El parque

No ubico con precisión el momento en que, por primera vez, lancé una pelota a canasta. Mi madre asegura que fue en el parque, en cuanto las hubo. Allí acudía la chiquillería del vecindario con sus balones. Según las horas y la edad de quienes tiraban, las madres de los más pequeños nos trasladaban al otro parque, donde nos conformábamos con la canasta del estrecho cuadrado de hormigón y con aquellas papeleras que simulaban cestas con redes verdiblancas, en las que jugábamos, marcando con un palo en la tierra, bien las posiciones desde las que tirábamos, bien un círculo concéntrico al aro, que delimitaba la zona que no podía pisar la defensa, en lo que llamábamos partidos. Sólo en una ocasión posterior volví a machacar el aro.

El parque era un sitio espectacular para un niño. Allí pasaba casi todo mi tiempo libre. A diario bajaba después de comer, antes de coger la ruta del cole, y volvía después de merendar y hacer los deberes. Los fines de semana sesión continua. Desde que los guardas abrían sus puertas, hasta que las cerraban, sólo con un breve paréntesis para comer. Siempre para jugar con los amigos. Los columpios, los toboganes, las anillas, un extraño aparato en el que se montaban dos y al mover una palanca se aceleraba dando vueltas hasta marearnos, los partidos de fútbol, las canicas, los partidos de chapas, los “tours”, el “guachi”, las estatuas, el churro… Nuestro particular parque de atracciones.

Al parque llegaban los que compraban pan y periódico, los que salían de misa, las chicas, los que miraban, los y las que jugaban baloncesto, los que venían del rugby, los del fútbol, los que, por la tarde, le daban al balonmano. No había curlin porque no se estilaba. ¡Hasta Rodrigo enseñaba a jugar al hockey, detrás de la torre, poniéndonos revistas como espinilleras!. Supongo que, como palos, utilizábamos los suyos. Y a todo esto había que sumar todo lo que ocurría en la “parro” que, a esa edad, yo desconocía. A fin de cuentas, siempre fui un chico del parque.

El portal

Asociados a cada edad tengo recuerdos casi concéntricos al lugar dónde vivía, en la calle del Comandante Fortea 32, 1º

Primero el portal dónde estaba la casa de mis padres y nuestros vecnios. En la segunda planta vivía la Señora María, Viuda de Tellería, el compositor de la música del «Cara al Sol», con sus dos hijas xxx y Conchita . En la tercera planta vivían Maximino y Felisa con sus dos hijas que finalmente fueron tres: Pilar, Mari Mar y no recuerdo el de la pequeña. En la cuarta planta Marisa, madre de Juan Carlos, Marisa y Mari Cruz.

Recuerdo cuando jugábamos en el portal. Por aquel entonces no tenía portero automático. El pavimento era del aglomerado típico de las viviendas de protección oficial de la época. Nuestra vecina Lola las refregaba hincando sus rodillas en el suelo y dándole con el cepillo. Me encantaba saltar las escaleras agarrando el último barrote de cada tramo y convirtiendo en reto el deseo de lanzarme cada vez desde un escalón más alto. Saltába, cogía los barrotes y la inercia me hacía girar hasta caer en el suelo. A veces me trastabillába dándome algún que otro golpe, otras veía frustrado mi vuelo porque algún clic, clac anunciaba la presencia de alguien del vecindario que pudiera reñír mi pequeña fechoría.

En el portal jugábamos a «pies quietos» mientras subíamos los cuatro peldaños que albergaba. Nos encantaba colarnos en el patio que compartíamos los habitantes de los cinco portales que lo rodeaban y cuya entrada estaba en nuestro portal, cuando a alguien se le caía algo de algún tendedero. Generalmente la llave para entrar al patio la tenían en la bodega. Entrar en aquella pequeña selva dónde cantaban gorriones y palomas era inusual y nos encantaba ayudar a encontrar el objeto caído y devolvérselo a la persona interesada esperando un gracias chaval que nos hiciera sentir un poco de orgullo personal al sentirnos importantes. Allí encontrábamos pinzas de la ropa junto a pequeños objetos inservibles que daban pié a nuestra inventiva particular. Nuestro gozo era fugaz pues cumplido el objetivo teníamos que salir con quién habíamos entrado antes de cerrar la puerta con llave y devolvérsela al bodeguero. Mi hermana Leonor, Javi Orellana, Jorge, Pepe y Choni,formaban parte del grupo de los primeros amigos que correteábamos por allí.

