Rafa Morán

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Rafa Morán (1973-1974)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.
El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Ya con once años, Luis Nadal, amigo y compañero de cole, juegos y ruta, me contó que él estaba en un equipo de baloncesto del barrio y me invitó a probar. No lo dudé ni un momento, le dije que sí. Quedamos con su entrenador un sábado por la mañana. Llovía como no os podéis imaginar. Con la nariz pegada a los cristales del salón de mi casa, pidiéndo al cielo que escampase, mi madre me advertía ¡Cómo vas a bajar con el día que hace! Mi ilusión era implacable.

Con el chandal azul claro del «frayluis» y el chubasquero de rigor me fui dubitativo al parque. Luis y yo quedamos en los “tunelllos” de enfrente de mi casa. A su cita llegó un gigantón desgarbado con ropa deportiva y una pelota de baloncesto. Rafa Morán. Luis nos presentó y se piró porque sus padres le esperaban.

Estaba nervioso con la prueba. Escuché un ligero, ¿vamos? y tuve que apresurarme para seguir el ritmo de sus largas piernas. Llegamos a la cancha del parque para interpretar nuestra peculiar danza bajo la lluvia.

¿Has jugado alguna vez? En el cole. Veamos que sabes hacer. Bota la pelota. Ahora con la otra mano. Tira a canasta. ¿Sabes entrar? ¿Qué es entrar? Corre hacia la canasta y cuando estés cerca coges el balón, das dos pasos y tiras. ¡Ah! creo que si. Bueno, mas o menos. ¿Sabes hacerlo por la izquierda?. No. ¿Quieres aprender? Claro. Volvimos empapados. Mamá, papá, ¡voy a jugar a baloncesto! ¡voy a jugar en el Olímpico 64!

De ese primer equipo solo recuerdo a Luis Nadal , Luis Alburquerque y Oscar el “rata” que eran los otros bases con los que me jugaba el puesto. Luis era mi compañero y mi competidor directo. Aunque botaba francamente bien, no lo hacía, ni de lejos, como su hermano Carlos (de quién recuerdo un memorable partido que hizo ante el Real Madrid unos años más tarde).

No se me daba mal. Botaba la pelota con la derecha, casi llegaba a la línea de fondo y lanzaba la pelota a modo de gancho. A veces un tiro, a veces un pase. ¡Tomaaaaa!. Algún gracioso dirá que seguí haciéndolo de mayor, seguramente algún pivot cuadriculado incapaz de seguir la armonía de la intuición.

Era disciplinado, bastante tímido y deseoso de aprender. Gustaba soplarme el flequillo que me caía por los ojos a todas horas, sobre todo mientras jugaba. Pablete se reía de mi, hasta que resolvimos la cuestión en un forcejeo, detrás de la canasta próxima a la caseta.

Rafa Martín (1972)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

Rafa Martín (1972)

El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.
El Parque en el campeonato de Minibasket de 1972. La foto es del Olímpico 64.

No se como llegué. De pronto, estaba en un equipo. No recuerdo el nombre. Rafa Martín nos entrenaba.

Participábamos en el torneo de minibasket que se jugaba en mi segunda casa. Entre mis compañeros, Octavio y Ontiveros, mayores que yo.

Antes del torneo cogí la rubeola. No iba al cole, no me dejaban bajar y, lo peor, no podía entrenar. Me pasaba el tiempo pegado a mis hermanas para ver si les contagiaba y evitaban así, el ser vacunadas. No hubo suerte. Protestaba todo el día y, de alguna manera, invocaba a quien pudiera interceder en mi sanación. Ansiaba jugar mi primer partido con árbitros. Mi primer partido de verdad. ¡La primera vez que me pondría una camiseta de baloncesto!

¡Más te vale!, amenazó mi mente al cuerpo, y me recuperé justo a tiempo. Quedamos novenos. En el cine San Pol nos dieron los premios. Un boli. Mi primer trofeo. Antes del verano, Tote, uno de mi cole, lo hizo añicos. Desde entonces le apodé “rompeparker”, lo que nos trajo más de una pelea infantil.

Los guateques de la parro

Mi amigo Javi, me echa la bronca porque en el face no hago referencia a los guateques de la parro. En parte lo hago porque para mi no fueron los únicos, claro que así éramos los del parque. Mi afición ante los guateques la heredé de mis progenitores Leonor y Nicolás.

