, croisants, donuts, bonys, bucaneros, donuts con chocolate, tigretones, panteras rosa, palmeras de chocolate o cualquier delicia para el paladar de cualquiera que no superara los ciento treinta centímetros.

Más allá se encontraba la tienda de ultramarinos de Ángel (que me llamaba Iribar), y entre ambos establecimientos el portal del 34 dónde vivían mis amigos Javi y Jorge.

Con Javi tenía cierta complicidad, siempre he dicho que es mi amigo más antiguo. Desde la ventana del cuarto de los juguetes de mi casa se veía su patio privado inserto en el patio común al que me he referido. Nos llamábamos para salir, nos tirábamos cosas, subía a mi casa, bajaba a la suya, cosas de chavales que dejamos de disfrutar cuando sus padres se mudaron a un piso en el mismo portal.

También allí vívía Jorge que tenía un hermano mayor y una hermana más pequeña. Subíamos a su casa y su madre nos daba galletas con chocolate. Su padre un día les abandonó y la vida de mi amigo cambió por completo. No sé como fue pero poco a poco nos fuimos viendo cada vez menos aunque siento un gran cariño por él, más intenso que el que siento por León quizás porque a este último le deje de ver hace ya mucho tiempo.

El 36 era una casa en cuyos locales estaba xxx y un poco más allá la carnicería de Enrique que cuando iba con mi madre me regalaba caramelos de violeta imperial. En el portal vivía la señora Julia quién tenía un carrito de bebés adaptado dónde desplegaba un espléndido surtido de chuches en espacios perfectamente distribuidos y pequeñas baratijas que colgaban por los lados. Allí comprábamos nuestras primeras chuches. Los chicles bazoka, los regalices rojos y negros, los sacis, los caramelitos de nata, los balines de regaliz, el paloluz, las palominas, las pipas y los kikos, También vendía los sobres de soldaditos de diferentes ejércitos, de indios y vaqueros, de aviones y de carros de combate, las peonzas con sus lazos a los que colocábamos en su estremo las monedas de dos reales, los escubidus.., Un pequeño bazar en el que solía gastarme parte de la moneda de 2,5 que me daba mi abuelo Marcos cada vez que íbamos a verle a Toledo.

Un poco más allá estaba el kiosko de Concha, ayudados por sus hijos Mauro y xxxx, dónde comprábamos el periódico, las revistas y los cromos de esas colecciones tan difíciles de completar.

Allí estaba la parada del autobús que me llevaba al colegio junto a otros chicos de otras zonas del barrio que al principio no conocía y que con el tiempo contribuyeron a que incluyera otros circulo concéntrico relacional. De mi parada estaban Lorenzo, Campillo, los Fragoso, Francisco Pastor y su hermano Willy, Guillermo Sanz, etc. todos con nuestros uniformes reglamentarios. En el autobús ya ocupaban sus asientos otros convecinos compañeros del cole que habían subido en paradas anteriores Luis Nadal, Justo y su hermano Valentín, etc. y aún quedaban por subir otros de los hotelitos y de la zona de Santa Fe. No resulte extraña esta trayectoria porque en aquél tiempo Comandante Fortea era de dos direcciones.

Hasta la Mantequería Sánchez

Según se bajaba el escalón situado a la entrada del portal a mano izquierda, allí dónde había una cruz realizada sobre el cemento, contaba la leyenda que Doña María enterró a un perrito que se le murió. En ese sentido estaba la bodega de Gimeno. Un señor bajito con el pelo cano que tenía como ayudante a quién siempre conocimos como el bodegof. La bodega era de las que ya no existen. Tenía diferentes cubas dónde almacenaba vino y otras con aceite que vendían a granel. Me encantaba bajar con mi padre a comprar el vino no sólo porque a veces me invitaban a un traquito de Quina Santa Catalina sino porque me encantaba ver funcionar la bomba que emvasaba el aceite, limpiar el interior de las botellas presionando sobre el dispositivo del que salía un chorro de agua a presión y sobre todo porque me daban chapas de Cinzano y Martini para jugar a las chapas.