Según se bajaba el escalón situado a la entrada del portal a mano izquierda, allí dónde había una cruz realizada sobre el cemento, contaba la leyenda que Doña María enterró a un perrito que se le murió. En ese sentido estaba la bodega de Gimeno. Un señor bajito con el pelo cano que tenía como ayudante a quién siempre conocimos como «el bodegof». La bodega era de las que ya no existen. Tenía diferentes cubas dónde almacenaba vino y otras con aceite que vendían a granel. Me encantaba bajar con mi padre a comprar el vino no sólo porque a veces me invitaban a un traquito de Quina Santa Catalina sino porque me encantaba ver funcionar la bomba que emvasaba el aceite, limpiar el interior de las botellas presionando sobre el dispositivo del que salía un chorro de agua a presión y sobre todo porque me daban chapas de Cinzano y Martini para jugar a las chapas.

Cuando la bodega cerraba al mediodía aprovechábamos para jugar a las chapas en el largo escalón que le daba entrada. La salida la teníamos en el escalón de mi portal. Desde allí un ligero pero certero golpe con los dedos debía hacer saltar la chapa hasta el escalón de la bodega sin que cayera a la acera. El siguiente golpe debía de aproximarnos al dintel que separaba las dos puertas del establecimiento dónde el escalón se estrechaba en el sentido de la carrera dejando un carril de tan sólo tres dedos por dónde la chapa debía desplazarse unos cuarenta centímetros en el tercer impulso. Atravesada la estrechez un certero cuarto golpe con el lateral del dedo índice podía darte la victoria si desbordabas el escalón al final de su tramo largo. En situaciones desesperadas y ya perdida la carrera por haber hecho fuera en los primeros intentos, nos la jugabamos a intentar pasar el estrecho de un solo golpe. A veces sonaba la flauta.

Cuantas tardes pensando en cómo sería el limbo al que había ido ell pobre perro de Doña María, dándole a las chapas, jugando al «Gallo o gallina» agrupando las hojas de una ramita de acacias con un sutil desliz de los dedos hasta crear un pequeño penacho, desgranando las vainas de sus frutos no comestibles, disfrutando de los charcos con nuestras botas catiuscas e intentando ser el «rey de la montaña» de un montón de tierra de alguna obra cercana.

Más alá de la bodega estaba la lechería de Pepe y Choni en la que su padre, Eco, también tenía a disposición de los clientes las bombonas de butano que alimentaban las cocinas y calentadores de nuestras casas. Su casa estaba en la trastienda del establecimiento y en ocasiones jugueteábamos por su habitación no sin molestar a su madre que estaba pendiente de la tienda en la que se oía el tintinear de las botellas de leche y de los yogures entonces retornabes más que reciclables.Reconozco que me sorprendía la habilidad de despachar que tenían Pepe y Choni cuando su madre estaba ocupada.

Al otro lado del portal estaba la panadería y la huevería de Santiago dónde comprábamos el pan, los huevos blancos y según la edad los suizos, croisants, donuts, bonys, bucaneros, donuts con chocolate, tigretones, panteras rosa, palmeras de chocolate o cualquier delicia para el paladar de cualquiera que no superara los ciento treinta centímetros. Más allá se encontraba la tienda de ultramarinos de Ángel (que me llamaba Iribar), y entre ambos establecimientos el portal del 34 dónde vivían mis amigos Javi y Jorge. Con Javi tenía cierta complicidad, siempre he dicho que es mi amigo más antiguo. Desde la ventana del cuarto de los juguetes de mi casa se veía su patio privado inserto en el patio común al que me he referido. Nos llamábamos para salir, nos tirábamos cosas, subía a mi casa, bajaba a la suya, cosas de chavales que dejamos de disfrutar cuando sus padres se mudaron a un piso en el mismo portal. También allí vívía Jorge que tenía un hermano mayor y una hermana más pequeña. Subíamos a su casa y su madre nos daba galletas con chocolate. Su padre un día les abandonó y la vida de mi amigo cambió por completo. No sé como fue pero poco a poco nos fuimos viendo cada vez menos aunque siento un gran cariño por él, más intenso que el que siento por León quizás porque a este último le deje de ver hace ya mucho tiempo.