Si, recuerdo los que organizaban en casa, creo que los fines de año. A ellos asistían sus amistades del barrio. Luces en penumbra, mucho cubata, mucho tabaco y música hasta el amanecer, momento en el que se cogían los «duros» recaudados a quienes se quedaban con la escoba en el turno de las lentas, y desaparecían en busca del chocolare con churros en el conocido San Ginés.

Tendría yo mis siete u ocho años cuando Jesús Blanquer, el padre de Kiko me sirvió el primer «Martini» dulzón que causó los primeros desequilibrios de, probablemente mi primera melopea. Mientras tanto sonaba el «queeeeee grande es el disco sorpresa de fundador…» que precedía al tema de éxito de los sesenta o cualquiera de los numerosos singles que se daban cita en casa.

Y es que quienes sobrevivimos a esos tiempos llevamos el formol corriendo por nuestras venas. Íbamos creciendo y mi madre organizaba pequeñas fiestecillas en casa con amistades allegadas.T

amibén recuerdo alguna que otra fiesta en otras casas. Presiento que giraban en torno al cumpleaños de mi hermana Leonor porque apenas recuerdo la presencia de chicos. Recuerdo a Isolina, Lola y la pequeña Rebeca, Silvia y cómo, Carlota la primera chica que me gustó y, probablemente, a quién guste.

Aunque en aquel entonces no lo tenía tan claro. La melillense anfitriona nos preparaba chanquetes para ir picando, caseras, cocacolas y mirindas algunas patatas fritas y no recuerdo más. Bailábamos, o eso creíamos, con discos que les cogíamos a los mayores aunque eso de las lentas todavía no era para nosotros.