Cuando la bodega cerraba al mediodía aprovechábamos para jugar a las chapas en el largo escalón que le daba entrada. La salida la teníamos en el escalón de mi portal. Desde allí un ligero pero certero golpe con los dedos debía hacer saltar la chapa hasta el escalón de la bodega sin que cayera a la calle. El siguiente golpe debía de aproximarnos al dintel que separaba las dos puertas del establecimiento dónde el escalón se estrechaba en el sentido de la carrera dejando un carril de tan sólo tres dedos por dónde la chapa debía desplazarse unos cuarenta centímetros en el tercer impulso. Atravesada la estrechez un certero cuarto golpe con el lateral del dedo índice podía darte la victoria si desbordabas el escalón al final de su tramo largo.

Cuantas tardes pensando en cómo sería el limbo al que había ido ell pobre perro de Doña María, dándole a las chapas, jugando al «Gallo o gallina» agrupando las hojas de una ramita de acacias con un sutil desliz de los dedos hasta crear un pequeño penacho, desgranando las vainas de sus frutos no comestibles, disfrutando de los charcos con nuestras botas catiuscas e intentando ser el «rey de la montaña» de un montón de tierra que delataba alguna obra cercana.

Más alá de la bodega estaba la lechería de Pepe y Choni en la que su padre Eco también tenía a disposición de los clientes las bombonas de butano que alimentaban las cocinas y calentadores de nuestras casas. Su casa estaba en la trastienda del establecimiento y en ocasiones jugueteábamos por su habitación no sin molestar a su madre que estaba pendiente de la tienda en la que se oía el tintinear de las botellas de leche y de los yogures entonces retornabes más que reciclables.Reconozco que me sorprendía la habilidad de despachar que tenían Pepe y Choni cuando su madre estaba ocupada.

El parque pequeño

En el parque pequeño jugaba con Pepe Bonacasa, los hermanos Villapalos, Chiqui, Carlos Fuentes y sus hermanas Carmen y Gloria, Caballero, Nonín y los hermanos Calvo (Julio César y xxx),

José el Gordo organizaba los toures de chapas más maravillosos que hayan podido existir, junto a Pedro, Eugenio, Pablete, Ontiveros y los hermanos Casado. Me impactaba la cicatriz que tenía que se hundía entre sus carnes del vientre y que él mostraba con orgullo cuando nos quitábamos las camisetas al principio del verano. En época de la gran carrera todos los que participábamos bajábamos al parque y con nuestras manos extendidas íbamos surcando en la arena el itinerario de la carrera. A Pedro Morollón le encantaba hacer largas rectas porque tenía gran control y potencia para desplazar sus chapas y ganar ventaja sobre los demás. Concluido el recorrido elegíamos los lugares dónde ubicábamos las metas volantes y las montañas de tercera, segunda y primera categoría. Con diversos métodos elegíamos el orden de salida de nuestros. El Bic de Ocaña, el de Eddy Mercks, etc. Yo solía elegir el Kas porque entre sus corredores estaba Nemesio Jiménez un primo mío que era profesional en aquellos momentos, hecho de lo que me enorgullecía y de lo que me permitía presumir. No todo el mundo tenía un pariente ciclista. Ya organizados sacábamos las chapas de los bolsillos. Generalmente de pequeño tamaño para que no pesaran tanto, lijadas en los pavimentos de los portales para mejorar su aerodinámica, perfectamente rotuladas con el símbolo del equipo y con el nombre del ciclista al que representaban colocados en un pequeño cartoncito que introducíamos en el interior de la chapa. Nos íbamos copiando las novedades. A ese simple cartoncillo le poníamos colores, luego le colocábamos encima un pequeño papel del mismo tamaño que hacía las veces de chandal que quitábamos antes de tirar y volvíamos a colocar una vez que paraba su tras el disparo para que el polvo no estropeara el diseño del maillot que tanto nos había costado realizar, Acabamos poníéndo un plástico duro transparente que podía ser limpiado con facilidad al final de la jornada con lo que el chandal únicamente se quitaba al principio del juego y se volvía a poner al final.

. y las disponíamos en la meta para salir. Acabada esta parafernalia en la que ocupábamos cerca de una hora, estábamos listos para comenzar la carrera. Pastor con quién me pasé muchas horas jugando al fútbol de chapas y compitiendo por Carlota. Finalmente los diseños incluyeron las caras de los corredores y las denominaciones que cortábamos de los cromos y pegábamos en las «camisetas» de nuestros jugadores con gran habilidad.

También de la «parro» y de la «Keli Campo» y en tercer nivel del entierro de la sardina, de las fiestas de San Antonio, del Cuartel de la Montaña y de la Estación del Norte.