El 36 era una casa en cuyos locales estaba xxx y un poco más allá la carnicería de Enrique que cuando iba con mi madre me regalaba caramelos de violeta imperial. En el portal vivía la señora Julia quién tenía un carrito de bebés adaptado dónde desplegaba un espléndido surtido de chuches en espacios perfectamente distribuidos y pequeñas baratijas que colgaban por los lados. Allí comprábamos nuestras primeras chuches. Los chicles bazoka, los regalices rojos y negros, los sacis, los caramelitos de nata, los balines de regaliz, el paloluz, las palominas, las pipas y los kikos, También vendía los sobres de soldaditos de diferentes ejércitos, de indios y vaqueros, de aviones y de carros de combate, las peonzas con sus lazos a los que colocábamos en su estremo las monedas de dos reales, los escubidus.., Un pequeño bazar en el que solía gastarme parte de la moneda de 2,5 que me daba mi abuelo Marcos cada vez que íbamos a verle a Toledo.

Un poco más allá estaba el kiosko de Concha, ayudados por sus hijos Mauro y xxxx, dónde comprábamos el periódico, las revistas y los cromos de esas colecciones tan difíciles de completar. Allí estaba la parada del autobús que me llevaba al colegio junto a otros chicos de otras zonas del barrio que al principio no conocía y que con el tiempo contribuyeron a que incluyera otros circulo concéntrico relacional. De mi parada estaban Lorenzo, Campillo, los Fragoso, Francisco Pastor y su hermano Willy, Guillermo Sanz, etc. todos con nuestros uniformes reglamentarios. En el autobús ya ocupaban sus asientos otros convecinos compañeros del cole que habían subido en paradas anteriores Luis Nadal, Justo y su hermano Valentín, etc. y aún quedaban por subir otros de los hotelitos y de la zona de Santa Fe. No resulte extraña esta trayectoria porque en aquél tiempo Comandante Fortea era de dos direcciones.

En el parque pequeño jugaba con Pepe Bonacasa, los hermanos Villapalos, Chiqui, Carlos Fuentes y sus hermanas Carmen y Gloria, Caballero, Nonín y los hermanos Calvo (José Manuel y Julio César),

José el Gordo organizaba los toures de chapas más maravillosos que hayan podido existir, junto a Pedro, Eugenio, Pablete, Ontiveros y los hermanos Casado. Me impactaba la cicatriz que tenía que se hundía entre sus carnes del vientre y que él mostraba con orgullo cuando nos quitábamos las camisetas al principio del verano. En época de la gran carrera todos los que participábamos bajábamos al parque y con nuestras manos extendidas íbamos surcando en la arena el itinerario de la carrera. A Pedro Morollón le encantaba hacer largas rectas porque tenía gran control y potencia para desplazar sus chapas y ganar ventaja sobre los demás. Concluido el recorrido elegíamos los lugares dónde ubicábamos las metas volantes y las montañas de tercera, segunda y primera categoría. Con diversos métodos elegíamos el orden de salida de nuestros. El Bic de Ocaña, el de Eddy Mercks, etc. Yo solía elegir el Kas porque entre sus corredores estaba Nemesio Jiménez un primo mío que era profesional en aquellos momentos, hecho de lo que me enorgullecía y de lo que me permitía presumir. No todo el mundo tenía un pariente ciclista. Ya organizados sacábamos las chapas de los bolsillos. Generalmente de pequeño tamaño para que no pesaran tanto, lijadas en los pavimentos de los portales para mejorar su aerodinámica, perfectamente rotuladas con el símbolo del equipo y con el nombre del ciclista al que representaban colocados en un pequeño cartoncito que introducíamos en el interior de la chapa. Nos íbamos copiando las novedades. A ese simple cartoncillo le poníamos colores, luego le colocábamos encima un pequeño papel del mismo tamaño que hacía las veces de chandal que quitábamos antes de tirar y volvíamos a colocar una vez que paraba su tras el disparo para que el polvo no estropeara el diseño del maillot que tanto nos había costado realizar, Acabamos poníéndo un plástico duro transparente que podía ser limpiado con facilidad al final de la jornada con lo que el chandal únicamente se quitaba al principio del juego y se volvía a poner al final.