La pandilla a la que pertenecía se iba modificando, a lo que contribuía la alternancia de los veranos en la piscina del Cuartel de la Montaña, los otoños y primaveras del parque y los inviernos domésticos. Llegaron otras chicas y ya recuerdo algún que otro chico. Mi gran amigo Lorenzo, Alodia, Flor, y más tarde Isabel, Esther, mi primera novia con derecho a consumición como decía Josilio.En ese interín apareció el comediscos con el que de vez en cuando, y no muchas veces nos íbamos de excursión a las casitas en las que se celebraba la Feria del Campo. A veces íbamos directamente,a menear el esqueleto, otras después de atravesar los Peligros de Penélope, allá cerca del Lago de la Casas de Campo. En ocasiones topábamos con alguna pandilla de la Avenida de Portugal y acabábamos discutiendo y batallando por nuestro lugar de celebraciones. Como si fuera ayer viene a mi mente el día en que votamos si íbamos a la parro o no. Supongo que no estaba muy convencido porque no guardaba buen recuerdo de la primera vez que estuve por allí en respuesta a una convocatoria que probablemente hizo Donagus (A decir verdad si que guardé unos por unos cuantos años. El que fuera mi amigo Yago).. Lo cierto es que no había quién pudiera con los fríos invernales de mi bucólico parque y pronto desembarcamos en un entorno que, como la «sin par» no tenía igual. Pura esfervescencia juvenil, innumerables chicas y chicos, nuevas amistades,todo en la mejor casa de la juventud que haya existido en el país de nunca jamás. No guardo buen recuerdo de mi primer guateque. Por aquel entonces, Jaime Bech jugaba en mi equipo de baloncesto y, de vez en cuando venían a verlo entrenar la que era su novia y su amiga Maribel Magro?. quién, por lo que me decían se colaba por mis huesitos. Yo todavía no descifraba muy bien mis sentimientos. Lo cierto es la parte trasera de la parro el celestino Joaquín, «el colas», me incitó a que la acompañara a su casa, cosa que hice mas excitado que emocionado. Me moría de vergüenza. Hablamos un poco y al final le dije lo que se suponía que se esperaba en aquella situación. Ella me dijo que sí. A mitad del camino, la verdad es que vivía bien (allá por el Paseo de la Florida) y me volví corriendo a la parro, supongo que a contar mi gran hazaña, no sin antes quedar para el día siguiente en el guateque de la parro. Ahí es dónde aparezco yo, supongo que algo arregladito para la ocasión pero completamente omnubilado por el entorno. Pronto sentí la presencia de Maribel aunque no podía ni mirarla del vértigo que sentía. Cómo no reaccionaba ella anticipó su experiencia invitándome a bailar … una lenta … glub, es queeee, glub, no se, … bueeno. Lo cierto es que, salvo las amigas de mamá nunca había bailado agarrado. Recto como una vela, con las manos en su cintura, bamboleándome de un lado a otro mientras mi rostro se iba enrojeciendo, calentando, abotargándo. Ni una palabra salió de mi boca. Maribel se debió de quedar tan pasmada que no tuvo más remedio que decirme que lo sentía mucho pero que era un muermo y que dejábamos de salir en ese preciso momento. Siempre la he considerado mi novia oficial más fugaz. No duramos ni 24 horas. Posiblemente ese precedente me estimuló como ninguno para cambiar de actitud. A ello contribuyó mi primer campamento en Mioño, las tardes en torno a alguna guitarra, la deconstrucción de mi relación con los normandos a quienes conocía por «el cebollas» y por los partidos que organizaba junto con Alfonso cuando venía de la laboral.Poco a poco me dí cuenta de las ventajas de aprender a bailar. En parte me ayudaron mis cómplices mencionadas amigas del parque y otras como Ana Mari, Estrella. Me encantaban esos guateques improvisados en las habitaciones de arriba. Con un pequeño tocata que tan sólo paraba para cambiar de disco. Era la época de los supersingles, del Rock’collection. y apareció ella. La chica que marco mi adolescencia. Creo que aprendí a bailar por estar con ella. Me refiero a Dalia.Me encantaba verla en los guateques. Su sonrisa picarona. Su candidez, su dulzura al hablar. Creo que me cautivó y me convirtió en otra persona. Aprendí a bailar lento y con mi gran amigo David a bailar disfrutando. La mayor parte de las veces en aquellos guateques que presidía DJ Alberto blanco con sus discos de negratas. Gracias por presentarme a Steve. Por aquel entonces mis padres no atravesaban un buen momento y mi padre en un intento de atraerme hacia su parte me compró el mejor tocata que un niño de dieciséis años pudiera desear. Me llevó al Corte Inglés y me regaló el equipo de música que todavía utilizo. Nada de compactos. Cada cosa por su lado, era lo in. El plato Dual, un Kenwood de ampli y dos cajas Sony que hicieron las delicias de todos nosotros en más de alguna fiesta. Los del Dynamo crecían y se les hacía pequeña la parro por lo que no fue difícil ocupar un espacio que, por otra parte, teníamos muy interiorizado. Allí bajabamos a escuchas a Apódrasis, a David y Chuchi. Y a todos aquellos que hacían sus pinitos en nuestra movida particular. En la sala grande habíamos organizado pequeños eventos para sacar algunas perrillas, incluso Pedro y Javi se ponían en calzones y se calzaban unos buenos bofetones emulando a Legrá, Urtáin o al propio Casius Clay. Al fondo «el bolilla», el pequeño emporio que gobernaban Fernando, el Basilio y Pascual en el que ocurría … de todo. Allí llevábamos nuestros discos y pinchábamos de todo. Desde Kiss al «People stay, just a little bit longuer», de los Gibson Brothers a George Benson, De Miguel Bosé a Ramoncín. Eagles, Kansas, Chicago, Santana, América, Earthe, Wind and Fire. El primer Hip Hop. En Nochevieja tirábamos la casa por la ventana. Nos íbamos a Leganitos a alquilar un «peazo equipo». Dos platos. Ampli de la muerte. Luces para lentas, incluso un año alguien llevó una bola de discoteca. Música hasta el amanecer que incluía el after de año nuevo.porque los equipos no se devolvían hasta el día 2. Pinchábamos, bailábamos, besábamos, envidiábamos, deseábamos, descontrolábamos. Siempre «sin malicia», … como decía Santiago. «la lirio la lirio tiene, tiene una pena la lirio». El día en el que el boca a oído extendió la idea de que nuestro edén se convertía en centro de día para las personas mayores comenzaron a sepultarse nuestros recuerdos. Cierto es que las cosas estaban cambiando. También nosotros teníamos nuevos horizontes.

Hasta el Quiosco de Concha

Al otro lado del portal estaba la panadería y la huevería de Santiago dónde comprábamos el pan, los huevos blancos y según la edad los suizos, croisants, donuts, bonys, bucaneros, donuts con chocolate, tigretones, panteras rosa, palmeras de chocolate o cualquier delicia para el paladar de cualquiera que no superara los ciento treinta centímetros.

Más allá se encontraba la tienda de ultramarinos de Ángel (que me llamaba Iribar), y entre ambos establecimientos el portal del 34 dónde vivían mis amigos Javi y Jorge.

Con Javi tenía cierta complicidad, siempre he dicho que es mi amigo más antiguo. Desde la ventana del cuarto de los juguetes de mi casa se veía su patio privado inserto en el patio común al que me he referido. Nos llamábamos para salir, nos tirábamos cosas, subía a mi casa, bajaba a la suya, cosas de chavales que dejamos de disfrutar cuando sus padres se mudaron a un piso en el mismo portal.

También allí vívía Jorge que tenía un hermano mayor y una hermana más pequeña. Subíamos a su casa y su madre nos daba galletas con chocolate. Su padre un día les abandonó y la vida de mi amigo cambió por completo. No sé como fue pero poco a poco nos fuimos viendo cada vez menos aunque siento un gran cariño por él, más intenso que el que siento por León quizás porque a este último le deje de ver hace ya mucho tiempo.

El 36 era una casa en cuyos locales estaba xxx y un poco más allá la carnicería de Enrique que cuando iba con mi madre me regalaba caramelos de violeta imperial. En el portal vivía la señora Julia quién tenía un carrito de bebés adaptado dónde desplegaba un espléndido surtido de chuches en espacios perfectamente distribuidos y pequeñas baratijas que colgaban por los lados. Allí comprábamos nuestras primeras chuches. Los chicles bazoka, los regalices rojos y negros, los sacis, los caramelitos de nata, los balines de regaliz, el paloluz, las palominas, las pipas y los kikos, También vendía los sobres de soldaditos de diferentes ejércitos, de indios y vaqueros, de aviones y de carros de combate, las peonzas con sus lazos a los que colocábamos en su estremo las monedas de dos reales, los escubidus.., Un pequeño bazar en el que solía gastarme parte de la moneda de 2,5 que me daba mi abuelo Marcos cada vez que íbamos a verle a Toledo.

Un poco más allá estaba el kiosko de Concha, ayudados por sus hijos Mauro y xxxx, dónde comprábamos el periódico, las revistas y los cromos de esas colecciones tan difíciles de completar.

Allí estaba la parada del autobús que me llevaba al colegio junto a otros chicos de otras zonas del barrio que al principio no conocía y que con el tiempo contribuyeron a que incluyera otros circulo concéntrico relacional. De mi parada estaban Lorenzo, Campillo, los Fragoso, Francisco Pastor y su hermano Willy, Guillermo Sanz, etc. todos con nuestros uniformes reglamentarios. En el autobús ya ocupaban sus asientos otros convecinos compañeros del cole que habían subido en paradas anteriores Luis Nadal, Justo y su hermano Valentín, etc. y aún quedaban por subir otros de los hotelitos y de la zona de Santa Fe. No resulte extraña esta trayectoria porque en aquél tiempo Comandante Fortea era de dos direcciones.

Hasta la Mantequería Sánchez

Según se bajaba el escalón situado a la entrada del portal a mano izquierda, allí dónde había una cruz realizada sobre el cemento, contaba la leyenda que Doña María enterró a un perrito que se le murió. En ese sentido estaba la bodega de Gimeno. Un señor bajito con el pelo cano que tenía como ayudante a quién siempre conocimos como el bodegof. La bodega era de las que ya no existen. Tenía diferentes cubas dónde almacenaba vino y otras con aceite que vendían a granel. Me encantaba bajar con mi padre a comprar el vino no sólo porque a veces me invitaban a un traquito de Quina Santa Catalina sino porque me encantaba ver funcionar la bomba que emvasaba el aceite, limpiar el interior de las botellas presionando sobre el dispositivo del que salía un chorro de agua a presión y sobre todo porque me daban chapas de Cinzano y Martini para jugar a las chapas.

Cuando la bodega cerraba al mediodía aprovechábamos para jugar a las chapas en el largo escalón que le daba entrada. La salida la teníamos en el escalón de mi portal. Desde allí un ligero pero certero golpe con los dedos debía hacer saltar la chapa hasta el escalón de la bodega sin que cayera a la calle. El siguiente golpe debía de aproximarnos al dintel que separaba las dos puertas del establecimiento dónde el escalón se estrechaba en el sentido de la carrera dejando un carril de tan sólo tres dedos por dónde la chapa debía desplazarse unos cuarenta centímetros en el tercer impulso. Atravesada la estrechez un certero cuarto golpe con el lateral del dedo índice podía darte la victoria si desbordabas el escalón al final de su tramo largo.