. y las disponíamos en la meta para salir. Acabada esta parafernalia en la que ocupábamos cerca de una hora, estábamos listos para comenzar la carrera. Pastor con quién me pasé muchas horas jugando al fútbol de chapas y compitiendo por Carlota. Finalmente los diseños incluyeron las caras de los corredores y las denominaciones que cortábamos de los cromos y pegábamos en las «camisetas» de nuestros jugadores con gran habilidad.

También de la «parro» y de la «Keli Campo» y en tercer nivel del entierro de la sardina, de las fiestas de San Antonio, del Cuartel de la Montaña y de la Estación del Norte.

Leonor y Nicolás

Una historia digna de escribirse. Sobre todo por mi madre. Una mujer, como muchas otras mujeres que tuvieron que abrirse camino en un mundo hostil en el que el varón dominaba la situación familiar y minaba la independencia económica de la mujer.

Con un gran carácter, independencia y fantásticos valores que tuvo que luchar viento y marea contra numerosas vicisitudes.

Ildefonsa y Marcos

Marcos Jiménez Ortíz, Ildefonsa Villalba. Tuvieron nueve hijos. Eustaquio, Benedicta, Moisés (Teófilo), Marcos, Luis, Nicolás, Lauro, Olvido y Esperanza (Marcela). Los nombres entre paréntesis son los originarios que cambiaron por los que siempre les hemos conocido siempre. Eustaquio se casó con xxx Frisuelos y tuvieron a Juan Ignacio (Paco) y . Bendicta se casó con Luis y tuvieron a mis primas Luisa y a Maria del Valle. Moises fué el más prolífico de los hermanos. Se casó con Antera y tuvieron a Alfonsa, Nemesio, Marcos, Moises y Teresa . Marcos falleció muy joven de tuberculosis. Luis se fue a Venezuela dónde hizo su vida y se casó con xxxxx. Tuvieron a Luis, Claudia y xxxx. Lauro se casó con . De allí nacieron Lauro, Mari Sol, Alfredo y xxx Olvido no se casó ni tuvo hijos. Es síndrome de Down y considero que siempre ha vivido feliz. Esperanza se casó con xxxx. tuvieron a Miguel Ángel, Mario y David. Nicolás y Leonor se casaron y me tuvieron a mi, Nicolás Claudio, Leonor María y Eva María. Nicolás nació en Carpio de Tajo el 6 de diciembre de 1931. María Leonor nació en Melilla el 23 de septiembre de 1936.

Leonor y Claudio

Por parte de madre, los ancestros más lejanos de los que me han llegado algunas noticias son: mi bisabuela Dolores y mi bisabuelo Bernabé, por parte de laabuela  Leonor, y mi bisabuela María y mi bisabuelo Narciso por parte del abuelo Claudio.

Dolores Cardó nació en Santiago de Cuba. Bernabé Navarro López en Ontur (Albacete). De la primera no tengo muchas referencias. Del segundo que fue Comandante de infantería en el ejército de tierra. Se conocieron en la isla dónde a él lo destinaron para intentar frenar la pérdida de la colonia (él solo no, se supone que las tropas españolas que intentaban evitar la independencia). Tras la derrota regresaron a España y acabaron en Barcelona, dónde vivieron hasta su muerte.

Tuvieron muchos hijos e hijas, tantos que cuando pregunté a mi abuela, antes de su muerte, no fue capaz de recordar la totalidad de los nombres de las hermanas y los hermanos que llegó a tener. Según ella morían por diversas razones a temprana edad. Así que únicamente tengo los de Dolores (1ª), Blas (2º), Carolina (3ª), Aurora (4ª), Leonor (5ª), Alfredo (6º) y las gemelas Arminda y Eloisa (7ª y 8ª).

Tan sólo conocí a mi abuela Leonor Navarro Cardó, a sus hermanas Carola y Aurora, en mis veraneos melillenses y a su hermano,al que familiarmente llamábamos el tío Blas del que guardo varios recuerdos que comentaré más adelante.

Mi abuela Leonor nació en Albacete el 22 de diciembre de 1910. De pequeña la internaron en un cole en Ontur, dónde, según mi madre, se hartó de comer pollo hasta tal punto que, cuando su hermano Blas la sacó de allí para llevarsela a Melilla, no volvió a probarlo en toda su vida.