Cuantas tardes pensando en cómo sería el limbo al que había ido ell pobre perro de Doña María, dándole a las chapas, jugando al «Gallo o gallina» agrupando las hojas de una ramita de acacias con un sutil desliz de los dedos hasta crear un pequeño penacho, desgranando las vainas de sus frutos no comestibles, disfrutando de los charcos con nuestras botas catiuscas e intentando ser el «rey de la montaña» de un montón de tierra que delataba alguna obra cercana.

Más alá de la bodega estaba la lechería de Pepe y Choni en la que su padre Eco también tenía a disposición de los clientes las bombonas de butano que alimentaban las cocinas y calentadores de nuestras casas. Su casa estaba en la trastienda del establecimiento y en ocasiones jugueteábamos por su habitación no sin molestar a su madre que estaba pendiente de la tienda en la que se oía el tintinear de las botellas de leche y de los yogures entonces retornabes más que reciclables.Reconozco que me sorprendía la habilidad de despachar que tenían Pepe y Choni cuando su madre estaba ocupada.

El parque pequeño

En el parque pequeño jugaba con Pepe Bonacasa, los hermanos Villapalos, Chiqui, Carlos Fuentes y sus hermanas Carmen y Gloria, Caballero, Nonín y los hermanos Calvo (Julio César y xxx),

José el Gordo organizaba los toures de chapas más maravillosos que hayan podido existir, junto a Pedro, Eugenio, Pablete, Ontiveros y los hermanos Casado. Me impactaba la cicatriz que tenía que se hundía entre sus carnes del vientre y que él mostraba con orgullo cuando nos quitábamos las camisetas al principio del verano. En época de la gran carrera todos los que participábamos bajábamos al parque y con nuestras manos extendidas íbamos surcando en la arena el itinerario de la carrera. A Pedro Morollón le encantaba hacer largas rectas porque tenía gran control y potencia para desplazar sus chapas y ganar ventaja sobre los demás. Concluido el recorrido elegíamos los lugares dónde ubicábamos las metas volantes y las montañas de tercera, segunda y primera categoría. Con diversos métodos elegíamos el orden de salida de nuestros. El Bic de Ocaña, el de Eddy Mercks, etc. Yo solía elegir el Kas porque entre sus corredores estaba Nemesio Jiménez un primo mío que era profesional en aquellos momentos, hecho de lo que me enorgullecía y de lo que me permitía presumir. No todo el mundo tenía un pariente ciclista. Ya organizados sacábamos las chapas de los bolsillos. Generalmente de pequeño tamaño para que no pesaran tanto, lijadas en los pavimentos de los portales para mejorar su aerodinámica, perfectamente rotuladas con el símbolo del equipo y con el nombre del ciclista al que representaban colocados en un pequeño cartoncito que introducíamos en el interior de la chapa. Nos íbamos copiando las novedades. A ese simple cartoncillo le poníamos colores, luego le colocábamos encima un pequeño papel del mismo tamaño que hacía las veces de chandal que quitábamos antes de tirar y volvíamos a colocar una vez que paraba su tras el disparo para que el polvo no estropeara el diseño del maillot que tanto nos había costado realizar, Acabamos poníéndo un plástico duro transparente que podía ser limpiado con facilidad al final de la jornada con lo que el chandal únicamente se quitaba al principio del juego y se volvía a poner al final.

. y las disponíamos en la meta para salir. Acabada esta parafernalia en la que ocupábamos cerca de una hora, estábamos listos para comenzar la carrera. Pastor con quién me pasé muchas horas jugando al fútbol de chapas y compitiendo por Carlota. Finalmente los diseños incluyeron las caras de los corredores y las denominaciones que cortábamos de los cromos y pegábamos en las «camisetas» de nuestros jugadores con gran habilidad.

También de la «parro» y de la «Keli Campo» y en tercer nivel del entierro de la sardina, de las fiestas de San Antonio, del Cuartel de la Montaña y de la Estación del Norte.

El parque

No ubico con precisión el momento en que, por primera vez, lancé una pelota a canasta. Mi madre asegura que fue en el parque, en cuanto las hubo. Allí acudía la chiquillería del vecindario con sus balones. Según las horas y la edad de quienes tiraban, las madres de los más pequeños nos trasladaban al otro parque, donde nos conformábamos con la canasta del estrecho cuadrado de hormigón y con aquellas papeleras que simulaban cestas con redes verdiblancas, en las que jugábamos, marcando con un palo en la tierra, bien las posiciones desde las que tirábamos, bien un círculo concéntrico al aro, que delimitaba la zona que no podía pisar la defensa, en lo que llamábamos partidos. Sólo en una ocasión posterior volví a machacar el aro.