Mamaleo, así es como la rebauticé, era una mujer típicamente mediterránea. Morena, bajita, delgada. Tenía una piel extraordinaria. Tan blanca que creo que sobre ella nunca cayó ni el más mínimo rayo de sol, tan fina que temías rasgarla, tan suave que aún recuerdo su tacto en mi cara. Propiedades transferidas por su hábito de comer melón y, sobre todo, pescado. Previamente a conocer a mi abuelo tuvo dos criaturas: Aurora, y Jaimito. La primera se fue a vivir a Málaga con su padre y el segundo falleció muy jóven.

Mi abuelo Claudio Hernandez Narros nació de San Miguel de la Ribera (Zamora) el 15 de octubre de 1895. Hijo de Narciso Hernández Madejo, labrador y de María Narros Avedillo. Vivían en la calle Mirador. Mis tatarabuelos por parte de Narciso se llamaban Tomás y Teresa y por parte de María, Miguel y Fernanda, nunca supe nada de ellos. Claudio tuvo varios hermanos: Miguel, Teresa, Virginia o Brígida (que marchó a la Argentina) y Fernanda, esta última ciega. A los 18 años le destinaron a hacer la mili a Melilla y allí se quedó. Se hizo practicante y cirujano menor apoyado por un militar castrense, el general Queipo, que le animó y ayudó a realizar sus estudios. Le tocó en gracia batallar en la Guerra de África y contemplar los desastres de la Guerra de Annual (1921). Se casó en primeras nupcias con Josefa Rodriguez Córdoba, de Jerez de la Frontera (Cádiz), de la que se divorció gracias a la primera ley del divorcio que hubo en el mundo el 14 de agosto de 1934 (muy modernos ellos). No tuvieron hijos pero su separación le costó a mi abuelo alguna que otra materialidad.

En Melilla Claudio conoció a Leonor. No pudieron casarse porque a Franco le dio por no reconocer los divorcios realizados durante la república. Tuvieron dos hijas de las que llamaban naturales por no estar concebidas dentro del matrimonio. María Leonor, mi madre, y María Teresa, mi tía.

Vivían en el Pasaje Avenida que comunicaba la calle Ejército Español con la actual Avenida Juan Carlos I Rey. Desde el pasaje se accedía a la entrada del portal en el que ascendía una escalinata preciosa flanqueada a un lado por un fantástico pasamanos, todo el conjunto en mármoles blancos. En la primera planta vivían los Rullant. No recuerdo muy bien a las personas mayores que allí vivían. Si a mi amigo Bienve. Su nombre era un enigma para mí. Nunca me quedó claro si así se llamaba o así le decía cuando nos encontrábamos en los principios del verano. En su casa, en la mía, en el portal o en la azotea pasabamos los días, incoscientes del paso del tiempo. Tenía un perrito que se llamaba Ninot. Un poco insoportable, ladraba cada vez que pasaba por su puerta y se metía entre las piernas de la clientela de mi abuelo provocando pequeños desequilibrios y traspiés.

La casa de Claudio y de Leonor era muy peculiar. Al pasar la puerta había un pequeño recibidor que hacía las veces de sala de espera de la consulta de mi abuelo. Allí pasé muchas horas junto a señoras diestras en el manejo del abanico. Tab, tab, tab, tab, ris,ras, ris,ras, tab, tab, tab, tab, ris,ras, ris ,ras y militares a los que enseñaba como mi tortuga engullía los trozos de tomate que le partía Mamaleo.

A mano izquierda estaba la consulta, impoluta y perfectamente ordenada. Me encantaban las vitrinas de crital en las que guardaba su aparataje siguiendo un escrupuloso ritual. Generalmente no me dejaba entrar mientras atencía a sus pacientes, aunque me dejaba ver como esterilizaba las jeringuillas en su cajita metálica ardiendo por el alcohol. Tenía una butaca de callista, como a de dentista pero con los pies de protagonista y una banqueta en la que mi abuelo, provisto de su bata blanca, se sentaba para quitar los callos y durezas de los pies abotargados en botas de militar.