El parque era un sitio espectacular para un niño. Allí pasaba casi todo mi tiempo libre. A diario bajaba después de comer, antes de coger la ruta del cole, y volvía después de merendar y hacer los deberes. Los fines de semana sesión continua. Desde que los guardas abrían sus puertas, hasta que las cerraban, sólo con un breve paréntesis para comer. Siempre para jugar con los amigos. Los columpios, los toboganes, las anillas, un extraño aparato en el que se montaban dos y al mover una palanca se aceleraba dando vueltas hasta marearnos, los partidos de fútbol, las canicas, los partidos de chapas, los “tours”, el “guachi”, las estatuas, el churro… Nuestro particular parque de atracciones.

Al parque llegaban los que compraban pan y periódico, los que salían de misa, las chicas, los que miraban, los y las que jugaban baloncesto, los que venían del rugby, los del fútbol, los que, por la tarde, le daban al balonmano. No había curlin porque no se estilaba. ¡Hasta Rodrigo enseñaba a jugar al hockey, detrás de la torre, poniéndonos revistas como espinilleras!. Supongo que, como palos, utilizábamos los suyos. Y a todo esto había que sumar todo lo que ocurría en la “parro” que, a esa edad, yo desconocía. A fin de cuentas, siempre fui un chico del parque.

El portal

Asociados a cada edad tengo recuerdos casi concéntricos al lugar dónde vivía, en la calle del Comandante Fortea 32, 1º

Primero el portal dónde estaba la casa de mis padres y nuestros vecnios. En la segunda planta vivía la Señora María, Viuda de Tellería, el compositor de la música del «Cara al Sol», con sus dos hijas xxx y Conchita . En la tercera planta vivían Maximino y Felisa con sus dos hijas que finalmente fueron tres: Pilar, Mari Mar y no recuerdo el de la pequeña. En la cuarta planta Marisa, madre de Juan Carlos, Marisa y Mari Cruz.

Recuerdo cuando jugábamos en el portal. Por aquel entonces no tenía portero automático. El pavimento era del aglomerado típico de las viviendas de protección oficial de la época. Nuestra vecina Lola las refregaba hincando sus rodillas en el suelo y dándole con el cepillo. Me encantaba saltar las escaleras agarrando el último barrote de cada tramo y convirtiendo en reto el deseo de lanzarme cada vez desde un escalón más alto. Saltába, cogía los barrotes y la inercia me hacía girar hasta caer en el suelo. A veces me trastabillába dándome algún que otro golpe, otras veía frustrado mi vuelo porque algún clic, clac anunciaba la presencia de alguien del vecindario que pudiera reñír mi pequeña fechoría.

En el portal jugábamos a «pies quietos» mientras subíamos los cuatro peldaños que albergaba. Nos encantaba colarnos en el patio que compartíamos los habitantes de los cinco portales que lo rodeaban y cuya entrada estaba en nuestro portal, cuando a alguien se le caía algo de algún tendedero. Generalmente la llave para entrar al patio la tenían en la bodega. Entrar en aquella pequeña selva dónde cantaban gorriones y palomas era inusual y nos encantaba ayudar a encontrar el objeto caído y devolvérselo a la persona interesada esperando un gracias chaval que nos hiciera sentir un poco de orgullo personal al sentirnos importantes. Allí encontrábamos pinzas de la ropa junto a pequeños objetos inservibles que daban pié a nuestra inventiva particular. Nuestro gozo era fugaz pues cumplido el objetivo teníamos que salir con quién habíamos entrado antes de cerrar la puerta con llave y devolvérsela al bodeguero. Mi hermana Leonor, Javi Orellana, Jorge, Pepe y Choni,formaban parte del grupo de los primeros amigos que correteábamos por allí.

Según se bajaba el escalón situado a la entrada del portal a mano izquierda, allí dónde había una cruz realizada sobre el cemento, contaba la leyenda que Doña María enterró a un perrito que se le murió. En ese sentido estaba la bodega de Gimeno. Un señor bajito con el pelo cano que tenía como ayudante a quién siempre conocimos como «el bodegof». La bodega era de las que ya no existen. Tenía diferentes cubas dónde almacenaba vino y otras con aceite que vendían a granel. Me encantaba bajar con mi padre a comprar el vino no sólo porque a veces me invitaban a un traquito de Quina Santa Catalina sino porque me encantaba ver funcionar la bomba que emvasaba el aceite, limpiar el interior de las botellas presionando sobre el dispositivo del que salía un chorro de agua a presión y sobre todo porque me daban chapas de Cinzano y Martini para jugar a las chapas.