Del recibidor partía hacia la cocina un pasillo en el que se colocaba un Belén que montaba mi familia con mucho esmero, supongo por el protagonismo que adquiría ese espacio durante las vacaciones de Navidad. A mano derecha una habitación a la que se accedía a través de unas puertas acristaladas en la que me recuerdo tumbado oliendo el aroma a hierbabuena recien cortada y refrescada que Mamaleo colocaba en sendos vasos de agua en cada una de las mesillas.. A la izquierda un pequeño cuarto de aseo y un poco más adelante una amplísima cocina. Lugar de las Fátmas que ayudaban a mi abuela con el trajín de la casa. Las recuerdo bereberes, envieltas en sus telas de gasa, con sus caras pintadas en jena y siempre laboriosas a las órdenas de Leonor. Con sus labios resquebrajados por la sequedad que impone el ramadán mientras sus manos fregaban con el agua abundante que brotaba del grifo de la pila. Amamantando a sus hijos cargados a sus espaldas echando sus pechos hacia atrás mientras faenaban las labores domésticas. ¿Llegué alguna vez a comprender lo que representaban esas imágenes? ¿Lo llegaban a entender Claudio y Leonor? Eran gente agradecida que nos quería e incluso invitaba a sus celebraciones familiares.

A la cocina recurría cuando la sed me incitaba a buscar la limonada con azúcar que Mamaleo preparaba con esmero y dejaba en el frigorífico. En ella me desnudaba para bañarme y ducharme en la única bañera que había en la casa.

De Melilla guardo muchos recuerdos. El Metropol. el Club Marítimo. el Parque Hernández, la Hípica, Luis el amigo de mi abuelo al que mi madre llamaba tío. La Montillana parada obligada de mi abuelo y del tío Luis en su ronda habitual. Tomaban sendos Montilla-Moriles blancos y les ponían de tapa unos mejillones sobre patatas fritas onduladas que me cedían encantados ante mi voracidad.

Avión. Barco Nadar.

Claudio era practicante en la Compañía Española de las Minas del Rif, la que se encargaba de explotar el hierro de las minas marroquíes. Claudio le abrió una tienda en Melilla a su hermano Miguel pero, su dadivosidad con los que no tenían, le llevó a tener que cerrarla y volverse a su tierra.

Mi tía Teresa se casó con Enrique López Mariscal y engendraron a mi primo Enrique.

We’ll be there for you

Eva. We'll be there for you

Hoy me duele el alma.

Eva, mi hija mayor, se embarca en la aventura de independizarse. Cada vez que lo pienso me brotan las lágrimas. Aunque haya ocurrido muchas veces, al pensar que esta noche no cenará con nosotros, me brotan las lágrimas.

Nicolás, todavía algo inconsciente de lo que supone, le ha reservado una porción de pizza. Esta vez, he llorado por dentro para no transmitirle mi pena. A fin de cuentas él será el siguiente en seguir sus pasos.

El momento ha llegado y, como siempre, no me he enterado de nada. De repente, como quién no quiere la cosa, mi cabeza se ha puesto a mil revoluciones. Imágenes de toda una vida se suceden en mi mente de forma aleatoria. Me sería más fácil desconectarlas, pero no quiero. Es la manera de aferrarme a todo lo que hemos vivido hasta hoy. Qué fácil me ha sido. Que difícil a partir de ahora. Espero encontrar la fórmula para que le siga pareciendo interesante disfrutar de unos ratos conmigo. Ya la echo de menos. Es absurdo, pero es real. Mañana nos volveremos a ver y, si no, el fin de semana. Poco a poco será el próximo mes o quién sabe si el próximo año. Siento que ya no será lo mismo y eso me apena el sentimiento.

Presiento que comenzaré a visitar su facebook para saber de ella, que no volveré a olvidar sus momentos radiofónicos sólo por escucharla y que continuaré su www.evabelen.es intentado mantener la esencia de lo que es. Hoy soy más consciente de que soy un poco mas prescindible que ayer. Me resisto. Y por eso en vez de que los reyes magos le traigan dinero, signo inequívoco de mi derrota, hemos tirado de oficio intentando prever sus necesidades. Espero que eso al menos me ayude a ralentizar un proceso inevitable. Cosas de padres.

P.D. Querida hija, si lees esto que no te apene este lagrimeo paterno sentimental. Necesito desahogarme. En el fondo, lo sabes bien, me siento inmensamente feliz. Me admira la capacidad que tienes de navegar en la zozobra. Me encantan tus esquemas mentales de siglo XXI. Tu padre siempre ha sido más cobarde. En el fondo te tengo cierta envidia retrospectiva. Hoy embarcas en tu sueño. Tienes un rumbo marcado y seguramente te esperan otros muchos por fijar. Como siempre, te deseo lo mejor. Recuerda que siempre estaremos aquí para ti. Te quiero. Papá.