Cuando la bodega cerraba al mediodía aprovechábamos para jugar a las chapas en el largo escalón que le daba entrada. La salida la teníamos en el escalón de mi portal. Desde allí un ligero pero certero golpe con los dedos debía hacer saltar la chapa hasta el escalón de la bodega sin que cayera a la acera. El siguiente golpe debía de aproximarnos al dintel que separaba las dos puertas del establecimiento dónde el escalón se estrechaba en el sentido de la carrera dejando un carril de tan sólo tres dedos por dónde la chapa debía desplazarse unos cuarenta centímetros en el tercer impulso. Atravesada la estrechez un certero cuarto golpe con el lateral del dedo índice podía darte la victoria si desbordabas el escalón al final de su tramo largo. En situaciones desesperadas y ya perdida la carrera por haber hecho fuera en los primeros intentos, nos la jugabamos a intentar pasar el estrecho de un solo golpe. A veces sonaba la flauta.

Cuantas tardes pensando en cómo sería el limbo al que había ido ell pobre perro de Doña María, dándole a las chapas, jugando al «Gallo o gallina» agrupando las hojas de una ramita de acacias con un sutil desliz de los dedos hasta crear un pequeño penacho, desgranando las vainas de sus frutos no comestibles, disfrutando de los charcos con nuestras botas catiuscas e intentando ser el «rey de la montaña» de un montón de tierra de alguna obra cercana.

Más alá de la bodega estaba la lechería de Pepe y Choni en la que su padre, Eco, también tenía a disposición de los clientes las bombonas de butano que alimentaban las cocinas y calentadores de nuestras casas. Su casa estaba en la trastienda del establecimiento y en ocasiones jugueteábamos por su habitación no sin molestar a su madre que estaba pendiente de la tienda en la que se oía el tintinear de las botellas de leche y de los yogures entonces retornabes más que reciclables.Reconozco que me sorprendía la habilidad de despachar que tenían Pepe y Choni cuando su madre estaba ocupada.

Al otro lado del portal estaba la panadería y la huevería de Santiago dónde comprábamos el pan, los huevos blancos y según la edad los suizos, croisants, donuts, bonys, bucaneros, donuts con chocolate, tigretones, panteras rosa, palmeras de chocolate o cualquier delicia para el paladar de cualquiera que no superara los ciento treinta centímetros. Más allá se encontraba la tienda de ultramarinos de Ángel (que me llamaba Iribar), y entre ambos establecimientos el portal del 34 dónde vivían mis amigos Javi y Jorge. Con Javi tenía cierta complicidad, siempre he dicho que es mi amigo más antiguo. Desde la ventana del cuarto de los juguetes de mi casa se veía su patio privado inserto en el patio común al que me he referido. Nos llamábamos para salir, nos tirábamos cosas, subía a mi casa, bajaba a la suya, cosas de chavales que dejamos de disfrutar cuando sus padres se mudaron a un piso en el mismo portal. También allí vívía Jorge que tenía un hermano mayor y una hermana más pequeña. Subíamos a su casa y su madre nos daba galletas con chocolate. Su padre un día les abandonó y la vida de mi amigo cambió por completo. No sé como fue pero poco a poco nos fuimos viendo cada vez menos aunque siento un gran cariño por él, más intenso que el que siento por León quizás porque a este último le deje de ver hace ya mucho tiempo.

El 36 era una casa en cuyos locales estaba xxx y un poco más allá la carnicería de Enrique que cuando iba con mi madre me regalaba caramelos de violeta imperial. En el portal vivía la señora Julia quién tenía un carrito de bebés adaptado dónde desplegaba un espléndido surtido de chuches en espacios perfectamente distribuidos y pequeñas baratijas que colgaban por los lados. Allí comprábamos nuestras primeras chuches. Los chicles bazoka, los regalices rojos y negros, los sacis, los caramelitos de nata, los balines de regaliz, el paloluz, las palominas, las pipas y los kikos, También vendía los sobres de soldaditos de diferentes ejércitos, de indios y vaqueros, de aviones y de carros de combate, las peonzas con sus lazos a los que colocábamos en su estremo las monedas de dos reales, los escubidus.., Un pequeño bazar en el que solía gastarme parte de la moneda de 2,5 que me daba mi abuelo Marcos cada vez que íbamos a verle a Toledo.

Un poco más allá estaba el kiosko de Concha, ayudados por sus hijos Mauro y xxxx, dónde comprábamos el periódico, las revistas y los cromos de esas colecciones tan difíciles de completar. Allí estaba la parada del autobús que me llevaba al colegio junto a otros chicos de otras zonas del barrio que al principio no conocía y que con el tiempo contribuyeron a que incluyera otros circulo concéntrico relacional. De mi parada estaban Lorenzo, Campillo, los Fragoso, Francisco Pastor y su hermano Willy, Guillermo Sanz, etc. todos con nuestros uniformes reglamentarios. En el autobús ya ocupaban sus asientos otros convecinos compañeros del cole que habían subido en paradas anteriores Luis Nadal, Justo y su hermano Valentín, etc. y aún quedaban por subir otros de los hotelitos y de la zona de Santa Fe. No resulte extraña esta trayectoria porque en aquél tiempo Comandante Fortea era de dos direcciones.

En el parque pequeño jugaba con Pepe Bonacasa, los hermanos Villapalos, Chiqui, Carlos Fuentes y sus hermanas Carmen y Gloria, Caballero, Nonín y los hermanos Calvo (José Manuel y Julio César),

José el Gordo organizaba los toures de chapas más maravillosos que hayan podido existir, junto a Pedro, Eugenio, Pablete, Ontiveros y los hermanos Casado. Me impactaba la cicatriz que tenía que se hundía entre sus carnes del vientre y que él mostraba con orgullo cuando nos quitábamos las camisetas al principio del verano. En época de la gran carrera todos los que participábamos bajábamos al parque y con nuestras manos extendidas íbamos surcando en la arena el itinerario de la carrera. A Pedro Morollón le encantaba hacer largas rectas porque tenía gran control y potencia para desplazar sus chapas y ganar ventaja sobre los demás. Concluido el recorrido elegíamos los lugares dónde ubicábamos las metas volantes y las montañas de tercera, segunda y primera categoría. Con diversos métodos elegíamos el orden de salida de nuestros. El Bic de Ocaña, el de Eddy Mercks, etc. Yo solía elegir el Kas porque entre sus corredores estaba Nemesio Jiménez un primo mío que era profesional en aquellos momentos, hecho de lo que me enorgullecía y de lo que me permitía presumir. No todo el mundo tenía un pariente ciclista. Ya organizados sacábamos las chapas de los bolsillos. Generalmente de pequeño tamaño para que no pesaran tanto, lijadas en los pavimentos de los portales para mejorar su aerodinámica, perfectamente rotuladas con el símbolo del equipo y con el nombre del ciclista al que representaban colocados en un pequeño cartoncito que introducíamos en el interior de la chapa. Nos íbamos copiando las novedades. A ese simple cartoncillo le poníamos colores, luego le colocábamos encima un pequeño papel del mismo tamaño que hacía las veces de chandal que quitábamos antes de tirar y volvíamos a colocar una vez que paraba su tras el disparo para que el polvo no estropeara el diseño del maillot que tanto nos había costado realizar, Acabamos poníéndo un plástico duro transparente que podía ser limpiado con facilidad al final de la jornada con lo que el chandal únicamente se quitaba al principio del juego y se volvía a poner al final.

. y las disponíamos en la meta para salir. Acabada esta parafernalia en la que ocupábamos cerca de una hora, estábamos listos para comenzar la carrera. Pastor con quién me pasé muchas horas jugando al fútbol de chapas y compitiendo por Carlota. Finalmente los diseños incluyeron las caras de los corredores y las denominaciones que cortábamos de los cromos y pegábamos en las «camisetas» de nuestros jugadores con gran habilidad.

También de la «parro» y de la «Keli Campo» y en tercer nivel del entierro de la sardina, de las fiestas de San Antonio, del Cuartel de la Montaña y de la Estación del Norte.

Leonor y Nicolás

Una historia digna de escribirse. Sobre todo por mi madre. Una mujer, como muchas otras mujeres que tuvieron que abrirse camino en un mundo hostil en el que el varón dominaba la situación familiar y minaba la independencia económica de la mujer.

Con un gran carácter, independencia y fantásticos valores que tuvo que luchar viento y marea contra numerosas vicisitudes.